Internet, la nueva plaza pública que
democratiza elitismos se ha vuelto el punto de encuentro del internacionalismo
proletario y el cosmopolitismo burgués. Con todo, esa abigarrada suma de
rebeldías enfrenta un desafío portentoso. Tiene las causas y la razón de su
lado pero ha de sortear los peligros que ello conlleva. Debe evitar las
cooptaciones sin dividirse, desatar la energía popular mientras se manifiesta
dentro de los anticlimáticos márgenes de la legalidad y del respeto, organizarse
democráticamente sin sucumbir a las tentaciones del asambleísmo.
La sociedad civil también necesita su
propia institucionalización para contrarrestar el “divide y vencerás”. En
nuestro país los cambios más significativos, trascendentales y de alto impacto
se han dado por medio de la movilización ciudadana. Porque si no nos atrevemos
a renacer como sociedad, sino emprendemos una revolución pacífica que funde una
nueva cultura de la legalidad y una nueva civilización, este país se ahogará
gradual, paulatina, pero sostenidamente en el estallido social o se disparará
lentamente en la neblina de la insustancialidad.
Quienes piensan que no es posible
contrarrestar la subcultura de la corrupción olvidan que la historia ha de ser
hélice y no ancla. Y quienes creen que basta seguir por el camino de los
retoques minimalistas y los remedos globales para salir adelante, quienes se
conforman con flotar y confunden prudencia con medianía, eluden el hecho de que
eso es precisamente lo que nos ha mantenido en el éter del subdesarrollo.