
La temperatura media de la superficie
terrestre, incluyendo los océanos, se ha elevado más de medio grado centígrado
en diciembre respecto a la media del siglo XX. Este aumento responde a la tasa
media de crecimiento de las temperaturas en el planeta desde la década de los
setenta, cuando se empezó a tomar conciencia de este problema. 0,57ºC no parece
mucho, pero hay que tener en cuenta que la temperatura media del planeta
durante el siglo pasado no superó los 14ºC y ahora estamos llegando a una
temperatura media por encima de 15º, siendo lo más preocupante la tasa de
incremento, un 0.5% anual. Cualquier cosa que aumente a un ritmo del 0.5%
anual, solo necesitará 150 años para duplicarse, es decir, que en 2163
podríamos tener una planeta muy calentito, tanto como 28ºC. Eso es una
temperatura imposible de soportar para la mayoría de las especies, entre otras
cosas porque se produce un aumento demasiado rápido como para poder adaptarse
al cambio.
Nadie cree que esto vaya a producirse,
todo el mundo piensa que ya haremos algo para que no suceda, que no es posible
que los hombres dejemos que pase esto, que seguro que la ciencia... en fin, que
ponemos innumerables excusas para no tomarnos nosotros en serio el problema. Y
es que incluso los científicos más reacios empiezan a ver las orejas al lobo y
ya no ponen paños calientes. El Panel Intergubernamental para el Cambio
Climático (IPCC), ha publicado que se espera un aumento de la temperatura media
en el siglo XXI respecto al anterior de entre 1.1 y 6.4ºC. En realidad, todos
están convencidos que llegaremos a los 6.4, entre otros motivos porque el 1.1
ya lo hemos conseguido en apenas 12 años. Pero la cosa es peor aún. Los 6.4, es
decir, una temperatura media superior a 20ºC, supones la destrucción de la vida
en la Tierra tal y como la conocemos, pero es seguro que la retroalimentación
de los efectos sobre el calentamiento global nos pongan en 22 o 25ºC a final de
siglo. O lo que es lo mismo, alcanzaremos los terroríficos 20ºC en 2050, a la
vuelta de la esquina.
En la actualidad se están dando tres
procesos que se retroalimentan e intensifican el calentamiento general del
planeta: el primero es la liberación de CO2, por todos conocida. En lugar de
disminuir las emisiones, aumentan a tasas del 3% anual, con el riesgo de
duplicarse a final de siglo, lo que produciría un incremento exponencial de la
temperatura. El segundo proceso es la liberación de metano de los lechos
oceánicos. El aumento de la temperatura del agua marina está permitiendo que el
metano contenido en los lechos marinos someros se esté liberando de forma lenta
pero constante, con el riesgo de que un aumento mayor de la temperatura del
agua libere el gas de forma más impactante. Pero el más grave es el tercero. La
pérdida del hielo de las zonas septentrionales está permitiendo que, de un
lado, se aprese más calor solar y de otro se libere más cantidad de metano del
sustrato del permafrost. Estos tres procesos, en conjunto, son una bomba de
relojería con contador en marcha hacia una destrucción asegurada de las
condiciones de vida en el planeta.
Los científicos serios están muy
preocupados con esto, porque podría suceder algo que nunca hemos podido
constatar en el Tierra: un cambio climático abrupto, no gradual. Si no hacemos
nada por evitarlo, y parece que ese es el camino elegido, en 2020 es muy
posible que no quede hielo en el Ártico en verano, lo que permitirá la apresar
tanta radiación solar como para que no se congele completamente en invierno.
Esto aumentará el efecto de acidificación del océano y la pérdida de fluidez de
la corriente que calienta las costas atlánticas y trae las lluvias. Si este
efecto no se frena, en 2030 podríamos estar ante una sequía persistente que
secaría los veneros que nutren los grandes ríos europeos y las aguas
subterráneas se salarían hasta niveles tóxicos. En 2040 podríamos estar ante
una atmósfera que no filtre la radiación solar y el simple contacto con la piel
produzca quemazones. La vida durante el día debería realizarse en el interior
de los edificios. En 2050, la actividad humana podría verse gravemente impedida
sobre la superficie terrestre. Los vientos huracanados producidos por las altas
temperaturas, junto con la acción solar podrían acabar con todo rastro de vida
superficial. La vida habrá de esconderse en el subsuelo o en fortines. En todo
caso, no va a merecer la pena vivir en un planeta así.
Pero queda un rayo de esperanza: que de
aquí a 2020 cambiemos de forma drástica, radical, nuestro modelo de vida en
este planeta. Estamos a tiempo, como he dicho en varias ocasiones, pero cada
vez menos.