La recién concluida reunión del G-20 en Los Cabos, México, se mantuvo
fiel a las expectativas que había generado. En otras palabras, sus resultados
fueron tan magros como se esperaba. La enorme autonomía que brinda un sistema
multipolar a cada uno de sus miembros es siempre bienvenida por la mayoría de
los gobiernos, sin embrago, y sobre todo en tiempos críticos, esa autonomía
multipolar atenta contra la posibilidad de soluciones ejecutivas a problemas
graves. La posibilidad de desarrollar en la práctica el tan invocado concepto
de “gobernanza global” queda en entredicho cuando el sistema internacional
evoluciona a formas de polaridad como la que vivimos, dándose una interesante
paradoja: mientras más necesarias las instituciones y regímenes
internacionales, menos capaces son sostenerse y producir decisiones efectivas.
Con respecto a lo anterior, el 17 de noviembre de 2010, poco menos de
una semana después de la cumbre del G-20m en Seúl, Corea del Sur, decíamos:
“El lector avezado diría que la
existencia de un G-20 responde a la lógica de crecimiento aritmético (…) de
Estados (…). Ese lector estaría en lo correcto. Pero en temas de toma de
decisiones, donde cada voluntad cuenta, son los números absolutos, y no tanto
los relativos, los que verdaderamente importan. Sólo para ilustrar, las díadas
de negociación entre veinte individuos son 190, es decir, 190 diálogos distintos
que deben llegar a feliz término.”
Con las diferencias, aunque de forma, que comienzan a verse dentro de la
Unión Europea, que se presenta como unidad en el G-20, el número de diálogos se
incrementa, y con éste disminuye la posibilidad de acuerdos concretos.
Elinor Ostrom, la recientemente fallecida profesora de ciencia política la
Universidad de Indiana, y Premio Nobel de Economía en 2009, obtuvo sus laureles
proponiendo solución al llamado “dilema de los comunes”, es decir, al problema
derivado del hecho que muchos, en condición de iguales, compitan por la
maximización racional de sus beneficios a partir de recursos comunes. Las
soluciones clásicas de gobernanza económica habían sido la privatización o la
planificación centralizada, pero Ostrom propuso la propiedad local bajo el
principio de libre empresa. En su último artículo de opinión (“Verdes desde la
base”), pensado sobre todo para temas medioambientales, expuso dicha salida
para la otra cumbre, la de Rio+20.
Para temas financieros y de seguridad, que afectan y se ven afectados
por la crisis económica en el corto plazo, la propuesta Ostrom resulta inaplicable
en tanto los Estados se reservan materias como la defensa y la moneda. Ello nos
obliga a tomar el ejemplo de la laureada por con el Nobel y pensar
creativamente sobre las posibilidades de una gobernanza financiera, política y
militar en las inhóspitas condiciones de un ambiente multipolar.