Decidieron pasar la noche bajo una
pequeña cornisa que apenas los protegía de la llovizna que por esa época caía
insistente en la ciudad. Se recostaron en el piso, apretujados contra una
puerta. Instintivamente unieron sus cuerpos buscando abrigo, igual que tiempo
atrás habían unido su infortunio.
Muy temprano, el ruido de algunos autos
y el paso de la gente avisaban que la ciudad había despertado. Pronto abrirían
la puerta de ese negocio y los botarían de ahí, así que lo mejor era caminar.
Ese día, como todos los anteriores, su principal objetivo era saciar la sed y
el hambre.
Vagaron durante largo tiempo por
lugares que nunca antes habían recorrido hasta que una malla que separaba una
gran avenida les impidió el paso. A la distancia, entre árboles, se divisaban grandes
casas. Había que llegar a ese lugar, de seguro encontrarían alimento. A esa
hora la briza soplaba ligera, suavemente, mientras densas nubes, amenazantes,
cubrían las montañas. Cerca de allí encontraron una abertura que permitía salvar
la barrera, la cual atravesaron. Permanecieron parados al borde de la calzada
esperando el momento propicio para cruzar la autopista.
¡Ahora!-, dijo
él. Corrieron tan rápido como sus
cansados cuerpos se los permitía. Apenas ella topó la húmeda hierba de la isla
que separaba las calzadas, escuchó un golpe estremecedor y un chillido que la
paralizó. Regresó a ver. Tirado cinco metros más allá, junto al bordillo, se
encontraba el cuerpo de su compañero. Desesperada corrió a su lado, vio como un
hilo de sangre le corría por la nariz y boca, mientras sus ojos, inmóviles, miraban
a la nada. Lo movió tratando de reanimarlo. Era inútil, había muerto. Muy cerca
de ellos los autos continuaban veloces su recorrido.
“Martín” era uno más, de los muchos perros que a diario morían atropellados, en una ciudad indiferente a la suerte de esos seres.