Hablar
del sentido del gusto, de su ontogenia, su fisionomía y sus alteraciones, es
tocar de forma tangencial uno de los temas que mayor auge ha tenido en los
últimos años, más que sin embargo, obedece a una pregunta presente desde
tiempos ancestrales; ¿cómo es qué el cerebro de los mamíferos interpreta la
información recopilada en la periferia y de esta forma genera un panorama
interno del ambiente en el que estamos inmersos, dicho en otras palabras, cómo
somos capaces de saber que el café qué nos tomamos está muy caliente o que a la
sopa le falta sal?
Iniciemos
este recorrido por plantear algunas cuestiones básicas, en los mamíferos está
ampliamente aceptado que la percepción del mundo que nos rodea, es el producto
de la integración de la información que recibe el cerebro y para ello se han
desarrollado a través de la evolución los diversos sistemas sensoriales; vista,
oído, tacto, olfato y gusto. Podemos comentar que en función del tipo de
estímulo que se percibe podemos clasificar a los sentidos en físicos; vista,
tacto y oído. Mientras que en los sentidos químicos encontramos al olfato y el
gusto.
Concretamente
el sabor de un alimento que ingerimos, está dado en forma final, por el trabajo
en conjunto de varios sistemas sensoriales, la vista al determinar si el
alimento elegido es agradable, el tacto el cual se encarga de percibir la
temperatura, textura y astringencia, de forma complementaría el olfato detecta
las moléculas odorantes desprendidas durante la masticación y el sentido gustativo
el cual detecta las moléculas sápidas presentes en el alimento, toda esta
información es enviada por las fibras nerviosas aferentes, hacia la médula espinal y de allí es redirigida hacia zonas cerebrales específicas, en las
cuales la información es procesada y de esta manera se toma conciencia del
sabor de nuestros alimentos. Cuando esta red es dañada las repercusiones para
la salud son evidentes, pero en el caso del sistema gustativo, esta
repercusiones tienden a ser mayores, por el papel primordial que tiene el gusto
en el mantenimiento del estatus de salud.
El
sistema gustativo es altamente plástico, es decir, tiene una capacidad de
adaptación y regeneración mayor que otros sistemas sensoriales, actualmente se
sabe que las células gustativas están en constante recambio y su promedio de
vida varía entre las diversas especies, en los roedores comprende entre 7 y 10
días, mientras que en el humano es de aproximadamente 14 días.
Una
de las cuestiones más ampliamente discutidas es la existencia de las zonas de
detección gustativa en la lengua, es decir, ese paradigma que mencionaba que en
la parte apical de la lengua, es donde se censa el gusto dulce, el amargo es
percibido por la parte posterior, sin embargo, investigaciones de diversos
grupos han mostrado que aunque existen zonas de detección preferencial en la
lengua, se puede percibir la totalidad de los sabores en toda la superficie
lingual.