Reedito Ensayo de Octubre 1993, en 8 apartados
EL OBJETIVO: NOSOTROS MISMOS
Como un monólogo trunco, aderezado de millajes
inusitados, el chileno de hoy trota por las peatonales, en un impecable eludir
al prójimo, ese ser contiguo que atropella, que impone su paso también
acelerado, mientras las voces por sobre las cabezas se entremezclan para
anunciar la última "novedad de año para los regalones".
Apretujado en la escalerilla mecánica se va sumergiendo
en el moderno limbo de las urbes, asumiendo una introspección fetal, mientras
los espejos, las vidrieras, el veloz túnel de la muchedumbre, van delineando
su imagen reiteradamente, como insistiendo en ese escudriñar clandestino de
su íntimo microespacio.
Allí, acomodado en el recinto subterráneo, el hombre
de fin de siglo busca retomar sus sueños.
Entrar por su mirada a las inquietudes del ser humano
frente a su entorno, exige abandonar impostaciones doctrinarias, racionalidades
desgastadoras y simplistas. Se trata de adentrarnos en el alma colectiva,
yendo más allá de las formas, apuntando hacia la emotividad guardada que lleva
consigo los rasgos gruesos de una memoria oculta, doliente, simulada.
Es el osado intento que quisiéramos proponer como
aventura compartida.
Es la propuesta indagatoria que desplegará más
preguntas que respuestas. Es la invitación a recorrer con nuevo prisma estos
umbrales de fin de siglo, para beber el aliento cálido de la tierra, para
estrechar lazos con los más recónditos sentimientos, para proponer talvez una
suerte de catarsis, que nos permita mirarnos en el espejo sin bajar la vista.
LA NECESIDAD DE RECREAR UN SUEÑO
Llenos de errores, reiterativos en promesas que al
paso se olvidan, deudores morosos de afecto, convocados por un silencio
apretado que pugna por dar un brinco, nos ponemos a revisar lo propio y nos
proponemos ser optimistas en el juego. Tratando de reírnos de las gravedades
con que el formalismo viste los absurdos de la historia.
Sintiendo que aún somos capaces de recrear un sueño
y enarbolarlo a diestra y siniestra.
Para la aventura, proponemos la simpleza celeste que
sigue creciendo inocente por las calles y barrios de la patria. Los hijos
que siguen llegando en la antesala de un cambio de era.
Frente a ellos, todas las juiciosas reflexiones
sobre la vida, la reconciliación, la mentada modernidad, la inserción
internacional del país, la democracia, la participación social, todo al fin,
aterriza en ese hilado intangible del amor.
Allí quisiera posicionar esta reflexión. En esa construcción
sencilla de la libertad, de la educación sin palabras. Frente a los niños la
relación no funciona con el hemisferio de la razón o la lógica, se debe
recurrir a la magia, al vuelo, a la libre expresión de las sonrisas o las
rabietas.
En ese amurallado reducto de cada cual, en la
actuación franca que parte del saludo sencillo de buenos días y se clausura con
un minúsculo pero enorme beso de buenas noches; allí, en ese privado microespacio,
puede construirse el cimiento de una sociedad diferente.
Quisiéramos dejar un abanico de ideas en la mesa
redonda de todas las familias de Chile. Recuperar el tantas veces desmerecido
diálogo intrafamiliar, para afrontar como chilenos ese interés común
insoslayable -nuestros hijos, los suyos, los de todos - como expresión concreta
- de sucias narices y rodillas rasmilladas - de un objetivo humanista
integral, que nos permitirá un punto de partida necesario, en donde podamos
fortalecer las coincidencias.
Sabemos que es en esa tarea silenciosa de formar
personas, en donde a diario los adultos corremos todos los riesgos y donde
somos normalmente livianos en su consideración. El desapego afectivo, las
faltas de tiempo, la soledad encubada desde la guardería, son algunos de esos
hechos concatenados, que nos marcan posteriormente en la adultez.
En la idea-fuerza de profundizar la democracia y
sentar las bases de una convivencia basada en el respeto mutuo, que postula
como un sólido faro la civilidad, se pretende hacer de la democracia carne y
espíritu, con conductas coherentes en la comunidad, en el individuo, en el
hogar, en la familia. Es allí donde debiéramos indagar por las
raíces profundas del cambio.
Los contaminantes y amenazas del entorno familiar
son múltiples, y mucho se equivocarían quienes no alcanzaren a percibir la
importancia creciente de este espacio genuino para la conjugación real de los
valores que difunde el discurso.
Para alcanzar consecuencia entre el discurso y la
acción, es necesario repensar la Familia para el Cambio. Como soporte de lo
que busca ser una sociedad pluralista, con un estado democrático donde la convivencia
se fundamente en el respeto mutuo y los valores ancestrales del amor, de la
tolerancia, de los deberes junto con los derechos.