Suicidio encubierto
Psicología | 13/10/2021
Existen diferentes maneras de suicidarse y algunas de ellas son encubiertas, ni aún el paciente está conciente de ello, son actos llevados acabo cuando el paciente no ve sentido a la vida, y cuando su única salida para aliviar su sufrimiento es el morir, sin embargo, estás acciones que realiza, van dirigidas a la autodestrucción, por ejemplo el diabéticos que consume dulce, el paciente pancreático que no deja los encurtidos, la persona que se niega a comer por estética, el conducir de manera temeraria, el alcohólico que llega hasta la inconsciencia,  el transitar por lugares peligrosos, las personas con anorexia y por supuesto el que no usa mascarilla en una pandemia. Todas estas personas son suicidas. A continuación voy a describir las diferentes formas solapadas del suicidio.

Se denominan fenómenos paranucleares del suicidio
(Rojas, 1978) o, simplemente, conductas parasuicidas
los comportamientos autodestructivos que se asemejan al 
suicidio y que conviene diferenciar, en base a su fenomenología y mecanismo motivacional, de la conducta suicida
propiamente dicha. Se define el parasuicidio como “un 
acto sin resultado fatal mediante el cual, sin ayuda de otros, 
una persona se autolesiona o ingiere sustancias con la 
finalidad de conseguir cambios a través de las consecuencias actuales o esperadas sobre su estado físico” (Grupo 
de trabajo de la Guía de Práctica Clínica de Prevención y 
Tratamiento de la Conducta Suicida, 2012). 
El término parasuicidio está cayendo en desuso desde 
que, en 2013, la Academia Americana de Psiquiatría lo 
sustituyera en el DSM-5 por el de autolesión no suicida
(Non Suicidal Self Injury, NSSI) al proponer el “trastorno 
de autolesión no suicida”, una categoría diagnóstica todavía en estudio (APA, 2013).
Nock y Prinstein (2004) definieron las autolesiones 
como cualquier conducta intencional y autodirigida que 
causa destrucción inmediata de tejidos corporales. El 
DSM-5 define la autolesión no suicida como una conducta 
por medio de la que el sujeto se inflige intencionadamente 
lesiones en la superficie corporal del tipo que suelen producir sangrado, hematoma o dolor, con la expectativa de que 
la lesión sólo conllevará un daño físico leve o moderado. 
El espectro de conductas autolesivas es muy amplio: 
puede ir desde provocarse daños corporales (arañarse, 
pellizcarse, cortarse, quemarse, etc.), hasta cortarse una 
oreja al modo de Van Gogh. A las automutilaciones se les 
ha llamado también “suicidios parciales” (Rojas, 1978). El 
denominador común entre las autolesiones y de las automutilaciones sería el ataque al cuerpo y la corporalidad sin 
finalidad suicida.

