Para quienes tienen en la palabra un oficio, las redes sociales aparecen
como un arma de doble filo. Si bien los nuevos medios ofrecen a escritores y
periodistas un invaluable poder de difusión, también traen consigo la
degradación de cualquier posibilidad de debate
“En vez de ofrecernos a todos a un mismo tiempo una omnipresente pero
multifacética discusión, Internet parece predisponer al sectarismo. La
naturaleza del debate masivo ha devenido únicamente binaria”.
La cita pertenece a una reseña de The Guardian sobre un
encuentro de escritores en Edimburgo. Las palabras son de Patrick Ness, un
reconocido autor estadounidense de literatura para niños.
La tendencia a la intolerancia y la estridencia en las redes sociales,
particularmente aquella que parece mejor llamada para el debate plural, a
saber, Twitter, propicia a su vez que aquellos que por su oficio tienen un
particular celo por lo que escriben y cómo lo escriben, escritores y
periodistas, se abstengan de debatir. En otras palabras, se autocensuren.
No en balde, la aludida nota titula: “Redes sociales y comentarios en línea
son causa de que los escritores se autocensuren”.
A propósito de los comentarios en línea que siguen a los artículos
publicados por medios en la web, Ness apunta algo a la vista de todos. Los foros
en línea son el elemento en el que más cómodos y a buen resguardo se sienten
esos “pedantes incandescentemente furiosos” y trolls que ni
siquiera se molestan en leer más allá del sumario, o las primeras líneas, y así
de una vez opinan y ¡vaya manera en que lo hacen!
En Venezuela algunos medios han incorporado filtros a los foros en línea
que disciernen palabras inapropiadas, pero como bien es sabido para ofender y
agredir no hacen falta aquellas voces consideradas como groseras.
Es el caso que algunos diarios han clausurado las secciones de comentarios
en sus versiones web y evitarse así las sanciones que contempla una legislación
más bien represiva.
En el mismo encuentro literario, la escritora China Miéville se pronunció a
favor de esa virtud tan inusual por estos días, la prudencia. “Hay millones de
cosas que no deberíamos decir. Y eso está bien. Nuestras mentes son lavadoras
de toda la basura que recogemos a lo largo de los años”.
Esto parece remitir a esa disciplina correspondiente a la prudencia y que
un cura del siglo XVIII, Antoine Toussaint Dinouart, glosara como “el
arte de callar”.
Recomendaba el abate Dinouart, que a la lengua había que darle una
“libertad moderada” y “seguir las reglas que la prudencia prescribe en
esta materia; distinguir, en los acontecimientos de la vida, las ocasiones en
que el silencio debe ser inviolable; ser de una firmeza inflexible cuando se
trata de observar sin equivocarse, todo lo que se considera conveniente para
callar bien; y todo esto supone reflexiones, luces y conocimiento”.
Fuera de línea
Ness apunta a una aprensión inevitable, la de ser “mal interpretado, mal
citado o mal parafraseado” en Twitter.
Twitter ofrece el gran desafío de no dar el más mínimo control de la
interlocución, no es una selecta audiencia a la que uno se dirige.
Muchos optan por el soliloquio exhibicionista y no se molestan en responder
a ninguna posibilidad de debate. Otros se enfrascan en un intercambio de
insultos tan fortuito como banalizador; otros se complacen con sabotear
cualquier asomo de discusión seria. Vivimos en un mundo en el que la seriedad
ha sido proscrita.
Como ningún otro medio, las redes sociales, pese a la innovadora
interacción que las caracteriza, parecen reafirmar ciertas reconvenciones que
Adorno y Horkheimer hicieran a la cultura de masas en su momento, en su ya muy
discutido tratado Dialéctica de la Ilustración.
El efecto banalizador de Twitter es avasallante, y de ahí que muchos
escritores, académicos y especialistas se abstengan de exponer allí su
conocimiento.
Y pareciera, a lo mejor, una actitud muy socrática de cara al inmenso
potencial democratizador de las redes.
Desde hace décadas, el mundo transmite la sensación de estar en trance de
alcanzar un extremo. Parafraseando, un poco toscamente a Jean Baudrillard,
vivimos la era de “los fenómenos extremos”.
Nunca antes la libertad de información había llegado tan lejos como ahora,
con el episodio Wikileaks y su inefable protagonista como emblema.
El silencio, en un mundo así, no siempre es miedo. No puedo dejar de pensar
en Isaac Berlin, a quien no le perdonaron, sobre todo, que dejara de escribir,
que callara. Se negó el autor ruso a adoptar el realismo socialista y optó por
el silencio creativo. Su silencio fue un grito en medio de la ramplonería del
arte oficial.
Pero, de aquellos tiempos hasta ahora la censura se ha sofisticado. Y si
hay autores que se silencian tal vez sea para sustraerse de la inapelable y
anónima censura de las masas.