Casi el despedir el año 2011 los chilenos nos
congratulamos por la puesta en órbita, a mediados del mes de diciembre del año
recién pasado, del FASat Charlie, en lo que viene a ser nuestro tercer intento
de poner en órbita un satélite chileno, luego de dos fallidos intentos previos
de FASat, Alfa y Bravo, el primero de 1995, que no logró separarse de un
satélite madre del cual hasta hoy continuaría adosado; y el segundo, en un
esfuerzo de 1998 que si bien alcanzó a orbitar de manera independiente, pronto
quedó inoperante al fallar su sistema de potencia, por lo cual hoy sería basura
espacial. En esta ocasión parece que las cosas evolucionan de manera diferente y
Charlie, el tercer esfuerzo de nuestro país en el tema, se desenvuelve
exitosamente, lo que por cierto es motivo de legítimo orgullo para nuestro
país.
En medio de estos sucesos, cabe reflexionar sobre
la utilidad de este nuevo instrumento de desarrollo para nuestro país. Cada
instrumento de ciencia y tecnología que la humanidad ha concebido a lo largo de
la historia, no ha sido juzgado sino por sus usos, más que por su valor en sí
mismo. Esta idea, que presiento válida para la radiación, utilizada de manera
lamentable como herramienta de muerte y también brillantemente como instrumento
para dar impulso a la vida; o la pólvora, que ha abierto tantos caminos
inexplorados pero que también ha sido usado como triste instrumento de destrucción,
quizás nos sirve para ilustrar algunas esperanzas y desafíos que podemos
asignarle a Charlie, por cierto, con efectos mucho menos dramáticos.
Habida consideración de que el satélite presentaría
aplicaciones de defensa, anexo a ello no son menores las posibilidades que se
abren para un amplio abanico de aplicaciones civiles, con potencial de
beneficios para la agricultura, silvicultura, ordenamiento territorial, estudio
de crecimiento de zonas urbanas, estudios demográficos, monitoreo de grandes
obras públicas, turismo, medioambiente, entre otras que podríamos imaginar. Por
cierto, ese potencial de aplicaciones hace abrigar esperanzas para un diseño de
intervenciones cada vez más pertinentes y armónicas, en virtud de una
disponibilidad de información más rica y abundante respecto de las especiales
características y particularidades del territorio.
Ahora bien, no obstante todo ese rico potencial de
aplicaciones que se nos abren, en función de esa mayor disponibilidad de
información que auguramos, cabe también plantearse algunos desafíos respecto la
forma y los canales por los cuales esa información se encauzará. Una particular
fortaleza que presentan los sistemas de información más avanzados tiene
relación con el carácter dúctil que poseen en su capacidad tanto para
centralizar datos como también para difundirlos con mayor amplitud, en apoyo a
la toma de decisiones.
En este sentido, si el mayor flujo de información
territorial disponible continúa canalizándose en virtud de una toma de decisiones
señalada por la centralización, tan característica de nuestro país, por cierto
las posibilidades de aprovechar las potencialidades que ofrece Charlie serán
acotadas para diseñar intervenciones cada vez más armónicas y pertinentes a la
realidad de cada territorio. Por ello es que entonces asignamos un desafío
adicional a la puesta en órbita de Charlie y que tiene que ver con poner un
acento en la descentralización de sus beneficios de información, facilitando y
abriendo la toma de decisiones de los actores en el territorio, con mayores
posibilidades de lectura e interpretación pertinente de dicha información.
Bajar la información, en este caso, no sólo lo
decimos de manera literal, sino que también coloquial, desde el satélite hacia
los actores del territorio, abriendo y facilitando allí la toma de decisiones,
en lo que puede ser un instrumento interesante, no sólo de tecnología e
información, sino que también, a partir de esa información estratégica, como
espacio de participación y descentralización de la toma de decisiones en cada
uno de los territorios, para un desarrollo más armónico y pertinente en nuestro
país.