No soportan el trabajo bien hecho, tal vez porque son conscientes de que es
el más peligroso. No tragan al periodista incómodo, ese que sabe que pondrá en
aprietos a su jefe. Las preguntas difíciles son una ofensa; las críticas, una
afrenta y las entrevistas, una amenaza. Cuidan hasta el último detalle para que
todo salga perfecto, incluso cuando no corresponda con la realidad. Apuntan
cada desplante –muchas veces imaginado- en esa lista de “enemigos” que suelen
engrosar los periodistas más honestos de la ciudad. Son los perros de presa,
jefes de prensa que se dedican a maquillar realidades y morder a través del
teléfono.
Les gusta pedir cabezas a los jefes, reclaman un cadáver para saciar su sed
de venganza, rabiosos porque se olvidaron de empolvar bien ese dato puñetero
que ahora abre la página. No son nadie si no tienen a primera hora de la mañana
los periódicos en una mano y el teléfono en otra, dispuestos a levantar de la
cama al responsable de la crónica “mal enfocada”. Y todo porque el mancebo de
turno ha preferido seguir su instinto, ejercer de periodista para variar, antes
que seguir al pie de la letra una nota de prensa que calla más de lo que dice.
“No sé de dónde te has sacado ese titular” suele ser su saludo. Pero ese es el
después.
Antes de la polvareda y la mala leche con café matutino, sus sonrisas
deslumbrantes suelen dar la bienvenida a las ruedas de prensa. Son
especialmente simpáticos si el periodista es especialmente bueno; bromean sobre
el último titular, preparan a los plumillas para el espectáculo que está a
punto de comenzar y, en las ocasiones más especiales, gustan de recomendar el
titular y el enfoque de la noticia, pensando que eso es parte de su trabajo.
Y entonces, cuando los focos se encienden y las miradas se dirigen hacia el político de turno, se cuadran y miran con ojitos tiernos a quien les ha llevado hasta ese lugar desde el que se creen con derecho a mirar al resto de la profesión por encima del hombro. Esperan, como cualquier perro, a que les lancen su hueso.