Uno de los
países emergentes que apuntan a convertirse en grandes protagonistas de la
generación de riqueza es Brasil. Marcado por tener una población cercana a los
200 millones de habitantes, un territorio muy extenso y una gran cantidad de
recursos naturales explotables, forma parte del grupo denominado BRIC (Brasil,
Rusia, India y China), que -según la tesis de Goldman Sachs- concentrará a las
cuatro economías más dominantes en el año 2050. Es decir, las características
del vecino país, sumadas a su crecimiento económico, lo convierten en un
referente estratégico en el tablero de la economía global.
Actualmente es
la economía más grande de América Latina y acaba de convertirse en la sexta a
nivel mundial, tras superar a Gran Bretaña. Pero además de ostentar el primer
lugar en producción de café a nivel mundial, y de sus buenos números en
producción de carne y alimentos, el caso brasileño llama la atención desde hace
algunos años por sus sostenidos logros sociales en materia de reducción de la
pobreza y la marginalidad.
De acuerdo a los
datos del Instituto de Investigación en Economía Aplicada (IPEA, por sus siglas
en portugués), entre 2004 y 2009 hubo una mejoría económica que se tradujo en
que 26 millones de brasileños salieran de la pobreza. Y esto se enmarca en una
política de facilitar la generación de empleos y dinamizar el mercado laboral,
extender el alcance de la educación y buscar que los beneficios sociales
lleguen a los sectores más necesitados.
Algunos síntomas
de la disminución de la pobreza y la desigualdad son notables, como la
recuperación de la clase media brasileña, que en la medida en que ha ido
mejorando sus ingresos ha beneficiado a sectores que se encontraban en crisis,
como la industria editorial. Mientras la tirada de los periódicos está cayendo
en casi todo el mundo, en Brasil hay una tendencia contraria: un crecimiento
del 10% anual en la tirada de diarios y revistas, con una verdadera
proliferación de nuevas publicaciones. El secreto está en la clase media que se
había empobrecido y que ahora empieza a recuperar su capacidad de compra, con
lo que incrementa rápidamente el consumo.
Sin embargo,
considero que la verdadera apuesta brasileña es la que está haciendo en el
campo de la ciencia y la tecnología: en forma paulatina ha ido incrementando su
inversión estratégica en este sector, tal como hacen las naciones que han
conseguido resultados económicos auspiciosos en poco tiempo. Y aunque apenas
supera el 1% del PIB en inversión, esto lo pone a la vanguardia en América
Latina, pero todavía lejos de países como Finlandia o Corea del Sur. Brasil hoy
gradúa al 80% de los doctores en Latinoamérica, está aumentando la
productividad científica y sus universidades se posicionan entre las que más
publicaciones hacen. El país de los bandeirantes y del imperio hoy quiere ser
un centro de investigación en tecnología, y empresas como Google lo usan para
realizar estudios.
Si bien Brasil
posee una economía cerrada y proteccionista, que busca crecer al tiempo de
trabar el comercio y el crecimiento de sus vecinos, hoy está haciendo bien la
tarea en cuanto a la educación, la ciencia y la tecnología. Y ha dado en una de
las claves del futuro económico de una nación: invertir en los sectores
necesitados para mejorar las posibilidades de empleo y generación de riqueza.
Lo interesante
del modelo brasileño no son su visión expansionista ni sus estrategias de
dominio del mercado, sino su mirada al interior, hacia la gente, hacia sectores
empobrecidos que requieren apoyo. Como actor grande que es, sabemos que
seguramente seguirán los conflictos por la energía eléctrica, las trabas a los
productos, el proteccionismo y las medidas contra el comercio de países
pequeños como el Paraguay. Pero detrás de estos roces ya casi naturales se
oculta un desafío mayor: mejorar la capacidad de la gente, invertir en el
desarrollo tecnológico y hacer que nuestra economía frágil y primaria se vuelva
competitiva, tecnológica y posicionada en la economía del conocimiento.
El Paraguay no
debe quedar rezagado en el campo del conocimiento, porque el costo que pagará
será el de más pobreza, más desigualdad y más indefensión.