Politics makes strange bedfellows, dicen los anglosajones. Antes de la Cumbre de Santa
Marta del 10 de agosto de 2010 no podía haber dúo más extraño que el que
formaron Juan Manuel Santos y Hugo Chávez. En aquella oportunidad calificamos
el resultado político de la reunión como una tregua, pues, decíamos:
"Las bases históricas y coyunturales de la rivalidad colombo-venezolana
salieron intactas de Santa Marta. Los temas de seguridad referidos a la
verificación internacional en territorio venezolano -para corroborar la
complacencia del gobierno con fuerzas subversivas colombianas- y el acuerdo
militar colombo-americano -presentado como una amenaza regional por la ALBA-,
fueron evadidos en procura de una tregua.
"Ambos gobiernos compraron tiempo, y formalmente la Casa de Nariño obtuvo en
el balance mejores condiciones en la transacción. Lo que nos indica que el
próximo episodio de confrontación estará probablemente asociado al interés de
Chávez por hacer que el precio que pagó Santos se eleve." (Balance de Santa Marta).
Siendo una tregua, su
resistencia debería asociarse a los factores de conveniencia, es decir, a los
intereses convergentes que permitieron desplazar las marcadas diferencias entre
ambos gobiernos. Si aceptamos como buena la explicación que dábamos a una
semana del evento, es posible que el tiempo que ambos compraron haya expirado.
¿Significa esto que la confrontación Santos-Chávez es inevitable e inminente?
No necesariamente, pero sí que cada nueva ronda diplomática para prorrogar la
tregua se hace más costosa, sobre todo para el colombiano.
El incremento reciente
de acciones violentas por parte de las FARC; el admitir públicamente por parte
del gobierno colombiano que hay campamentos insurgentes en territorio
venezolano; el calor de una sui generis
campaña electoral en Venezuela (con una candidato-presidente que cada vez
parece menos apto para afrontar el ritmo que impone la vida pública, y mucho
menos la conducción de la “revolución”); y con el ex presidente Álvaro Uribe
señalando lo obviamente incómodo (e inconveniente) de la relación con la
Venezuela de Chávez, la tregua parece estar siendo socavada a una velocidad que
sólo puede ser comparada con aquella vertiginosa voluntad con la que se acordó
en una sala privada en San Pedro Alejandrino.
En estrategia la
intensidad y el tiempo son factores claves para entender la dinámica de la
dialéctica de voluntades, pero, ¿cuál actor puede aplicar mayor intensidad para
mantener el statu quo sin desmejorar sus intereses? Santos se encuentra en la
incómoda situación de admitir que la “Paz Democrática” de Uribe (que el mismo
Santos hizo operativa como ministro de defensa) resulta más cónsona con los
tiempos que corren, que su propuesta de “Prosperidad Democrática”, bandera de
su primer día de gobierno. La aplicación de mayor intensidad militar, contra la
insurgencia, y de mayor intensidad diplomática, contra el gobierno venezolano,
es la vía necesaria, pero que supone retractarse, con lo cual el gabinete de
Nariño ya debería tener armado el discurso en el caso que la doble aplicación
de intensidad militar y diplomática rompa la resistencia de la tregua. Del lado
venezolano, el gobierno se encuentra en la situación más precaria que haya
vivido en al menos 10 años. Con una campaña electoral hecha a través de
vicarios sin habilidades para el discurso ni carisma, el enfermo comandante y
sus altos cuadros se encuentran, paradójicamente, en la situación ideal para
quebrar la tregua y enrarecer el ambiente a efectos de neutralizar la campaña
opositora. No sería la primera vez (¿será la última?) que Chávez explota el
nacionalismo anti-colombiano en una coyuntura electoral.
¿Y quién tiene el
tiempo de su lado? De entrada parece que el tercer actor, Uribe, goza de
mejores ventajas de tiempo en este juego. Pero si nos enfocamos en los jefes de
Estado en ejercicio, debemos descartar que el tiempo esté del lado de Chávez,
no sólo por la información extra-oficial que todos conocemos sobre su estado
físico, sino porque acciones como adelantar la elecciones o proponer
informalmente la posibilidad de un referéndum, indican que el margen de
maniobra temporal es limitado. Santos quizá no cuente con el tiempo de Uribe,
pero su margen no es tan estrecho como el de Chávez. Su gobierno tiene aún
oportunidad de definir y ejecutar una política que le permita mantener una
precaria tregua exterior, mientras incrementa la lucha interna por restablecer
el orden y hacer valer la indudable debilidad estratégica de las FARC (aunque
tácticamente se den el lujo de actuar incluso en Bogotá). Su tarea más difícil
será tratar de desvincular públicamente las relaciones Chávez-FARC, pero
mantener la presión diplomática, hasta donde la prudencia lo permita, hacia
Miraflores, que posiblemente se haga más renuente.
En suma, las
posibilidades de que la tregua resista existen, pero este juego de decisión
interdependiente no ofrece garantías, y si la misma persiste ya no será en las
condiciones que se forjaron en Santa Marta. La tregua ya está mutando.