A propósito de la
supuesta felicidad de los venezolanos
A propósito del
pensamiento de Pascal Bruckner
Uno oye tantas veces
decir, tan machaconamente, que el natural venezolano es alegre, festivo,
expansivo, exultante, entre otras variantes del epíteto, que ya se antoja
afrenta, como si los nacidos en esta Tierra de Gracia no tuvieran derecho a la
melancolía; como si una obligación idiosincrásica para con la euforia perpetua
les negara sus lutos; la posibilidad de mirarse en su propia tragedia.
No se propone en estas
líneas que se viva en trance penitente atado al cilicio de la desdicha. Mas sí
una reflexión en torno a tan alegre
determinismo, que cualquiera se pregunta dónde se origina, quién inició su
prédica porque si se revisan los grandes pensadores de la nación no se
encontrará allí la respuesta.
Es triste, por lo demás,
que el venezolano acepte acríticamente la etiqueta de su supuesto júbilo y se
muestre siempre tan predispuesto a la liviandad. Esta alegría autoimpuesta y
unánime, esta felicidad obligada, acaba incluso con el sentido del humor,
porque el más elevado humor se debe siempre a su hermana sombría, la amargura.
Y quien haga mofa de la felicidad, será considerado un aguafiestas, un
indeseable. La felicidad no se objeta, ni admite disidencia.
Está bien que la gente
defienda su derecho a la felicidad a todo trance, aun en medio de
circunstancias por lo general irremediables o que en mucho sobrepasan las
buenas intenciones del individuo. Está bien que haya espacio siempre a la
celebración de la vida, que siempre es de talante contento. Y al escribir esto
se recuerdan las conmovedoras fotos que en plena Guerra Civil Española, Robert
Capa obturara sobre los milicianos distendidos, empuñando no el arma sino la
bota de vino que se derrama sobre los labios sonrientes del que al día
siguiente volverá a la batalla, quien sabe si para siempre.
Otra cosa es el empeño en
negar las tristezas que nos embargan. Tan terco es el venezolano en
considerarse pleno y complacido que no en balde ciertas mediciones estadísticas
ubican al país ¡como el más feliz del mundo!
El paraíso a cuestas
Para el pensador y
novelista francés Pascal Bruckner la felicidad se ha convertido en nuestros
días en un malentendido originado en la sociedad de consumo, la cultura del
espectáculo, en fin, muy especialmente en la omnipresente publicidad.
No es la noción clásica
de felicidad, la “eudaimonia” de los griegos,
que se traduce como plenitud de ser, el aristotélico ejercicio de las
virtudes, sino de lo que Bruckner llama “la penitencia invisible”, como si el
instinto de la desdicha haya encontrado el mejor pretexto en la dicha.
Escribe Bruckner en La
euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz (Tusquets, 2001, 2002): “El
proyecto de ser feliz tropieza con tres paradojas. Se refiere a un objeto tan
indistinto que, a fuerza de imprecisión, se vuelve intimidatorio. Desemboca en
el aburrimiento o en la apatía en cuanto se realiza (en este sentido, la
felicidad ideal sería una felicidad siempre saciada y siempre hambrienta que
evitase la doble trampa de la frustración y la saciedad). Y, finalmente, huye
del sufrimiento hasta el punto de encontrarse desarmada frente a él en cuanto
este resurge (...) En el primer caso, la abstracción misma de la felicidad
explica su capacidad de seducción y la angustia que genera. No solamente
desconfiamos de los paraísos prefabricados, sino que nunca estamos seguros de
ser felices”.
Es así como las
sociedades contemporáneas, ya sean capitalistas o no, convierten la búsqueda
del paraíso en un pesado deber, un verdadero calvario. El cristianismo se
libera del asunto al postergarlo hasta otra vida. La utopía socialista
convierte la felicidad en una subyugación permanente. Y así.
Quien se sienta
incómodamente interpelado al leer las páginas de Bruckner cuenta con el
consuelo de ser legión (mal de muchos, consuelo de tontos). Nadie, sin embargo,
incluso el mismo autor, puede sentirse librado de las exigentísimas demandas
del concepto moderno de felicidad.
Experto en alborotar
mitos unánimes, Bruckner ha recibido por este libro no pocas inficionadas
saetas, pero también ha sido un éxito de crítica y las reediciones se suceden
una tras otra.
El interés que suscita la
lectura de La euforia perpetua tal vez se explique en la necesidad del
individuo a inmunizarse un poco, al menos con argumentos, ante la avalancha de
engañosos modelos de felicidad provenientes de la industria del espectáculo, la
publicidad y la propaganda política.
No obstante, hacia el
final de su largo ensayo, Pascal Bruckner matiza sus advertencias sobre la
falsa noción de felicidad: “Si bien tenemos que curarnos de la voluntad de
curarlo todo, de liberar al hombre de su fragilidad, es absurdo exigirle que se
entregue al Minotauro del sufrimiento y que se resigne a sus limitaciones sólo
porque la especie humana no es un material indefinidamente maleable”.