Se trata de un género de escritura
aparentemente muy bien delimitado en sus fines. No obstante, como todo
ejercicio de prosa documentada, presenta puntos de fuga hacia propósitos literarios
insospechados
Hay un género
periodístico que han acordado en llamar perfil. De entre las definiciones que
he topado encuentro una nacida del oficio y la permanente vigilia sobre éste,
del periodista Sebastián de La Nuez, creador del blog hableconmigo.com: “El
perfil nace o parte de imágenes; de percepciones antes que de juicios o
prejuicios (para hacer un perfil, es necesario que te fascine el personaje o el
tema que lo envuelve). El perfil se escribe para convencer al lector de nuestra
mirada sobre el personaje. Esa mirada (¿quién es para mí esta persona?)
establece el componente subjetivo pero nunca arbitrario. El perfil ilumina,
entonces, ciertas características del personaje; ciertos episodios y aspectos
de su peripecia vital, dejando en la oscuridad lo considerado no pertinente. El
producto final nunca será exhaustivo. En términos del enfoque que determinará
bien el sumario o bien el lead –el perfil trata de amarrarse a una coyuntura de
actualidad−, el escritor se sitúa junto al personaje para conversar y atrapar
el momento que revela pistas sobre el conjunto. ¿Su imagen previa seguirá
vigente después de hablar con él? Su trabajo ahora es acumular elementos e
interpretarlos”.
Me permito glosar a De La
Nuez de cara a la práctica del perfil más extendida en el periodismo actual en
Venezuela. La condición previa de la fascinación debería ir más allá de la mera
ilusión, el embeleso inicial o la “atracción irresistible” que asigna el Drae
como segunda acepción a la palabra. Dicho de manera más descarnada, la
fascinación no habría de ser mera babosería ante lo que atrae con tanta fuerza.
Hay una tendencia a la hora de abordar el perfil de abundar demasiado en rasgos
“positivos”, explicable tal vez por un entorno nacional cargado por lo ominoso.
¿Quién es susceptible de
un perfil en un país como este? Preferiblemente aquel que aparece como modelo
de éxito: artistas del espectáculo con sensibilidad social, modelos de pasarela
que además tienen grados universitarios, mujeres ejecutivas que no por sus altos
cargos dejan de ser esposas y madres abnegadas. En fin.
Se hace demasiado énfasis
en lo modélico, en lo que el personaje tenga de paradigmático, de perfección.
El resultado: un perfil, sí, pero como los que aparecen acuñados en las
monedas, de reyes, príncipes y héroes.
La sombra
Póngase por caso, el del artista de éxito
internacional. Un país anhelante de reconocimiento rinde especial culto a esta
personalidad; el colectivo venezolano agradece que se le reconozca por algo más
que el petróleo, las altas cifras de delitos o la convulsión política crónica.
Pero, la personalidad de un triunfador como la de cualquier mortal, posee lo
que Carl Jung denominó “sombra”. Aun cuando exista una inevitable empatía de
quien escribe hacia el personaje de su perfil, aquel debe estar atento a esos
deslices, actos fallidos que sombrean la imagen de perfección, porque es el
contrapunto de luz y sombra lo que eventualmente haría más humano, más
entrañable al protagonista elegido.
La cumbre
Reflexionaba sobre el
perfil como género de escritura y su pariente mayor, la semblanza, mientras
revisitaba a Thomas Mann. ¡Qué nadie se alarme! Por modesta que sea una tarea,
nunca está de más tener las más altas referencias.
Releía las conferencias
del gran autor de la Montaña mágica, reunidas en un volumen Schopenhauer,
Nietzsche, Freud (Alianza Editorial, 2002), escritas con propósitos diversos,
pero hiladas por la “fascinación” de un extraordinario escritor por otros,
dotados de una grandeza honrada en cada uno de estos ¿perfiles? ¿semblanzas?
¿estudios biográficos?
Me detengo
particularmente en el texto consagrado a adentrarse en el portento humano
encarnado por Friedrich Nietzsche. Ahí, Mann intenta establecer el origen de
una personalidad monumental, signada por abismales contradicciones. ¿Cuándo el
brillante, impoluto hijo de clérigo protestante, aquel decantado fruto de lo
más sublime del espíritu alemán, se desgajó para terminar abjurando de todo en
lo que había creído fervientemente? A partir de esta cuestión, Mann escribe
desde la admiración más absoluta y la compasión.
Traigo a colación el
Nietzsche de Mann como ejemplo cumbre de lo que es la aproximación (y
profundización) a un semejante desde la mirada de un escritor.
Quien aborde el género
tal vez menor del perfil, bien podría atisbar a Mann como quien mira a la
cumbre de la montaña. Y por más que deba andar por la vasta frontera que rodea
todo acto de escritura, no dejar de mirar hacia esa cima.
cortesía: El Mundo
E&M (Caracas)
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