La generación que no quiere tener hijos: ¿libertad o síntoma de decadencia?
Sociología | 08/04/2026

Economía, filosofía y el silencioso repliegue de la civilización contemporánea

Por Lic. Mtro. Ramón Cortés Vargas


Hay decisiones que cambian la historia sin hacer ruido. No provocan crisis visibles ni estallan en titulares urgentes, pero transforman el destino de las sociedades de forma irreversible. La decisión de una generación de no tener hijos pertenece a esa categoría. No es un fenómeno pasajero ni una simple preferencia privada: es, quizá, el indicio más claro de que algo profundo se ha quebrado en el modo en que entendemos la vida, el futuro y nuestra propia continuidad. No estamos simplemente ante una disminución de nacimientos. Estamos ante algo más inquietante: una civilización que comienza, lentamente, a retirarse de sí misma.


Una decisión inédita

Por primera vez en la historia, amplios sectores de la población joven no solo postergan la paternidad, sino que la descartan de manera consciente. No por imposición, ni por limitación biológica, sino por elección.

En países como España, esta tendencia ha dejado de ser marginal. La fecundidad se sitúa en niveles cercanos a 1.10 hijos por mujer, muy por debajo del reemplazo generacional. Europa, en su conjunto, sigue la misma trayectoria. Pero los datos, por sí solos, no explican el fenómeno; la pregunta decisiva es otra: ¿Por qué una sociedad decide no continuar?


Cuando el futuro deja de ser una promesa

Durante siglos, tener hijos no requería justificación. Era parte del curso natural de la vida. Los hijos representaban continuidad, sustento y, en muchos casos, una dimensión trascendente de la existencia. Hoy, en cambio, la lógica se ha invertido: la paternidad ha dejado de ser un supuesto y se ha convertido en una decisión que debe ser cuidadosamente evaluada.

El alto costo de la vida, la precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda y la compleja conciliación entre trabajo y familia han modificado profundamente esta ecuación. Tener hijos ya no se percibe como una extensión natural de la vida, sino como un proyecto exigente, incierto y, en ocasiones, inviable. Pero reducir este cambio a factores económicos sería insuficiente.


La raíz invisible

El problema no es solo que tener hijos sea difícil. El problema es que, para muchos, ya no parece necesario. La modernidad colocó al individuo en el centro. Immanuel Kant defendió la autonomía moral como principio rector, liberando al ser humano de mandatos tradicionales. Sin embargo, esa emancipación derivó en una consecuencia más profunda: cada individuo comenzó a decidir no solo cómo vivir, sino si la vida merece ser proyectada más allá de sí mismo.

En este nuevo marco, la paternidad deja de ser un deber implícito y se convierte en una opción entre muchas. Y, en no pocos casos, en una opción prescindible.


Entre el rechazo del sufrimiento y la pérdida de la voluntad

Algunos pensadores anticiparon, sin saberlo, esta encrucijada. Arthur Schopenhauer describía la existencia como un tránsito entre el dolor y el tedio; bajo esa lógica, traer hijos al mundo puede interpretarse como una forma de prolongar el sufrimiento. No resulta extraño que hoy existan corrientes que consideran la no procreación como una decisión ética.

Pero existe otra lectura, más inquietante. Friedrich Nietzsche advirtió sobre el avance del nihilismo: una época en la que los valores pierden su fuerza y la vida deja de afirmarse con convicción; desde esta perspectiva, la caída de la natalidad podría no ser solo una decisión racional, sino el reflejo de algo más profundo: una disminución de la voluntad de continuar.


Una sociedad que se repliega

Las consecuencias de esta tendencia van mucho más allá de lo individual, una sociedad que envejece:

  • reduce su capacidad productiva,
  • tensiona sus sistemas de protección social,
  • pierde dinamismo cultural,
  • y depende cada vez más de factores externos para sostenerse.

Pero más allá de lo económico, existe una dimensión simbólica que no puede ignorarse, una sociedad que deja de reproducirse deja también de pensarse como proyecto histórico.

Lo que se ha perdido

Durante siglos, la vida humana no se concebía como un episodio aislado, sino como parte de una continuidad. La tradición lo expresaba con claridad en la Biblia: “Fructificad y multiplicaos…” Más allá de su carácter religioso, esta idea contenía una intuición fundamental: La vida adquiere sentido cuando trasciende al individuo. Hoy, esa noción ha sido sustituida por una lógica distinta: vivir el presente con la mayor libertad posible, evitando compromisos irreversibles, pero esa libertad, llevada al extremo, puede vaciar de sentido aquello que exige permanencia.


¿Hay salida?

Revertir esta tendencia no es imposible, pero tampoco sencillo. No bastan incentivos económicos aislados ni políticas superficiales. El problema es más profundo: es cultural, filosófico y estructural; su reversión implica enunciativamente:

  • reconstruir condiciones materiales dignas para formar una familia,
  • revalorizar los vínculos duraderos,
  • y replantear el proyecto de vida más allá del individuo.

No se trata de regresar al pasado, sino de construir una nueva síntesis: una libertad que no renuncie a la continuidad.


La pregunta final

La crisis de la natalidad no es solo un fenómeno demográfico. Es, en el fondo, una pregunta abierta, incómoda y profundamente humana: ¿quiere la civilización contemporánea seguir existiendo?

Porque, si la respuesta es negativa, aunque no se formule explícitamente, no hará falta ninguna catástrofe natural o artificial para explicarla; bastará con algo mucho más simple: lo que ya está sucediendo: dejar de nacer; renunciar a la descendencia, a la continuidad personal, familiar, nacional; y aceptar como consecuencia el fin de la civilización, al menos como la conocemos. El futuro, como siempre, será sorprendente.


Hasta la próxima

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