Tiene que ser realmente aburrido ejercer de político en estos lares. Salir
siempre guapo en la foto, que los columnistas te defiendan a capa y espada, que
los presentadores te den paso con loas y los directores te adulen con el
espinazo inclinado hacia tus zapatos de piel marrón. Ha de ser, como mínimo,
repetitivo, cansino. Todo el mundo habla igual, las páginas se fotocopian para
dejarte en buen lugar, las notas de prensa se calcan no sea que alguna coma mal
puesta vaya a sugerir que te has equivocado en algún punto de tu laureada
carrera. Pobres políticos… ¿no se cansan?
De muy baja estofa han de ser estos servidores públicos cuando necesitan
del peloteo constante para sobrevivir en esto de la cosa pública; muy básicos
sus conocimientos y muy cuestionables sus decisiones si cada vez que estampan
su firma en un papelucho, un coro de fariseos plumillas ha de reverenciarles
independientemente de lo que esté en juego. Todo muy deprimente para los que lo
vemos desde la barrera, pero una fiesta constante para quienes están dentro del
círculo vicioso del enjabonamiento crónico.
Porque de vez en cuando cae maná de los despachos en forma de billetes
verdes (o morados, que dicen que existen) o de contrato de confianza, y ahí
radica la gran recompensa a todos los esfuerzos, las medias verdades, el
ocultamiento estratégico de lo no popular ni reluciente. De vez en cuando, uno
abandona a los morlocks para acompañar a los guapos, elegantes y refinados
pisaalfombras, y de ahí la obsesión de muchos y muchas por caer bien, no
alborotar, ser dócil.
No se dan cuenta estos corderillos del politiqueo que en periodismo “se
gana más dando que recibiendo”, que sólo haciéndose respetar y erigiéndose como
un verdadero vigilante del poder, aquél encorbatado se lo pensará un par de veces
antes de dar por supuesto el titular de mañana. Si no temen a nadie, ni a los
propios periodistas, qué más les dará a ellos hacerlo bien que mal, servir a
los demás o llenarse a sí mismos el pesebre. Si no hay respeto, no hay
redacción útil.
Un verdadero político debe someterse conscientemente al escrutinio
mediático, al verdadero examen de la hemeroteca, sin pretender que se pongan
paños calientes desde redacciones y despachos. Debe rechazar a los aduladores
por muy tentador que suenen sus crónicas trufadas de elogios. Ha de ser capaz
de trabajar y dejar trabajar a los demás, sin mostrar más miedo a lo que puedan
escribir de ellos que a sus propios errores. Y sólo así se dará aquella curiosa
paradoja del regidor que, saliendo de su “cadena amiga”, espetó a sus
colaboradores: “Es mejor irse a la competencia, por lo menos no me aburro
tanto”.