Educación,
debate y margen de maniobra
El Gobierno, la Oposición y el Movimiento Social, tres patas de una mesa que debe mantener
equilibrios, en aras de avanzar en una mejora cualitativa de la Educación, para
el corto y mediano plazo. El punto clave para que esto prospere es que exista voluntad de ceder para lograr
un acuerdo de enlace, resignando en parte las
pretensiones de cambios sustantivos, los que, de todas maneras, deberían alcanzarse por la vía de nuevas
mayorías democráticas que ganen el poder del Gobierno para aplicarlos.
Una negociación por principios es de difícil
solución, ya que las posiciones se centran en las convicciones, creencias,
ideario, visiones de cada parte, lo cual hace muy difícil arribar a un acuerdo.
Las posiciones fundamentalistas son de imposición y son la negación misma de la
voluntad negociadora.
Una
negociación política se basa en el arte de lo posible, con criterios realistas
que signifiquen ceder en las posiciones, construyendo opciones alternativas que,
sin dejar plenamente satisfecho a nadie, tiene de positivo el hecho de fijar
compromisos que generan un nuevo escenario para la convivencia.
Para
pasar de una negociación ideologizada a una negociación política efectiva, es
preciso deponer declaraciones descalificadoras de la contraparte y construir en
el lenguaje verbos en modo potencial que permitan y cruzando opciones y probando
fórmulas de acercamiento. La fuerza negociadora que se ejerza estará en la
capacidad movilizadora del movimiento social, lo que no significa
necesariamente proseguir en paro, y su
peso político estará reflejado en la adhesión de la opinión pública reflejada
en las encuestas de opinión. En el Congreso los protagonistas serán los
parlamentarios y Ministros, también bajo la mirada crítica de la ciudadanía, quienes
tendrán que llegar a un acuerdo en el marco de un plazo fatal que por ley
existe para la aprobación del Presupuesto.
En lo medular de un
nuevo trato para la Educación, el punto es cuanto invertirá el Estado en el
sistema educacional desde los jardines infantiles hasta las Universidades
públicas y laicas, para asegurar un acceso gratuito de la mayor parte de los
sectores pobres y medios.
Incorporar en el proyecto criterios de equidad y de premio al mérito. Si se
llega a dar gratuidad al 70% del universo, cubriendo con gratuidad a los estratos medios y medios bajos, se habrá
alcanzado un triunfo sorprendente del movimiento estudiantil y el Gobierno
recuperará posiciones al diferenciarse de las decisiones políticas de su
antecesora que mandó a vía muerta el movimiento pingüino 2006. Es decir
estaremos en un escenario wi-win, donde ambas partes ganan en la medida de lo
posible.
En
cuanto al sistema de subvenciones de los colegios particulares y de las
universidades confesionales que aparecen como las “tradicionales”, el tema de
debate será sobre el término de esos aportes públicos, el mantenimiento total
de dichos subsidios o un término medio que signifique el repliegue escalonado
del Estado y un sinceramiento de costos de ese sector mixto, aumentando también
la fiscalización de los sostenedores.
Estos
divagues de pizarrón son apenas una aproximación a la complejidad del debate de
fondo. Pero lo importante es que no se frustre el movimiento estudiantil, que
se consoliden los liderazgos jóvenes y que maduramente ellos se incorporen al sistema político para seguir
con sus principios y sus utopías construyendo país, en un marco democrático que
implica tolerancia y acuerdos.
Periodismo Independiente, 18 de octubre de 2011.