El gran pensador venezolano, nacido español, cumpliría 85 años. La fecha se
presenta propicia para la reedición de sus obras y, sobre todo, releerlas
“Antes que nada fue un hombre con los pies en la tierra y la vida dedicada
a los asuntos de su ciudad, sin escapismos ni subterfugios intelectuales”, así
ponderaba Juan Nuño a Platón. Según deja saber su hija, Ana Nuño, el pensador
tributó siempre, aunque no sin desavenencias, del ineludible ateniense: “nunca
abandonó del todo su querencia por Platón (…) fue un amor sujeto a cambios y
algún ocasional eclipse. En otras palabras, un matrimonio. Que pasó por todas
sus fases: la pasión y el deseo iniciales, el compañerismo cómplice, el cultivo
amable de la soledad à deux” (El Nacional. Papel Literario
24-03-2012)
El símil resulta, por lo demás, muy socrático.
Nacido español, al igual que Federico Riu, se graduó en Venezuela en la
Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, creada por otro
español, Juan David García Bacca. Los tres forman parte de la pléyade ibérica
que el franquismo forzó a enrumbarse hacia América, para gran provecho de las
ex colonias.
Nuño hizo de Venezuela su república (en el sentido platónico), en ella,
padeciéndola sin escapismos intelectuales, cultivó y proyectó un quehacer
filosófico que hoy, tras 17 años de su muerte, y en coincidencia con los 85 de
su nacimiento, se cierne como un corpus de innegable pertinencia, si de interpretar
el país y el mundo se trata.
Sin faltar en nada a la academia, Nuño se erigió en figura pública, al
hacer de la filosofía práctica más que doctrina. Y se convirtió en referencia
protagónica de la opinión pública, al llevar la ardua lucidez al espacio
periodístico, en el que propuso los temas fundamentales del filósofo a la
consideración del lego.
Se valió del ensayo, en la forma expeditiva del artículo de prensa, para
precisamente ocupar el espacio de las páginas perentorias del periódico con la
disertación, no por breve y referida a la actualidad, menos trascendente.
El filósofo y la literatura
Juan Nuño, a la par de la investigación y la cátedra, se empleó también en
la crítica cinematográfica y literaria. El cine y la literatura fueron sus pasiones,
ante las que no se conformaba con el mero “olvido estético”, sino que más bien,
las sometía al saber filosófico. Tarea ambiciosa y con riesgo al extravío. Pero
él mismo advertiría, en ocasión de La filosofía de Borges, estudio
que publicara con el Fondo de Cultura Económica (México, 1986), la precisamente
sabia limitación: “…si acaso existiera algo tan solemne y esquemático como una
filosofía de la obra de Jorge Luis Borges, habría que comenzar por describirla
como una cosmología, no una simple derivación de preocupaciones morales o de
reflexiones sobre el ser humano y sus problemas”.
Para Nuño, Borges es la consumación del escritor filósofo, aquel “capaz de
imaginar abstracciones, de dar vida imaginativa a filosofemas, de convertir en
ficción prodigiosa sequizos conceptos”.
De ahí, el asombro, la sensación abismal que nos suscitan las ficciones
borgianas, que sólo la vigilia del filósofo logra aproximar una explicación.
Pensamiento incesante
Pocos, como Juan Nuño, han sabido investirse de la soledad que el pensar y
expresarlo libremente, con lúcido rigor y sin concesiones, trae consigo.
Entre sus libros, tal vez el más venerado por los lectores sea La
veneración de las astucias(Monte Ávila, 1989), colección de ensayos
polémicos, que tendría continuidad con La escuela de la sospecha (Monte
Ávila, 1990). Fin de siglo (Monte Ávila) no se pretende un
testamento intelectual, pero despide la centuria de la que el autor es un
representante ejemplar.
Hay un libro editado por Ediciones de la Biblioteca de la Universidad
Central de Venezuela, tal vez poco mencionado:Compromisos y desviaciones (1982).
Allí consigna un ensayo inolvidable: “La importancia de tener ideas”.
Comenta con amarga lucidez el paisaje filosófico de la Venezuela en la que él
se formara precisamente como filósofo: “El tardío cultivo de las ideas
filosóficas analíticas y logicistas ha estado dirigido, en parte, a corregir
los abusos de una retórica desenfrenada y sin dirección. Pero su condición
vesperal en Venezuela le otorga un aura melancólica; tarea destinada al fracaso
(…) Parece como si el manantial verbalista formara parte de la dotación
genética y nadie se atuviera a aquel sano tabú de guardar silencio ante lo que
no se puede hablar”.
Sólo en la madurez, Nuño se permitió abordar en el ágora periodística los
problemas fundamentales de la filosofía desde de la perspectiva de la pasajera
actualidad. Con la premisa de que bajo el cielo filosófico no hay nada nuevo,
pero no obstante se renueva y refuerza, habló cuando tenía que hablar.