Desde la educación
básica nos han enseñado que existen al menos cinco sentidos sensoriales, los
cuales trabajan en conjunto enviando la información percibida en el medio
ambiente, hacia el cerebro, donde se procesa y se interpreta, generando así una
representación del mundo que nos rodea. Uno de estos sentidos es el gusto, el
cual se encarga de percibir las cualidades gustativas que presentan los
alimentos y los líquidos que constantemente son ingeridos.
Pues bien nuestro
sistema gustativo es capaz de identificar alimentos ricos en energía, así como
sustancias potencialmente tóxicas, esta maravilla de la evolución es sumamente
plástica, es decir, presenta una gran adaptabilidad a los estímulos que recibe,
así como, una alta tasa de recambio celular.
Específicamente se
denomina modalidad gustativa al estímulo que se recibe en las células
gustativas, puesto que el sabor cómo tal de un alimento es el resultado de la
integración, en la corteza cerebral, de la información percibida por el sentido
del olfato, tacto y gusto. Así pues tenemos que en la escuela nos enseñaban que
existen 4 modalidades gustativas: el salado, que participa en la regulación del
estado de hidratación del organismo. El dulce, el cual ayuda a identificar
alimentos ricos en energía con alto contenido en carbohidratos. El ácido, el
cual regula el equilibro ácido-base del cuerpo y conjuntamente con el amargo se
encargan de identificar sustancias potencialmente tóxicas, recordemos que en la
naturaleza muchas de las toxinas y venenos presentar un carácter ácido y/o
amargo.
Posteriormente en la
década de los 70 se logró identificar otra modalidad, el umami, que es la
modalidad característica de las proteínas y lógicamente participa en la
regulación del estado nutricional de organismo, si te preguntas ¿a qué sabrá el
umami? Solo tienes que recordar el sabor característico de los concentrados de
consomé de pollo o de las sopas instantáneas, esta es la modalidad umami.
En la pasada década se
han realizado trabajos importantes para establecer una nueva modalidad
gustativa, el ácido graso o la grasa. Resulta lógico pensar a estas alturas de
la investigación que era obvio que existiera una modalidad especial para los
ácidos grasos, si de entrada conocemos que la grasa nos brinda una mayor
cantidad de energía que cualquier otro alimento, así como un alimento rico en
grasa es mucho más apetitoso que un alimento bajo en grasa, sino me crees
imagina ahora unos ricos tacos de carne asada y un brócoli cocido al vapor,
¿qué se te antoja más? Pero bien regresando al tema, te comentaba que era obvio
pensar en un gusto especial para la grasa.
No se investigo en un
principio por razones muy evidentes; durante los inicios de la investigación de
las modalidades gustativas, los objetivos se centraban en la comunicación entre
las papilas gustativas y la corteza cerebral, así como en los posibles daños
que puede sufrir este circuito. Toda esta investigación es realizada en
roedores principalmente, en los cuales la alimentación es controlada y en
general una rata o ratón, no consume altas cantidades de ácidos grasos en su
dieta y por lo tanto no ha desarrollado plenamente los mecanismos de
transducción de esta modalidad.
Con el paso de los
años y la creciente incidencia a nivel mundial de la obesidad, que va de la
mano con dietas con alto contenido de ácidos grasos (actualmente se conoce que
una dieta occidental puede contener hasta un 40% de grasa, mientras la
recomendación es que sea menor al 10%), se presento la necesidad de estudiar si
los ácidos grasos, tienen una vía específica para ser reconocidos.
Pues los resultados
hasta el momento son bastante numerosos, pero se conoce que el gusto por la
grasa es inducible, puesto que al mantener a ratones y ratas en un régimen de
alimentación de libre elección, un alimento rico en grasa y el otro normal, prefieren
espontáneamente el alimento rico en ácidos grasos, al ser mantenido el esquema,
los roedores continúan prefiriendo el alimento rico en grasa y a la larga
desarrollan obesidad, recordemos que ratas y ratones obesos, tienen una
incidencia natural menor a 1:100 000 individuos, pues estos roedores
desarrollan obesidad, con las complicaciones que ya todos conocemos.
De forma paralela se
ha logrado identificar los posibles receptores para los lípidos, los cuales
dependen del tipo de lípido que se trate, en el caso de los ácidos grasos de
cadena larga el receptor activado es el CD36 y en el caso de los ácidos grasos poliinsaturados son capaces de inhibir canales iónicos de potasio, produciendo
así la despolarización de la célula gustativa y el inicio de la transducción de
la señal. Apoyando el mecanismo de gustación a nivel periférico, se han
presentado evidencias funcionales, mediante el empleo de tomografías de la
corteza cerebral, en la cual al ser ingerido un alimento rico en grasa, se
activan zonas específicas, las cuales se encuentran en la zona correspondiente
a la corteza gustativa. Así como se ha puesto de manifiesto la presencia de la
enzima lipasa en la saliva, su isoforma más conocida se sintetiza en el
páncreas y es secretada cuando se consume alimentos, su acción lleva como
objetivo degradar lípidos de gran tamaño, liberando ácidos grasos, pues en la
saliva tiene exactamente la misma función y se piensa que gracias a esta enzima
se liberan los lípidos que activan a los receptores.