Traficar importantes
sumas de dinero en bolsos; pesarlo para luego desviarlo a paraísos fiscales
para su posterior blanqueo es, sin duda, una actividad delictiva que
investigaba el fiscal Campagnoli. En cuanto al blanqueo no podemos omitir la ley 26.860 –impulsada y promulgada por
Cristina Kirchner- que invita a lavar dinero sin importar su procedencia. La ruta
del dinero “K”, como fue bautizada, también es una calle de “doble mano” por donde circula dinero
de dudosa procedencia. El circuito de este dinero deja dudas contundentes, en
su gran mayoría relacionadas a una estrecha vinculación con la financiación de campañas políticas de
la mano de hombres íntimamente ligados a la dinastía gobernante. Por tratarse
de dinero no bancarizado y de dudoso origen cabe suponer una relación
encubierta con el narcotráfico.
Campagnoli avanzó, casi sin piedad, hasta lo
que hoy es la “vinoteca” de Lázaro Báez; socio de Cristóbal López y Cristina Kirchner, no sin antes hacer una barrida por la “rosadita”
ubicada en la “politicopoderosa”
zona conocida como Puerto Madero. Cercano a este sitio un periodista se encontró
a Leonardo Fariña queriendo “vender
ficción”, un vendedor que terminó preso. Federico Elaskar –que tiene contactos genuinos con el mundo de
sociedades de lavado- sigue “bailando” pero aun en libertad.
En la
abundancia los hechos, y con todos estos nombres, se puede bordar un florido
camino que conduciría a Cristina
Kirchner al banquillo de los acusados y no hubo ningún muerto. No, no me olvidé de la efedrina.
El fiscal Nisman se tomó dos años, no solo
para sustanciar pruebas existentes acerca del atentado de la AMIA, sino que sumó una cantidad de
conexiones que ponen a las puertas de la catástrofe a nuestra bienaventurada Presidente.
El famoso memorándum, del “aquí no ha pasado
nada”, hizo celebre la impotencia del Congreso, develando su formato de “torta sin velitas” debido a la mayoría
del oficialismo y a la tranquilidad que dan las facultades delegadas; porque los legisladores hablan de todo, pero
nunca dicen que no tienen poder; lo
han entregado a precio vil al ejecutivo.
La que
cambió, en un giro de 180 grados, la relación con Irán fue Cristina Kirchner
cuando empezaron a aflorar las necesidades de energía y por el otro lado
comenzaron a deslizar pedidos a modo de “contraprestación”.
Por ejemplo gestionar ante interpol
la “baja” de las famosas “alertas
rojas”.
Malas noticias: el memorándum no fue ratificado
por el estado iraní, por lo tanto Argentina quedó “mirando al sudeste” y las alertas
rojas siguen tan rojas como siempre. La relación con Irán, hoy
socio circunstancial de EE.UU,
socio estratégico de Israel comienza un sinuoso camino marcado por el deterioro de las relaciones entre Argentina
e Irán. ¿Cómo cambian las cosa, no?
En el
terreno de las hipótesis se supone que la misma Presidente debería haber resguardado al fiscal hasta de una gripe mal curada en su infancia. ¿Y si
le pasa algo a Nisman, quien sería la primera observada y potencial culpable?
Ejem!! ¿Y qué pasaría si ocurre lo que
todos hoy sabemos qué pasó?, por ejemplo, justo un día antes que el fiscal Nisman iba a presentar en la torta sin velitas las pruebas que incriminan
a la Presidente, cuanto menos, como encubridora.
Nadie puede
negar las aberraciones que han dicho los funcionarios iraníes – principalmente Khalil y Rabbani- acerca de la posible
llegada de Nisman a Irán para
interrogar a los supuestos implicados en el atentado de la AMIA. No podemos
olvidar a los “facilitadores de buena
voluntad” como D’Elia, Perdía y
Esteche, este último de conocidas vinculaciones con los “serpicos” más
deleznables. El “Cuervo” Larroque no merece completar un renglón. Los iraníes estaban, ya a esa altura, muy enojados con Nisman… y también con
la Presidente. La misma bala terminó
con un fiscal y generó un estado de sospecha acerca de la responsabilidad de Cristina Kirchner en el asesinato de
Nisman. Dos pájaros de un tiro.
Las excusas, la inverosimilitud
y la culpa.
El gobierno,
a través de sus voceros alternativos, dice que tiene muchas preguntas, habitualmente los que preguntan son los que acusan.
¿A quien acusa el gobierno? Si hay
algo que el gobierno no tiene son
respuestas. Ante un hecho de tal magnitud no tener respuestas tiene un costo
y una responsabilidad; la Presidente y
el canciller están sospechados de encubrir y desviar la investigación para favorecer a los iraníes.
Entremezclar
el asesinato de un fiscal con lo sucedido en la Francia colonial es un claro
síntoma que no tienen por donde orientar su relato metamorfoseado. Este es el habitual mecanismo que utiliza –o
por lo menos lo intenta- el régimen para transformar
una adversidad en una oportunidad: le echa la culpa a otro, por más
descabellado que sea su argumento.
En la
apertura de su exposición el
Presidente de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, Julián Domínguez, a lo primero que apunto
fue a señalar a un enemigo a quien descalificar, acusar y desde allí debilitar
la idea del asesinato. Fue a defender la
posición del gobierno –suicidio- absolutamente descolocado de la realidad. Buscar culpas afuera no siempre puede sustentar la inocencia, y mucho menos demostrar objetividad. Abrir una
exposición –no fue una conferencia de
prensa- para trazar una analogía
entre el asesinato de Nisman y lo ocurrido en la redacción del satírico pasquín
francés parece algo descabellado y hasta podríamos decir algo
geográficamente lejano. Un gobierno desorientado “como un pájaro sin luz”.