El Águila de Hipona. San Agustín. Giovanni Papini Editorial Poblet. Vidas ejemplares de la cristiandad.
Artes | 22/08/2011


      Cuando San Agustín explica, con escasa claridad, que el tiempo procede del futuro y avanza hacia el pasado a través del presente, quiere afirmar que el tiempo en verdad mana hacia las criaturas desde Dios… El futuro es, en efecto, el recinto por excelencia de Dios.

                                                                                                                          H. A. Murena, Homo Atomicus


      En la primera página Papini dice que tenía una tía buena y avispada que para hablar de su hijo decía ¡escribe más que San Agustín! De ahí su primera vez, reencontrándolo años después en un cuadro mientras vagaba completamente solo por la galería de los Oficios atraído por un cuadrito de Sandro Boticelli: escena de un viejo con barba blanca en que un rapaz le está confesando querer vaciar el mar. Lee de quién se trata: San Agustín. Y un día le tocó encerrarse en una escuela que estaba en la calle San Agustín. Uno ve después las señales de lo que parece predestinado. Luego lo lee como erudito que es y dice que sólo él y Pascal son los únicos cristianos que leyó con admiración. Y escribe un San Agustín no como teólogo que no es, sino desde su arte de escritor.

      Agustín era africano. Arremete con esta frase: “no comprende bien algunos aspectos de su alma quien no recuerda su nacionalidad”. Recorro el libro leído y releído, deteniéndome en los puntos que me modificaron y hasta liberaron trabas, llaves que sentí girarse en esta lectura. Los momentos de aire son tantos y tan cercanos en las 361 páginas que cuesta no reescribirlo íntegro. Dejaré pues 360 y tocaré 6 en un rozar lo que siempre en Papini es imán, y parece que imantada también es la prosa de San Agustín.

      San Agustín cuenta su vida infantil de la cual no conserva ningún recuerdo. “Esta vida que muere o esta muerte que vive”. Necesita saber de dónde vino. Y Papini dice que no esperó a Freud para descubrir que el niño no es puro. Quince siglos antes advirtió no sólo la no inocencia de la infancia, sino que ésta no es ni siquiera alegre.

      Vigencia de las plagas de las ciudades universitarias, cuando Papini cuenta lo que San Agustín pasó en Cartago: “los estudiantes se creían, fundándose en la indulgencia de que goza la juventud, y especialmente la atrevida y pródiga, que todo les estaba permitido. Los Eversores. La experiencia del mal. O las ascensiones son rebotes de las caídas y proporcionales a ellas.

      Apropiarse de alguna partecita de la divinidad, Agustín, que creía ser una ínfima fracción de Dios, tendía a la anexión del futuro

      El hombre sucio está agradecidísimo a quien le adormece la conciencia.

     Teorías que prometen al hombre la vil tranquilidad en el mal, predicadores del “karma búdico.” Le tocó –como él mismo sencillamente escribió: Enseñar antes de haber aprendido.

     Al principio se fijó más en la forma que en la sustancia (elocuencia). Luego prestó atención no sólo al decir sino a lo dicho. Dios permite que los mayores caigan para que de la caída se levanten más grandes y sean ejemplo incitante al vulgo de los mediocres. Papini dice que en Agustín está todo, hombre universal lo llama, integral, superhombre no en el sentido de Nietzche –aclara- sino en el de San Gregorio Magno –superhombre por saber las cosas divinas- y continúa: no sólo porque fue poeta, orador, psicólogo, filósofo, teólogo y místico, sino porque reúne en sí, en armoniosa síntesis, todos aquellos contrastes que en la mayoría, aislados, provocan crisis, errores, conflictos, y en él, en cambio, crean una verdad superior.

      Papini lo compara con varios según la acción: con Sócrates dividiendo y subdividiendo los sentidos de las palabras; con Píndaro, que canta, y enseguida nos despliega la fusión de elementos contrarios que pueden esclarecer la grandeza de un alma. En otro libro dice que el hombre que no se propone al menos una vez en la vida ser santo es un cerdo, por supuesto Papini se refiere a la santidad en sentido de grandeza espiritual, no beata. Halla estos contrarios en San Agustín, y explica dónde están, en su obra: fe sola y razón, clamar en contra como anárquico y obedecer a los Gobiernos. Iluminación interna y potestad de la iglesia, pesimismo y optimismo, defensor de la continencia y quien admite la necesidad de la prostitución. Y si sutilmente esclarece la libertad del hombre, escandaliza con sus teorías de la predestinación y la gracia. Y también le opone rasgos de carácter: que disputa y argumenta como abogado y se eleva en éxtasis como místico. O que intercede por enemigos y pide condena para los herejes. A GP le llama la atención cómo la abstracción y la lírica, la lógica y la caridad alternan sin contradecirse, integrándose. Alternan, dan un ritmo, un poder cambiar de posición y de visión, una flexibilidad que amplía, y ante estos contrarios, necesarios para llegar a la “proporción de la experiencia del mundo” Papini desarrolla lo contrario, a los que llama espíritus unilaterales,

