La Unión de Naciones Suramericanas renovó su Secretaría General y vale
la pena tratar de brindar algunas observaciones que ayuden a decodificar la
complejidad política que afronta. Cumpliéndose uno de los puntos abiertos de la
tregua Santos-Chávez, María Emma Mejía traspasó la dirección de la Unasur a Alí
Rodríguez Araque. Mejía deja el cargo luego de medio periodo de funciones
asegurando que la Unasur es un mecanismo de integración y que está más sólida
que nunca. Nos resulta difícil coincidir con la representante colombiana porque
hemos dedicado esfuerzo académico en comprender a la Unasur, y en especial a su
Consejo de Defensa. Pero expliquemos brevemente por qué.
Los documentos y declaraciones que han venido dando forma a la Unasur
apuntan a describir a un órgano supranacional que asuma rasgos de régimen
internacional con la misión de establecer las bases para la gobernanza
regional, en especial para la gobernanza de la seguridad. Esta particular
inclinación le ha dado al CDS una preponderancia desde antes de la conformación
de su organismo madre. Eran ya conocidas las posiciones coincidentes de la
Venezuela de Chávez y el Brasil de Lula con respecto a la construcción de una
alianza del sur que fuese más allá de los acuerdos bilaterales o de las
altisonantes declaraciones tercermundistas de los tiempos de la Guerra Fría. En
Caracas se llegó a hablar hasta de una “Otan del sur”. Deducimos que el peso de
las fuerzas armadas en la formulación de política exterior brasileña, y la
formación militar de Chávez, permitieron esta coincidencia, pero además está el
hecho de que las potencias revolucionarias menores y las revisionistas mayores
suelen asociase en objetivos tácticos frente a los grandes poderes mundiales. Pero
no todo es coincidencia. Los acuerdos tácticos que le han dado vida a la Unasur
y a su CDS, son los mismos que los condenan, pues las grandes líneas
estratégicas en Suramérica apuntan en distintas direcciones. La potencia
fenicia de Chile es parcialmente imitada por Perú, y todo el arco andino del
Pacífico parece ver en esa dirección. Los miembros suramericanos de la Alba
siguen compartiendo políticas comunes, pero con una marcada autonomía cuya
pauta la marca Ecuador. Argentina y Venezuela, tan aparentemente cercanas a
Brasil, comprenden que la Unasur es el mecanismo de hegemonía suave de Brasilia,
y cooperan entre ellas para no caer, al menos no por completo ni tan rápido, en
la esfera de influencia del gigante del sur. Pero además, los EEUU y otras
potencias extrarregionales pujan por mantener sus espacios geoestratégicos,
mercados y acceso a las materias primas del continente, logrando parcelas
regionales de solidaridad.
Bajo las condiciones esbozadas resulta difícil creer que la Unasur sea
un sólido instrumento de integración. Por los momentos, la realidad, que es siempre
más transparente que el lenguaje diplomático, nos indica otra cosa.