La
economía según John Steinbeck
El
diagnóstico que hace de la crisis financiera mundial el premio Nobel de
Economía 2001, Joseph Stiglitz, halla resonancia en los trágicos desenlaces
creados por otro Nobel estadounidense, el de Literatura de 1962
...
Al
leer al Premio Nobel de Economía del 2001, el ineludible Joseph Stiglitz, en
particular un apremiante diagnóstico al que accedo por cortesía de
Prodavinci.com, el lego que soy se dispersa al llegar a un pasaje profético en
el ciclo fatal que hoy se manifiesta en una crisis, con antecedentes muchos,
pero sin precedentes por ser como antes nunca, “global”, que constatan las
finanzas de las mayores potencias del mundo. Escribe Stiglitz: “El problema es
similar al que se presentó a principios del siglo XX (en Estados Unidos),
cuando un rápido crecimiento de la productividad en el sector agrícola obligó a
la mano de obra a mudarse de las áreas rurales a los centros fabriles urbanos.
Con una caída de los ingresos agrícolas superior al 50% entre 1929 y 1932, era
de esperar que se produjera una migración a gran escala. Pero los trabajadores
quedaron ‘atrapados’ en el sector rural, porque no tenían recursos para
trasladarse; y la caída de sus ingresos debilitó de tal modo la demanda
agregada que el desempleo industrial y urbano se disparó”.
Me
viene a la divagadora cabeza James Dean. Sí, aquel portentoso histrión que para
los más pasó a la historia detenido en alguna pose. Evoco esa escena
desgarradora de Al este del paraíso (East of Eden), el drama
dirigido para la pantalla por Elia Kazan, basado en la novela más recordada de
otro premio Nobel estadounidense (aunque de literatura), John Steinbeck. Para
no perder tiempo hago cut paste del plot sugerido
en el portal Internet Movie Data Base(imdb.com), que me parece no menos fiel
que cualquier otra sinopsis:“En Salinas Valley, en tiempos de la Primera Guerra
Mundial, Cal Trask se siente impelido a competir contra las abrumadoras
ventajas de su hermano Aron por el amor del padre Adam. Cal se siente frustrado
ante la posibilidad de la guerra, ante cómo avanzar en los negocios y por tanto
en la vida, y también ante cómo relacionarse con una madre ausente”.
Un
guionista puede comprender por qué Kazan junto al escritor de la adaptación,
Paul Osborn, hayan podado buena parte de las tramas entrecruzadas de la novela
de Steinbeck para hacer el foco argumental en el aludido trío de padre y dos
hijos. En la caja de resonancia del tiempo universal, la alusión al origen
bíblico tiene sonoros ecos: Caín y Abel. Por no insistir en que el título de la
obra cita un pasaje del Antiguo Testamento.
Las
uvas de la ira
Tan
poderosamente inapelables son las narraciones de Steinbeck, que al ser
transfiguradas en cine conservan intacta la nuez trágica de toda épica humana.
El lector avisado ya sabe que la época a la que se refiere Stiglitz no coincide
en el rigor histórico con la que inspira Al este del paraíso, la
novela de marras. Más bien se emparenta con otra obra de Steinbeck, llevada al
cine por el gran John Ford: The Grapes of Wrath (Las uvas de
la ira) ¿Quién no recuerda con genuina emoción la escena en que Henry Fonda en
el papel del perseguido Tom Joad recita el monólogo inmortal, el “I’ll be there
speech”?
La
familia Joad es arrastrada precisamente por la situación que Stiglitz
taxonomiza sumariamente: familias campesinas de Estados Unidos condenadas a un
viaje sin retorno y con pocas esperanzas. El parlamento que quiero citar
corresponde al momento en que Tom, en medio de la desesperación, se despide de
la madre y ella lo inquiere dulcísima, resignada, “¿Cómo sabré dónde estarás”.
Y Tom responde: “Estaré en cualquier parte en la oscuridad. Donde
quiera que veas, donde quiera haya una lucha para que la gente pueda comer. Ahí
estaré. Donde quiera un policía golpee a un hombre, ahí estaré…Donde quiera que
los niños hambrientos rían porque saben que la cena está lista. Ahí
estaré…Cuando la gente haya comido lo que cultivaron y vivan en las casas que
levantaron. Ahí estaré”.
Palidecen
las consignas de los “ocupas” de Zuccotti Park, una lástima.
Las
razones de Adam
De
vuelta al enredo de Adam, Aron y Cal Trask, recuérdese entonces el momento en
que el desventajado hijo menor, Cal (James Dean) intenta “comprar” el ansiado
amor de un padre en extremo recto.
Adam,
el padre, perdió una gran cantidad de dinero a causa de los desarreglos
económicos de la Gran Guerra. Cal entonces se aventura a hacer lo que ahora no
parece gran cosa. Compra a los campesinos la cosecha de frijoles a futuro: la
operación pone en sus manos un cuantioso fajo de billetes, que inocente,
pícaro, desolado, entrega a su padre no solo para que el viejo recupere el
dinero perdido, sino sobre todo, a cambio de ese amor, pospuesto siempre por
tantas prevenciones.
Adam se
horroriza al interrogar al hijo que colma sus manos de dólares. “¿Crees que yo
sacaría ganancia de algo así?”, lo increpa. Y a continuación al ver la
tribulación del vástago, lo conmina: “No quiero ese dinero. Sería feliz, hijo,
si me dieras como, en fin, como lo que tu hermano me ha dado, algo honesto,
humano y bueno”.
Como en
toda tragedia, el bien y el mal se desdibujan. Adam, el padre incapaz de
ternura hacia su hijo, es también incorruptible en sus valores cristianos. Es
un hombre honrado como el que más. Padre e hijo terminan con el alma mutilada,
el viejo moribundo, el hijo que vela por él junto al lecho ¿Qué queda de esta
paradoja, acaso parábola de la fatalidad que tiene a la economía mundial en
jaque?
Para
quien no recuerde bien o no haya visto nunca el inolvidable fotograma, sírvase,
que para eso está
Youtube: http://www.youtube.com/watch?v=GDgDFECrJmk&list=FLbfaRo1xV3dpkCUmd0ENPrA&index=3
Comentarios
Esperemos que Joseph Stiglitz no haya augurado una coincidencia tan fatídica para los años que vienen ahora (y que los Bancos no tomen el rol de las Empresas Agrícolas de los años 30 en California).