      Siempre sujetos al error o la esterilidad: y los clasifica: El que es todo entendimiento y lógica pura: prisionero de las fórmulas, los silogismos o la terminología (la realidad no es toda traducible a conceptos). La inteligencia, cuando está sola no es capaz ni siquiera de entender. El que es todo corazón: se pierde en efusiones generales. Solamente intuitivo y repentizador: puede tener inspiraciones admirables, pero termina en la vanidad. Quien tan sólo se ocupa del exterior (formas de la disciplina o de la devoción reglamentada): corre el riesgo de ser fariseo o beato. El que se fía únicamente del yo y de la propia experiencia: termina luterano. Quien se entrega tan sólo a las prácticas religiosas mecánicas: acaba monje tibetano. Y culmina: los extremos son siempre peligrosos cuando imperan, aislados, en un espíritu; son fecundos cuando colaboran en armonía.

      Papini dice que las soluciones medias son mediocres, y que si se dan los extremos, siempre que concurran todos, se llega a una síntesis que no es compromiso sino victoria. Y no se trata de conciliaciones, lo llama “decidido existir” “cópula fecunda”. Papini define al genio agustino como un abarcar los extremos sin abandonarse a uno solo, naturaleza suya que es contraria a todo exceso unilateral.

      El mundo está lleno de ejemplos de excesos unilaterales, desde el terrorismo, hasta el progresismo, las ideas redondas que encierran al hombre, porque han condenado los pensamientos libres, los han condenado por escuchar que Dios ha muerto o vaya a saber por qué las personas creen todo lo que dicen algunos. A mí me gusta hallar un pensamiento arriesgado, paradójico, que no teme. Y eso es lo que Papini aclara: que no es gongorismo, (que quien piensa profundo se expone a acusaciones). Que decir lo indecible puede hacer caer en la agudeza y pensar lo impensable, en la paradoja. Que lo sublime está a un paso de lo ridículo, la alta metafísica a un paso de lo absurdo, y la alta mística a un paso de la herejía.

      Papini dice también que no es el de SA un cavilar de los profesores de filosofía. Ni el distraído desmenuzar de aficionados indiferentes: dice que Agustín se arroja todo entero al horno del pensamiento. Y que lo que toca se vuelve cálido, porque no medita sólo con el cerebro sino con el corazón y con toda la violencia de su alma entera.

     Agustín combatió su libido hasta entrada la madurez, tuvo un hijo sin casarse, que se llamaba Adeodato, abandonó a su mujer –y madre del niño- luego de catorce años, por una más joven. Mientras llegaba la otra –casi una niña- con quien nunca se casó, se buscó una amante. En fin: un día dejó la carne. Comparaba él esas tendencias con el sopor del sueño, diciendo que aunque sabemos que la vigilia es más bella y que es preciso levantarnos, queremos sumirnos en la inconsciencia y entregarnos a la somnolencia. Porque la dualidad en la libido también lo seguía, y su fuerza era tal que estas contradicciones lo llevaron a pensar lo impensable. Por eso cuando hoy se trata de hacer creer que los santos eran beatos, vale la pena recordar que no. Que tenían, sobre todo SA, algo extremadamente moderno. Y quizás en literatura tengamos que volver a leerlos, o empezar a leerlos y recomendarlos. Es mi caso: no se si son veintidós tomos. Papini trae el momento de conversión de San Agustín en el cual oye una voz. Y esa voz dice justamente:

      _Hojea y lee. _ Hojea y lee.

      Era una suave voz juvenil. Y que él aplicó el oído, pensando que era parte de alguna frase de un juego de niños (milanos en ese día), pero hojea y lee no es una frase de ningún juego infantil. Entonces va y abre el Evangelio al azar, aún con lágrimas, y encuentra la frase, el párrafo (un versículo de la Epístola a los Romanos) y llega al fin, ya con una edad avanzada, a lograr dar fin a la libido en lo carnal. Sublima diríamos, pero quien lo persuade es un párrafo. Y le contó todo a Alipio con el dedo como señalador, dice. Alipio le saca la mano del libro y quiere leer el párrafo de Pablo, y lee justo la frase que sigue, que es para él. La letra.

