Traje oscuro y corbata para ellos, tacón y maquillaje a raudales para
ellas. Exudan simpatía y buenas maneras al primer contacto; apretones fuertes
de manos, besos sordos al aire y un interés exagerado en tu quehacer diario. Te
preguntan a qué medio perteneces antes de darte la nota correspondiente; en el
caso de los más eficientes, fichan tu cara para el futuro, aunque lo normal es
tener que repetir tus credenciales cada vez que se cruzan contigo en la sala de
prensa. Ya lo tienen todo hecho y no necesitan hacer más esfuerzos. Es el jefe
de prensa (incompetente).
Estudiaron periodismo, y puede que en algún tiempo fueran buenos
profesionales, pero pronto se cansaron de nóminas casi transparentes. Tentados
por las cifras plurales a final de mes, claudicaron el día que uno de los peces
gordos a quienes seguían –y generalmente trataban bien en sus crónicas- les
llamaron para tenerles aún más cerca. El calor de un jefe de prensa sólo se
puede comparar a la estufa perenne del político de turno.
Pasean su palmito por mausoleos oficiales, edificios aptos para
acomplejados, que utilizan el frío marmol como esterilla prêt-à-porter. Hacen
resonar sus zapatos nuevos en el suelo de los pasillos a los que los
periodistas-currantes llegan apurados por tener ese mismo día otras cuatro
citas con similares protagonistas. Pero no hay prisa. Lo importante es que los
trajes no se arruguen y salgan mal en la foto. En los papeles no hay alopecia,
miopía o falta de sueño. Por eso, hacer esperar a “los chicos de la prensa” es
una mal disculpado… sobre todo por aquellos que algún día esperaron libreta en
mano a que un traje bien colocado les soltara su discurso.
Ellos suelen dejarse encandilar por las jóvenes talentosas de ropa
llamativa, pronunciado escote y sonrisa perfecta. Ellas, sin embargo, tiran a
la línea de flotación de cualquiera que se ponga en su camino, sobre todo a
tacones que, como los suyos, un día resonaron en las salas de prensa y que
aspiran a hacerlo en los despachos.
Son poco eficientes; su frase favorita es “lo intentaré, pero no te prometo
nada”. Los datos y expedientes se ocultan, hasta que no hay más remedio que
enseñarlos. Aunque entonces, las agendas se abren por la “A” de amigos, siendo
el afortunado ganador del sorteo el medio habitual de cabecera. No toleran una
mala crítica, no digieren la verdad. No ven lo que en su día ellos mismos
reprochaban, y no quieren ver lo que hay ahora para criticar.
Dan mala fama a una pequeña (muy pequeña) parte del periodismo; a esos
jefes de prensa que sí atienden, que sí trabajan… A esos que aún tienen fresco
en la memoria que algún día fueron plumillas; a esos que recuerdan lo
complicado que era trabajar sin coche ni móvil oficial.