Han sido periodistas a ras de suelo durante mucho tiempo y han perdido la
ilusión. Seguramente comenzaron en esto del periodismo con el empuje y la
vivacidad que todo práctico demuestra
al pisar por primer vez una redacción, pero los envites del día a día han
terminado por horadarles. Controlan de muchos temas, saben de todo, cuentan mil
y una historias pensando quizás en que antes se hacían las cosas de una forma
más pura o simplemente diferente. Ahora van a las ruedas de prensa sabiendo ya
que su próxima crónica no cambiará el mundo. Son los renegados.
Suelen ser quienes más pueden enseñar y, paradójicamente, a quienes más
cuesta arriba se les hace eso de aguantar las nuevas hornadas de compañeros. Quieren
decirles que esas ganas y ese empuje se agotan, que el periodismo como arma
para cambiar el mundo queda para otras redacciones más grandes, para las
tiradas nacionales. Que ellos sólo tienen que contar lo que pasa y que, en
muchas ocasiones, deberán adaptarse a rígidos corsés que deforman, aunque sea mínimamente,
la realidad. Pero callan resignados esperando que el golpe no sea demasiado
fuerte. Al fin y al cabo, su caída fue paulatina y quizás por ello hayan podido
soportarla.
Han sido adelantados por otros cuya suerte ha sido mejor; no por tratarse
de mejores profesionales, pero sí por tener una pizca más de ambición en la
vida. Se aburren con las intrigas de palacio, ellos no se apuntaron para esto. Quieren escribir o hablar de lo
cotidiano, del ciudadano de a pie, pero ahora se estila el político y su traje
en las portadas de los medios, el tira y afloja de gobierno y oposición,
sacando a relucir zancadillas, trapos sucios y escoria barata.
Ya no quieren hacer horas extra, trabajan en lo suyo lo justo, salvo algún
soplo de ese conocido que se mueve bien en tal o cual concejalía, para apagar
el ordenador lo antes posible e ir a casa. Y por ello se ganan la enemistad del
resto. Nunca soñaron, o al menos dejaron de hacerlo hace mucho tiempo, con
emular a los grandes cronistas de la historia cuyas exclusivas han sido
llevadas incluso al cine, y suelen ser el blanco fácil de los que postergan su
entrega familiar para las horas intempestivas de la madrugada.Los más
aforunados conservan una familia que a duras penas comprende la profesión de
periodista pero que ha aprendido a vivir con ella. Otros la perdieron por el
camino.
No ven recompensas en el día a día, están tan hartos que ya ven todo de un
color grisáceo, un tinte de pesismismo que es complicado borrar y que se
acentúa conforme desfilan ante sus ojos esos compañeros que han sabido
sobrellevar el lado menos amable del trabajo.
Nadie está libre de pasar a formar parte de esta especie fácilmente
identificable a nuestro alrededor. Una decisión propia mal barruntada, una
resolución ajena mal encajada o injusta, el acomodamiento en un sillón
cotidiano y agradecido o el empuje de lo nuevo echando fuera a lo manido…
Cualquiera de ellas pueden ser razones suficientes para provocar que el hastío
del que solemos hacer gala los periodistas se convierta en algo perpetuo y nos
condene de igual forma.