      Más allá de toda su obra por leer, hay un libro que Papini dice que es uno de los más originales que Agustín escribió: De magistro . Su hijo Adeodato era el interlocutor del diálogo. Lo escribió antes de que Adeodato muriese (murió antes que su padre, con quien vivió cuando Agustín abandonó a la madre del niño). Dice que el libro comienza con una sutil indagación respecto al lenguaje, que precede con muchos siglos a las conclusiones de los analistas modernos. Según Agustín, las palabras oídas no nos enseñan nada. Todas las conversaciones no son, a menudo, sino monólogos paralelos. En Agustín no hay creencia en ideas innatas ni en preexistencia del alma, ni en ese aprender como recordar de platónicos y pitagóricos. No aprende antes de encarnarse pero tampoco de maestros. Para él se trata de inspiración interior y hay un maestro trascendental: Cristo. Lo interesante es que Cristo no responde sino en proporción a la buena o mala voluntad del que pregunta. Es visión por medio de Dios, no en Él.

      Papini también se mete con el tema de la soledad. Al hombre común le parece contra la naturaleza que “con la excusa de admirarla la destruyen”. La soledad atrae. En pocas páginas toca puntos ciegos de nuestras vidas. Desde la “lentitud de ánimo cuando se trata de mudar de género de vida”. O ser de fuego para hablar y de nieve para ir a los hechos. Papini trae a Agustín a la actualidad. Dice que si él se pone a escribir sobre Agustín y los maniqueos, donatista o pelagianos nos hastía, y que en cambio si nos cuenta que contendió con teósofos, protestantes y románticos, escucharemos. Propone que sustituyamos con cautela a Manes por la Sra. Blavatsky , a Donato por Lutero y a Pelagio por Rosseau y veremos que las batallas de Agustín no son reliquias fallecidas sino actualidad. Lo declara último de los grandes metafísicos y el primero de los psicólogos modernos.

      No se aniquila lo anterior en el hombre que cambia. El alma cambia de rumbo pero no de índole. La importantísima diferencia es para qué usa lo que era. Creo que el hacer uso lo escuché mil veces como idea relativamente nueva. Estaba todo bastante dicho casi igual que como nos lo enseñan sacando a Cristo. El tema es dónde ponen a Dios cuando lo sacan, al menos en algunas universidades. Manotean y roban sin mencionar a Agustín y otros cristianos para lucirse y como no creen en Dios se ven en el aprieto de callar la fuente. Y la callan.

      No es posible recorrer la obra, La ciudad de Dios como Papini lo hace en este libro. Sólo dejar dicha la anexión del futuro. “Agustín creó el concepto de “humanidad” como sociedad compuesta de muertos mas que de vivos, que comprende el futuro además del pasado, y que está unida, no con argamasa material, sino con trabazones espirituales”.

      Santo, hombre íntegro, ahora que vemos más que nunca pedazos de hombres, fracciones mezquinas de personas, unilaterales espíritus que marcan y señalan la mínima contradicción del pensamiento. Cómo no volver a buscar los rarísimos hombres perfectos en su esplendor de haber sufrido y podido escribir, siendo además uno de quienes se desesperó por anotar cuando le venían las ideas todas juntas. Entre sus dramas vivió hasta el del escritor. Y fue hombre, hijo de Santa Mónica.

      La gente vulgar –dice Giovanni Papini- no comprende un alma ardiente y toma por retórica lo que es forma natural de los pensamientos. Dice “aquellas atrevidas imágenes que hacen sonreír despectivamente a algún desgraciado pedante incapaz (…) se encuentra con la misma osadía en la Biblia, en Homero, en Shakespeare y en todos los grandes escritores que crean sin preocuparse de los moldes, de los manuales y del sentido común.

      Menciona el genio literario de Agustín, su estilo, que no es siempre igual, ya patético y anheloso, ya extendido en períodos solemnes, sonoro, definido, o tranquilo, sencillo, minucioso, y en cada rasgo lo compara con Cicerón, Platón o Tertuliano. A veces poeta felicísimo.

      Africano solo, entre fin del siglo IV y el principio del V, representa la prosa latina añadiendo una pulsación completamente moderna. Quien vivió el drama del artista, vivió lo que meditaba y sintió en lo profundo lo que dijo. Nunca hizo de su pensamiento sistema cerrado y firme –trampa para los perezosos y los ingenuos-.

      Poco (dice Papini) pero ese poco, infinito.

                                                                                                Bettina Bonifatti 

 

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