Por difusos motivos, la
gran literatura firmada por puertorriqueños poco se conoce en el continente.
Uno de sus novelistas, Edgardo Roríguez Juliá, es un maestro de la crónica,
como pocos. Tal vez la mejor forma de escribir sobre su nación sea desde mar adentro
Cada 25 de julio las
conmemoraciones nacionales de Puerto Rico forman corrientes profundas en la
Bahía Guánica, allí donde el novelista Edgardo Rodríguez Julia dice que “ancló
la Historia”.
Sobre esa bocanada de
océano arribaron el 25 de julio de1898 los buques de la armada yanqui que
hicieron que la isla pasara de manos del Imperio Español al de América. De
forma incruenta, sin bajas.
Visto que de entre los
promontorios no había aviso de resistencia española alguna, las naves fondearon
y la tripulación bajó a tierra. “El silencio seguía perfecto, sólo se oía el
vaiven de las olas y el vuelo de alguna gaviota mañanera”, recrea Rodríguez Julia
la epopeya.
También informa el
cronista que los gringos no tardaron en nombrar jefe de policía al primer negro
que les salió al encuentro, Simón Mejil, y a un vasco que hacía de alcalde
español de Guánica, Agustín Barrenechea, le pidieron que siguiera en funciones
pero ahora bajo el dominio de los Estados Unidos.
Un 25 de julio de 1952 se
inauguró el Estado Libre Asociado; y tal día como ese pero del año 1978, un
grupo de estudiantes pro-independentistas que intentaron un sabotaje en las
torres de comunicación del Cerro Maravilla fueron asesinados a sangre fría por
agentes de policía. Es así que la múltiple efémeride convierte al poblado de
Guánica en la encrucijada de pareceres que anima el debate político de
Borinquen.
Peregrinan hacia la
bahía, marxistas e independentistas donde se agrupan para vocear consignas
contra el imperialismo y la actuación criminal de la policía en el caso citado,
mientras las autoridades locales alguna celebración convocan para reafirmar la
condición de Estado Libre Asociado. Otros van simplemente a nadar; o más
exactamente, entregarse a la hazaña de cruzar mar adentro las históricas aguas
en una competencia organizada por varios clubes de playa. Uno de esos nadadores
solía ser (me pregunto si todavía se anima a hacerlo) Edgardo Rodríguez Juliá.
Narrar en el mar
Durante la década de los
noventa, el novelista y cronista Edgardo Rodríguez Juliá visitó en varias
ocasiones Caracas. Recuerdo una vez que se alojó en el Hotel Hiltón y se
permitió por cuenta propia recorrer los alrededores (primera cosa que todo
cronista de raza hace al llegar a una ciudad desconocida, recorrerla sin
aúrigas ni comentaristas).
Le llamaba la atención el
“clima de parroquia” que decía se conservaban en esas cuadras circundantes a
Bellas Artes y que, según decía, ya no era frecuente en San Juan de Puerto
Rico. Me intriga qué sentiría si volviera a pasear por esas calles ahora.
El escritor
puertorriqueño encarna una condición poco frecuente entre sus colegas
hispanoamericanos; su habla y sus textos evaden toda épica y se decantan por
esa ironía dulce que Fernando Savater atribuye a la Gioconda.
No va de heroicidades el
imaginario de Borinquen sino de hondas identidades, reconocibles en su música,
sus sabores, su paisaje y cotidianidad.
Del amplio corpus, entre
la novela y la crónica, de Edgardo Rodríguez Juliá (Río Piedras, 1946) los más
recuerdan su famosa pieza Una noche con Iris Chacón (Editorial Antillana,
1986), pero las crónicas reunidas en El cruce de la Bahía Guánica (Editorial
Cultural 1989) en particular la que da título al volumen, revelan la
originalidad de los procedimientos de este cronista para acercarse, registrar y
comentar la realidad.
El cronista escribe desde
el agua, mar adentro, su percepción y sensibilidad sometidas a las condiciones
difíciles del nado de larga distancia: “…hoy, a pesar de los lentes de contacto
y la casi nitidez con que veo las cosas del malecón de Guánica –como
seguramente las vieron los americanos al invadir un día como hoy—apenas
distingo la boya roja que debemos rebasar”.
Cada cronista se vale de
procedimientos diversos para mantener el punto de mira, la distancia debida y
la cercanía emotiva que el género demanda. Pero, no hay duda de que este
escritor nacido y curtido en una isla, se ha hecho de un método irrepetible. Nadar es una crónica.