Es el estadio uno, la primera fase, el nivel más bajo. Suele llevar consigo
una mezcla de miedo a lo desconocido, expectación y ganas de hacer no se sabe
muy bien el qué. Llegan a las redacciones en verano, se cruzan a la puerta de
los medios de comunicación con quienes abandonan su puesto en busca de unas
vacaciones que pongan tierra de por medio con el día a día y el agobio de la
actualidad (aviso: no hay distancia suficiente). Son los becarios, seres
anodinos con los que lidiar, y a los que enseñar una profesión que ni siquiera
los que más tiempo llevan en ella saben dominar a la perfección.
Llevo poco tiempo en el mundo del periodismo, pero ha sido suficiente como
para observar una evolución negativa en la disposición de los becarios hacia
sus tareas. Es cierto que cubren de forma gratuita el puesto de un informador
profesional; que echan horas en redacción igual que lo hace el asalariado de
turno; que se les exige la misma disposición y, de forma errónea, el mismo
conocimiento de la actualidad que a cualquier otro periodista de plantilla.
Pero… ¿no consiste en eso hacer prácticas? Recuerdo la primera vez que llegué a
una redacción: todo era nuevo y desconocido, y todo me daba miedo. Hasta la
chica del tiempo me imponía. El primer día, con suerte, tomabas contacto con
las ruedas de prensa, los micrófonos, los canutazos y las tomas de sonido
acompañada de un periodista experimentado. Pero a partir de ahí, lo demás
corría de tu cuenta.
Echabas horas como la que más, demostrabas capacidad de aprendizaje, te callabas con lo que te había parecido –e incluso había sonado- a falta de respeto, colaborabas, grababas, editabas y locutabas con ganas y sabiendo que te encontrabas allá donde querías estar y haciendo lo que siempre soñaste hacer.
Pero
el cuento ha cambiado un poco. Los chicos de ahora, los jóvenes estudiantes de
periodismo, por lo general, han olvidado que de ese trabajo desagradecido,
silencioso, gratuito y lleno de sinsabores (poniéndonos en el peor de los
casos) puede nacer un puesto de trabajo. Ya no acuden con ganas de aprender;
muy al contrario, llegan con ansias de imponerse en un trabajo que, en muchas
ocasiones, tiene más de experiencia que de redacción brillante. Me he
encontrado con chicos a los que les molesta trabajar, que no aceptan las críticas,
que se niegan a aprender. Y es tan fácil como abrir los ojos y los oídos a todo
lo que les rodea. He visto a becarios pedir dos semanas de vacaciones, cuando
para servidora pedir un par de días era casi una misión imposible. Quieren
seguir disfrutando de esos veranos de tres meses sin darse cuenta que al salir
del instituto habían renunciado implícitamente a sus 90 días de sol y
atontamiento. Llevan a rajatabla la ley del mínimo esfuerzo, olvidando que sus
nombres quedarán íntimamente ligados a la sensación que dejen a su alrededor.
Dicho de otra forma: si no haces nada, serás el vago; si no hablas, el raro; si
tu máxima obsesión es lucir modelito y tacones, la pija. Pero si trabajas, te
esfuerzas, aprendes y das el cien por cien, incluso en ese trabajo al que nunca
volverías… puede que seas la persona a la que llamar en caso de vacante.
Comentarios
No entendí muchas cosas en su día del tema de las prácticas. Por eso hice las que tenía que hacer para sacarme los créditos pertinentes y no repetí.
Las cosas sí han cambiado... a peor. Estamos metidos de lleno en una revisión del cuento de los altramuces. Ahora se juega con el "¿No quieres ponerte en pompa de gratis? Puedes irte, ya habrá otro que sí que quiera hacerlo...". Siempre hay alguien que bajará el listón un puntito por debajo que tú para conseguir al menos una pequeña parte de lo que en principio quería y, probablemente, ya ni recuerde.