Muchas veces los clínicos y los investigadores toman 
las autolesiones como conductas suicidas sin serlo. Desde 
un punto de vista fenomenológico, la conducta suicida y 
la autolesiva son justo lo contrario: quien desea suicidarse 
quiere salir de la vida y dejar de sentir, mientras que la 
persona que se autolesiona desea sentir (siquiera sea el 
dolor corporal) y permanecer en la vida. 
Aunque las autolesiones no son conductas suicidas, 
mantenidas en el tiempo, aumentan el riesgo suicida (Sánchez-Sánchez, 2018). Esto se puede explicar en base a la 
teoría interpersonal del comportamiento suicida de Joiner 
(Joiner, 2005; Van Orden, Witte, Cukrowicz, Braithwaite, 
Selby y Joiner, 2010). Según este autor, la exposición a experiencias dolorosas y repetición de conductas autolesivas 
estaría en el camino de producir una habituación al dolor 
y desensibilización al miedo a la muerte, lo cual sería para 
este autor una condición necesaria para poder adquirir la 
capacidad de suicidarse, más allá de que se quiera o no. 
Desde esta teoría, todo lo que provoca un aumento del 
umbral al dolor corporal puede favorecer la adquisición 
de la letalidad necesaria para el suicidio.
Las automutilaciones
En las automutilaciones el mecanismo motivacional es 
más instrumental: véase conseguir una incapacidad laboral 
o librarse de una situación-límite (Sirit-Urbina, Fernández-D´Pool y Lubo-Palma, 2002). En la historia reciente 
de la minería se dieron casos de amputación de dedos de la 
mano mediante un hachazo. Esto se hacía como una manera 
de huir del pánico de unas condiciones infaustas de trabajo y 
donde la siniestralidad era la norma. En otras ocasiones las 
autolesiones se manifiestan como un fenómeno en cortocircuito en pacientes que sufren epilepsia (Rojas, 1978).
Suicidios encubiertos y equivalentes suicidas
De gran importancia social y psicológica son los llamados suicidios encubiertos y los equivalentes suicidas. 
Suicidios encubiertos
Se haba de suicidios encubiertos en referencia a accidentes de tráfico inexplicables (autocidios) y a las muertes 
por intoxicación o sobredosis, donde la “autopsia psicoló-
gica” (Martin-Fumado y Gómez-Durán, 2017) o el examen 
forense llevan a considerar la posibilidad de un suicidio. 
Ante una muerte por sobredosis, no es fácil saber si la 
persona se ha querido suicidar, o ha sobrepasado accidentalmente la dosis de sustancia con la que quería evadirse 
de la realidad; piénsese, por ejemplo, en las muertes de las 
actrices Romy Schneider y Marilyn Monroe. 
En los autocidios, se simula un accidente de tráfico 
como una manera de salvaguardar la estima familiar frente 
al estigma social. Se estima que el 5% de los accidentes 
de tráfico pueden deberse a una motivación suicida y en 
EEUU podrían llegar al 15% (Abramson, Alloy, Hogan et 
al., 2000). 
Por tanto, ni todos los suicidios registrados son suicidios 
auténticos, ni se registran como suicidios todas las muertes 
resultantes de intención suicida. 
Conviene también diferenciar el suicidio encubierto
de aquellos otros casos donde las personas se exponen a 
riesgos temerarios, pero en quienes prevalece el propósito 
de dominio o reafirmación del yo por encima de la búsqueda de la muerte. Rendueles los llama órdagos de suicidio
(2018). Se ve normalmente en jóvenes que juegan a la ruleta 
rusa, que compiten en carreras de coches o que muestran 
sus habilidades físicas en cornisas de rascacielos. ¿Se juega 
aquí con la muerte como una manera de calmar los impulsos 
agresivos y suicidas? El estilo de vida del escritor norteamericano Ernest Hemingway, buscando y exponiéndose a 
peligros continuamente (participación en guerras, asistencia 
a cacerías de animales feroces, viajes en avión en malas 
condiciones, etc.), representaría la caricatura de esta figura 
temeraria (Baker, 1974; Martin, 2006; Yalom y Yalom, 
1971). Desde luego, los límites del suicidio encubierto son 
difusos. Se requiere una autopsia psicológica antes de sacar 
conclusiones.
Equivalentes suicidas
Se llaman equivalentes suicidas (Castilla del Pino, 
2013) o suicidios lentos, indirectos, crónicos, sociales o parciales (Rojas, 1978), a las siguientes modalidades clínicas: 
a) Por un lado estaría el proceso de degradación o abandono 
personal que tiene lugar en las adicciones y en particular en la intoxicación alcohólica crónica. La ingesta 
masiva de alcohol tiene, a juicio de Castilla del Pino, 
dos significados motivacionales: (1) silencia el conflicto 
y se eluden los efectos de una concienciación de la situación y, por otra parte, (2) los efectos euforizantes de 
la droga seudoafirman la estima de la persona (Castilla 
del Pino, 2013). De acuerdo con este autor, el consumo 
de alcohol puede desempeñar un papel protector de la 
caída en depresión, gracias al cual los conflictos internos 
pueden ser mejor tolerados. Hay evidencia clínica que 
apunta a que, cuando se consigue la deshabituación del 
alcohol o cuando se suspende bruscamente su consumo, 
sobre todo si se lleva muchos años, aflora en muchos 
casos un proceso depresivo subyacente. Dentro de 
esta situación depresiva, si el sufrimiento emocional 
es muy alto (véase una vivencia de culpa y agresividad 
importantes) y la inhibición no está muy marcada, se 
puede ejecutar en un corto espacio de tiempo un intento 
de suicidio. 
b) Otra modalidad de equivalente suicida sería la anorexia. Desde nuestro punto de vista se consiguen tres 

cosas simultáneas mediante la decisión anoréxica: (1) 
se desplaza al campo del cuerpo un conflicto existencial que se evita, a saber: construir una identidad y 
un proyecto biográfico, (2) se consigue una imagen 
delgada socialmente valorada y (3) se externaliza una 
acusación o agresión al otro que se vive como causa de 
su fracaso existencial con lo que se consigue además 
cierta evitación de la propia responsabilidad. 
Pseudosuicidios
Interesa señalar otras conductas que tienen como resultado final la muerte, pero donde los indicios o evidencias 
apuntan más a que el sujeto no tenía una intención suicida, 
que a que sí la tuviera. Abarcarían aquellos casos donde las 
capacidades volitivas y cognoscitivas están afectadas, como 
sucede muchas veces en las defenestraciones de las personas 
con diagnóstico de esquizofrenia o en estados confusionales. 
El DSM-5 propone como diagnóstico que necesita más estudio el “trastorno de comportamiento suicida”. Los criterios 
D y E especifican que el acto no se inició durante un delirio 
o un estado de confusión y que el acto no se llevó a cabo 
únicamente con un fin político o religioso, respectivamente 
(APA, 2013). Es decir, se descartan las causas médicas y las 
motivaciones sociales

