La palabra francesa que se traduce más o menos “paseante”, devino en una
doctrina muy libre de entenderse con el paisaje urbano, en su dimensión
estética y psicológica. Desapareció en las calles de París, y ahora en la web
...
El flâneur, espécimen un tanto esquivo de la Belle Époque más parisién,
figura que remite por igual a Baudelaire que a Proust, por inaprehensible, ha
dado pie a conceptualizaciones complejas.
En principio, el flâneur es una variante del dandismo, un paseante tan
singular como poco visible. Practica la vagancia, pero no se le confunda con el
vulgar merodeador. Vaga literalmente, en lo que para Walter Benjamin es su
elemento, lospassage couvert, esas primorosas galerías de arcos de
cristal, que marcaron un instante de la modernidad francesa hasta
ir desapareciendo, casi por completo hasta hoy (En Caracas se conserva alguna
decorosa imitación, oculta en algún lugar del denostado casco central)
El flâneur es hoy una añoranza de arquitectos y urbanistas que no se hallan
en las megalópolis del nuevo milenio, no encuentran en ellas las condiciones
para el trotacalles de alta exigencia estética, el espacio para la flânerie.
La concreción intelectual del flâneur sería una obra bosquejada por el
genio atormentado de Benjamin, que terminara quitándose la vida en una
encrucijada de la Segunda Guerra Mundial antes de llevarla a cabo. El poeta
venezolano Alejandro Oliveros condensa así lo que habría sido Passagen-Werk, (El proyecto de los pasajes): “Un
montaje de fragmentos que se propone reproducir la experiencia del flâneur.
Ese ‘paseante solitario’ que encuentra el motivo de sus ensoñaciones, no en el
contacto y diálogo con la naturaleza, como en Rousseau, sino en el intercambio
con la movediza y efímera iconografía urbana. En una de estas muestras de
escritura epigramática, se refiere al empleo de las citas, el fundamento del Proyecto: ‘En mi trabajo’,
escribe Benjamin, ‘las citas son como salteadores de caminos que irrumpen
armados, y despojan de su convicción al ocioso paseante’”. (En “Ética y
estética en los paisajes” prodavinci.com)
El paseante solitario de la web
La imagen del último flâneur podría ser la de Marcel Proust, confinado por
voluntad propia a su insonorizado piso aledaño al ruidoso boulevard Haussman.
Nadie duda de los peligros que la megalópolis actual depara a ese caminante
absorto y, a la vez, atento al entorno, que se deja rozar por la multitud sin
participar de ella. Ni hablar de Caracas, donde todo el mundo va de un lado a otro
en constante estado de alerta máxima.
Como Proust, en su momento, ante los embates de transformación urbanística
de su París, quien hoy tenga parecida vocación por ese devaneo citadino,
reducido por peores causas a un habitáculo que bien podría estar en una
inhóspita ciudad dormitorio, hallaría equivalente solaz entre las frías e
irreales galerías agazapadas en las infinitas intersecciones de la alguna vez
bautizada superautopista de la información, Internet.
Pero el fin para
el paseante solitario de la red de redes, parece haber llegado también, con el
advenimiento de la web 2.0. Al menos ese es el parecer del ensayista Evgeny
Morozov, quien publicara en días recientes en el New York Times, un
artículo titulado “The Death of the Cyberflâneur” (La muerte del ciberflâneur)
Si aquellas
románticas galerías del pasado, de techo acristalado, cedieron al
avasallamiento de un mecanismo urbano cada vez más condicionado por la masa,
los recovecos de la web empiezan a desaparecer detrás de fenómenos en extremo
gregarios y totalizadores como Facebook que, por ejemplo, impone el consumo de
una neo lengua común a sus cientos de millones de usuarios alrededor del mundo,
de muy diversa cultura.
Las redes sociales
atentan contra dos atribuciones irrenunciables al flâneur: la posibilidad
cierta de departir incógnito con la multitud y el no ceder al consumismo ni
otros reduccionismos.
“El
arte del maestro del flânerie es el mirar sin ser sorprendido en ello”, ilustra
el sociólogo Zigmunt Bauman, citado por Morozov.
En
el entorno paranoide de las sociedades híper vigiladas tal proeza se antoja
poco recomendable.
En
las redes sociales, todo el mundo sin mayor reparo se pone a la vista de los
demás, y se ve impelido por tenaces impulsos a “participar”. Nada de eso se
aviene con el pasear solitario de la añoranza.
Pero
hubo un tiempo, según registra Morozov, en que sí se podía practicar la
flânerie en la web: “La idea de explorar el ciberespacio como territorio
virgen, aun no colonizado por gobiernos y corporaciones, era romántica; un
romanticismo que se reflejaba incluso en los nombres de los primeros buscadores
(Internet Explorer y Netscape Navigator)”
A
la permanente interpelación de las redes, se suma la omnipresencia de Google
que, sabemos, lleva registro de nuestras andanzas en la web.
El que ingresa a Internet, va en busca de algo, de consumo, de información
o mercancía. Se tiende a ir cada vez más al grano, mientras se depende más de
los algoritmos de búsqueda y ordenación. ¿Y qué decir de los que, sobre todo,
muy contrariamente al idílico flâneur, buscan la mayor visibilidad, en otras
palabras, no sumergirse anónimamente en la multitud, sino ser seguido por ella
en la forma virtual del follower?