“Todo estaba escrito ahí arriba”, es la frase que pronuncia una y otra vez
“Jacques, el fatalista”, a lo largo de la peripecia que lo une a su amo. El
protagonista de la célebre ficción pergeñada por el enciclopedista Denis
Diderot no pudo ser bautizado más taxativamente.
Para él, todo lo que acontece, ya está previsto en algún plan extraterreno
–no se sabe si de divina autoría—y no amerita más explicación. Porque “estaba
escrito ahí arriba”, según explica a su irritable amo, es que él se alista para
la guerra, recibe una bala para él destinada en la rodilla, y a consecuencia de
esta herida tiene ocasión de enamorarse.
El destino y su inexplicable materia, redunda provechosamente en el caudal
narrativo de la literatura universal, desde que Odiseo partió a la guerra,
destinado a volver a Ítaca, no sin antes vérselas con infinito obstáculo; el
destino es la gran interrogante que aguarda a todo relato.
“Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas
distracciones”, sentencia Jorge Luis Borges en su cuento “El Sur”. Juan Dalman,
modesto funcionario, delira entre los vapores de la fiebre un destino más
gallardo, digno de su linaje “hondamente argentino”, y no el que lo condena a
una cama de hospital al haber contraído el tétano por un minúsculo como fatal
accidente.
Un accidente, el azar que no sabe de culpas, cambia para siempre el destino
de un hombre que por un tris se ha salvado de morir aplastado por una pesada
gárgola que se desprende de lo alto. Así lo cuenta Paul Auster en El
oráculo de la noche, una novela que contiene otra novela –recurso muy
austeriano--. El protagonista Syd Orr recién se recupera milagrosamente de una
enfermedad que los médicos creían mortal. Es un novelista, y al sentirse
impelido a escribir de nuevo comienza con esa historia de otro hombre que se
salva por muy poco de la muerte y tras ver la gárgola estrellarse a milímetros
de sí, decide escapar de la vida que ha llevado hasta entonces.
La revelación del destino puede estar al principio de una historia, pero
también al final como en el Quijote, cuando Alfonso Quijano encarado al mortal
desenlace, vuelve en razón y acepta su condición de hombre común, como los
otros, no destinado a grandes hazañas.
Santos Luzardo, el héroe de la Doña Bárbara de Rómulo
Gallegos, no parece tener en claro su destino hasta no topar con el tenebroso
Melquíades, oscuro mensajero de lo ignoto que le depara más allá de su viaje
hacia las profundidades del Arauca. “¿Con quién vamos”, titula
premonitoriamente Gallegos el capítulo inicial de su inolvidable novela.
Ver el destino
Cuando el cura y el barbero hacen el “donoso y grande escrutinio” –más bien
despiadado—de la librería del ingenioso hidalgo Quijano, nuestro Don Quijote,
aparecen los títulos que han mudado el buen juicio del protagonista de las
peripecias cervantinas.
Se trata de los libracos que sirven de libreto al “caballero de la triste
figura” y su desacertada aventura junto al fiel Sancho Panza.
Esa literatura que cura y barbero inventarían si bien merecen ser
calcinadas o no, es el corpus artúrico y demás novelas de caballería que
inspira al protagonista de Cervantes: Perceval, Tirante y, sobre todo, Amadís
de Gaula.
Victoria Cirlot ilustra cómo se manifiesta el destino único de los
caballeros andantes, cuyas hazañas quiso imitar el primer hombre moderno de la
literatura hispana, no otro que el Quijote. La novela es el género literario
moderno por excelencia.
“La visibilidad o audición del destino sucede en momentos privilegiados de
la vida”, escribe Cirlot en Figuras del destino. Mitos y símbolos de la
Europa Medieval (Siruela, 2005). Y sigue poco más adelante: “Erec,
Lancelot o Yvain, son todos ellos personajes cuyas historias tienen como
objetivo enfrentarlos, a ellos y sus lectores, a los emblemas que se forman
ante sus miradas, en los que se contiene la orientación de su andadura vital”.
Ese instante que en la literatura medieval se vale de símbolos que
incumplen con la noción moderna de verosimilitud –“un leopardo, una carreta, el
combate entre un león y una serpiente”, según nos ilustra Cirlot--, con el
devenir de la modernidad y la evolución de la narrativa ha hallado equivalente
en la cruda realidad del hombre común contemporáneo.
Como al personaje de Auster ocurre, el destino puede aguardar al caminar
una acera, bajo un viejo edificio del que súbito se desprende una gárgola o,
tan simple y llanamente, una viga de hierro.