Suicidio abortado
Barber, Marzuk, Leon y Portera (1998) introdujeron 
el concepto de suicidio abortado, que se entiende como 
un paso previo al intento en el que no se llega a llevar a 
cabo la conducta y por tanto no se producen daños físicos. 
La conducta estaría caracterizada por un comportamiento 
potencialmente autodestructivo, con el cual el individuo, 
implícita o explícitamente, desea quitarse la vida, aunque en 
el último momento no lleva a cabo el plan. La importancia 
del suicidio abortado radicaría en su capacidad para alertar y 
en la posibilidad de actuar sobre el riesgo de futuros intentos 
de suicidio y de suicidio consumado.
Suicidio racional
Por otro lado, estaría el suicidio racional (Richman, 
1992; Siegel, 1986). Se refiere a cuando se constata en el 
sujeto una visión realista de una situación límite, cuando los 
procesos mentales que han llevado al sujeto a la decisión 
final de suicidarse no se han visto influidos por trastornos 
psicológicos, así como cuando el motivo del suicidio resulta 
comprensible biográficamente para observadores imparciales del mismo grupo social. Otros autores hablan de suicidio 
por balance existencial: una persona, a cierta altura de su 
vida, hace un análisis sobre los resultados de su existencia 
en ese momento concreto (Rojas, 1978). A nuestro juicio, 
sería muy similar al suicidio racional. 
El suicido racional suele darse principalmente en personas mayores que sufren una enfermedad irreversible, sin calidad de vida y donde la proyección de futuro aparece como 
algo negativo y sin esperanza. Se menciona como ejemplo 
prototípico de suicidio racional el de un paciente con cáncer 
irreversible acompañado de un grave deterioro de la calidad 
de vida. Esta situación parece haber sido la motivación del 
suicidio del actor Robin Williams o del escrito de eutanasia 
del poeta Juan Goytisolo. Este tipo de situaciones son las que 
se pretenden legislar mediante el derecho a la eutanasia y al 
suicidio asistido. Como dice la Proposición de Ley Orgánica 
sobre la eutanasia, Título II, artículo 4.3 (Congreso de los 
Diputados, 2017, pág. 6), “La persona ha de encontrarse en 
la fase terminal de una enfermedad o padecer sufrimientos 
físicos o psíquicos intolerables”. No se aclara la cuestión 
de quién decide y cómo lo que es tolerable o intolerable; 
por tanto, son pertinentes dos consideraciones en torno al 
suicidio asistido: peligros y fundamentos.


Suicidio pasivo 
Aquí la persona decide abandonarse a morir. El paciente 
con infarto abandona el estilo de vida adecuado, el diabético 
deja de inyectarse la insulina, etc. Sería un suicidio lento 
como los equivalentes suicidas. Interesa incluir aquí el 
“martirio clínico” como forma pasiva y lenta de suicidio. 
Desde una visión psicoanalítica, el mártir -dice Menningerse siente maltratado o víctima de la crueldad de otros o de 
la circunstancia mientras persigue un ideal. A diferencia 
del asceta, el mártir se autoengaña respecto hasta qué punto 
es uno el responsable último de su propio sufrimiento. Su 
única satisfacción sería sentir la compasión de los demás, 
para lo cual puede llegar a someterse a situaciones lastimosas extremas (Menninger, 1965). Según este autor, tras 
el martirio y el ascetismo, se darían simultáneamente tres 
motivaciones psicológicas inconscientes, aparentemente 
similares a las del suicidio: (1) un deseo de auto-castigo 
por una culpa o incapacidad difícil de llevar, (2) un deseo 
vindicativo de castigo a los demás y (3) un deseo de satisfacción erótica (Meninnger, 1956). Otros autores añadirían 
a ese listado de motivaciones inconscientes la satisfacción 
de una necesidad narcisista (Linares, 2020, en prensa). 

Homicidio-suicidio
Finalmente habría que hablar del grupo de asesinos-suicidas: se refiere a personas sin psicopatología ninguna que 
cometen homicidio antes de suicidarse. En nuestros días, 
este grupo se refleja en la violencia machista. Sería difícil 
responder aquí a la pregunta de si el acto suicida tras el 
homicidio es planificado o no. 
Suicidio catártico
Para terminar, interesa el fenómeno de los efectos catárticos asociados al intento suicida. Aquí la persona queda 
como inmunizada contra posibles nuevos deseos o impulsos 
suicidas (Rojas, 1978). En nuestra experiencia clínica no 
hemos encontrado este fenómeno si bien admitimos que la 
ausencia de evidencia no significa evidencia de ausencia.

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