A sus Majestades de Oriente:

De verdad que me hubiera
gustado este año una buena carga de carbón, del bueno, del de quemar. Al precio
al que se está poniendo la energía no viene nada mal, sobre todo este invierno,
especialmente crudo por estos lares. Pero volvéis a defraudarme, y no sé
cuántas años van ya. Probablemente habréis olvidado aquella Navidad del 78
cuando había pedido un Scalextrix, o aquella del 79 donde pedí un Cinexin, o la
del mítico 82, donde mi deseo era acariciar un balón de verdad, de los de
"reglamento" decíamos. Imagino que el carbón de este año está en el
mismo innominado lugar donde fueron a parar aquellos deseos. La diferencia es
que entonces era un niño y los deseos frustrados quedan amarrados fuertemente
en alguna parte del alma desde donde destilan un cierto sabor amargo. Alguien
dijo que la infancia es la patria del hombre, en mi caso esa patria no existió
jamás y lo que quedó fue la idea persistente de hacer que los deseos se
hicieran realidades, al menos algunos deseos. Aquellos deseos frustrados
crearon en mí la necesidad de buscar una realidad alternativa donde siempre
conseguía todo lo que me proponía, la diferencia fue que la realidad
alternativa acabó siendo la real, la única posible.
Estimadas Majestades, no
me queda más remedio que agradecer que dejarais aquellos deseos frustrados como
prenda de ulteriores realidades plenas de sentido en la propia existencia. Es
posible que la satisfacción de aquellas minucias materiales bien podría haber
frustrado algo mayor aún que estaba por llegar, pero ¡qué duro resultó entonces
para aquel niño! Espero que tantos niños que han visto frustrados sus deseos
este día sean la promesa de la búsqueda de un mundo mejor mañana, tan
necesitados como estamos de ello. Espero, también, que en vuestra magnanimidad
seáis capaces de acercaros a esa multitud de infantes que tanto necesitan algo
por lo que continuar viviendo. Pero también sería bueno que aquellos a los que
tanto otorgáis tuvieran la oportunidad, al menos una vez, de vivir la carencia.
Toda vida verdadera nace y perdura en la carencia. La satisfacción total y
absoluta degenera la existencia humana y la pervierte hasta el punto de
rebajarla a la condición más vil posible. El hombre, para ser tal, necesita la
conciencia de la gratuidad y eso es lo que significáis vosotros: la gratuidad y
la entrega incondicionada. La gratuidad implica que lo que se recibe no se hace
por una deuda contraída o como pago de un servicio, sino que se obtiene por el
mero hecho de ser, de estar ahí. Un niño recibe un regalo el día de Reyes por
ser quien es, por estar ahí, por ser un niño, no por un pago debido. Cuando en
la sociedad actual se convierte esta fiesta en otra excusa más de consumo, se
pervierte la gratuidad y se daña lo humano.
Queridos Reyes Magos,
espero que sigáis repartiendo gratuidad y para ello deseo fervientemente, y lo
pido ya para el próximo año, que rescindáis vuestros contratos con el Corte
Inglés y demás centros comerciales. No os hacen ningún bien y os abocan a la extinción.