Suele ocurrir el día que
más trabajo hay, cuando tu planificación está cogida con pinzas y tu agenda
rebosa “temas de apertura”. Suele pasar cuando menos gente hay en redacción,
cuando más ojos están pendientes de ti, o en el momento en que más jefes de
corbata hay pegados a tu trabajo. Es en ese preciso instante cuando más tiempo
necesitas, el momento en que al político de turno le da por aparecer tarde, mal
y deprisa.
No pasa nada si el tema
no tiene enjundia, pero suele coincidir con cumbres, reuniones, encuentros y
peloteos varios entre administraciones. Eventos que te retienen en palacios y
salas de lujo dedicadas a los menesteres del periodismo a duras penas. En
despachos anejos a esas salas de prensa de postín suelen reir y debatir por lo
bajo políticos, empresarios, mandamases y demás tropa trajeada a los que parece
que el trabajo de “los chicos de la prensa” no les interesa demasiado.
Entiéndanme. Por supuesto que quieren salir en los periódicos, lucir su
modelito en la tele y protagonizar minutos en la radio. El problema es que lo
dan por descontado, saben que hay una verdad suprema al resto: esos periodistas
no se van a mover de su sitio.
He presenciado ruedas de
prensa con un retraso de cincuenta minutos; he aguantado todo un recital de
música pseudo portuguesa para después recoger impresiones de políticos que a
duras penas aceptan preguntas. Y he sudado la gota gorda para mandar crónicas,
entrevistas y artículos, mientras el jefe de turno me azuzaba vía telefónica a
la espera de “lo último”.
Entiendo que desde las
alturas que alcanzan los políticos en esos estrados que, además de bien
iluminados, les permiten sin tener que disimular mirar por encima del hombro a
los curritos que les escuchan, es complicado de entender la profesión de
periodista. Sé que lo que para nosotros es una hora de redacción, muchos
minutos de organización y varios de edición, para ellos no es más que el minuto
que se tarda en escuchar, leer o ver la noticia. Lo que no entiendo tanto es la
actitud de quienes mandan en los medios.
Directores, jefes de
redacción o de informativos. Todos ellos han pasado por la silla del “localero”,
todos saben de su trabajo, su esfuerzo y su pundonor, ese que le impide hacer a
medias un trabajo que podría resolverse, de forma más tosca, en dos patadas. Se
aprovechan de ellos y de la idea de que representan al medio en el que
trabajan. Lo malo es que en casi ninguna ocasión, esos jefes reclaman para sus
curritos, y por lo tanto, para sus medios, el respeto que se merecen. No hay
político, administración ni empresario que se merezca una espera de una hora. No
hay trabajo que aquéllos hagan que sea superior al que realizamos nosotros. En
una sala de prensa no hay dos categorías. Entre políticos y periodistas existe,
o debería existir, la misma dignidad. Deberían luchar por ella, deberían luchar
por nosotros.