Federalismo o Centralismo
Política Nacional | 04/12/2012

El verdadero  origen del Régimen Federal mexicano no es un pacto, sino un conflicto: no surgió como la voluntad manifiesta por estados independientes para integrarse en una federación que les traería beneficios comunes de largo plazo, sino una escalada de inconformidades regionales ante el obsesivo predomino del centro. Fue un arreglo inseguro, además porque no todos los integrantes iniciales de la federación contaban con el mismo peso político, y porque ese arreglo hubo de incluir también a los poderosos aparatos militares y eclesiásticos que controlaban la vida nacional desde la capital del nuevo país independiente. Así, los ensayos constitucionales que se sucedieron hasta la promulgación de la Carta Magna de 1824 propusieron el federalismo como la solución indispensable al abierto conflicto entre las regiones y el centro, pero siempre sobre la base del reconocimiento explícito a los poderes tradicionales que seguían gobernando a la nación.

Si los orígenes marcan,  el del federalismo mexicano quedó sellado como una lucha de intereses, ocultos bajo la apariencia de la cooperación entre los estados.

El federalismo en la práctica nacional mexicana que se emprendió hacia los años de la República restaurada, y  que se consolidó con el Porfiriato, tuvo que llevarse a cabo a costa de la Soberanía originalmente entregada a los estados de la Federación y de la autonomía que se le arrebató a los municipios. En nombre de las libertades protegidas por la Federación, se fue disminuyendo el contenido del Federalismo.  Y en el lugar que habría correspondido a los gobiernos de los estados y los municipios se construyeron nuevos aparatos políticos controlados desde los poderes centrales. Así, hacia fines del siglo decimonónico las fuerzas militares que lucharon a favor del liberalismo defendido por Juárez García, y que habría encontrado su origen en la Guardia Nacional dirigida por las entidades federativas, acabaron sometidas en la práctica por el Ejército Federal que se formó para aplacar los ánimos de los gobernadores insubordinados y de la pléyade de caudillos regionales y locales que desafiaban al centro.

Es así, que el Estado mexicano se consolidó bajo la apariencia de un régimen federal, en efecto, pero desprovisto de contenido. La Revolución de 1910 tampoco se ocupó del federalismo como tema fundamental, pues sus propósitos eran otros: surgió como un reclamo democrático y más tarde se convirtió en un movimiento que también buscaba la igualdad pero en ninguna de sus vertientes regionales de mayor influencia política, estaba el federalismo como tema primordial y nodal, y, sobre ellas se fueron asentando las grandes ideas nacionales, que a su vez exigían el control del gobierno para imponerse por toda la geografía nacional.

El resto de la historia es harto conocida: si los dos primeros tercios del siglo XIX se gobernaron por medio de los aparatos políticos que se habían heredado de la etapa colonial, hasta que fueron sustituídos por los que construyó el liberalismo gobernante de fines del siglo decimonónico y principios del siglo XX; el régimen de la Revolución lo suplió a su vez  mediante la implantación de un partido político nacional basado en una extensa red de alianzas regionales. El liberalismo defendió y se identificó con las ideas federales, pero a la postre creo un red que se sobrepuso a ellas para implantar un centralismo de facto.

Y si bien la Revolución hizo suya la defensa del Municipio Libre, sus verdaderas prioridades no estaban en el federalismo, sino en la construcción de un aparato alternativo capaz de darle cauce al orden diseñado desde la Presidencia de la República.

En esta tesitura, el país ha vivido desde el 2006 a la fecha un freno ostensible y notorio hacia la transición política que, animada por la competencia electoral desigual e inequitativa, atiza la hoguera de la desesperación partidista y la desesperanza social, política y económica.

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