El desarrollo es imposible sin un “acuerdo en lo fundamental” como
lo llamaba Mariano Otero. La necesidad imperiosa de un consenso nacional
para el desarrollo, parte del reconocimiento de una realidad social y política
cuyos resultados electorales favorecieron (con ayuda de los árbitros
electorales) al PRI; esa es incontrovertible e irreversiblemente nuestra vasta
pluralidad real. Sin esta pluralidad no se podría hablar de consenso. Pero
quedó demostrado en la pasada jornada electoral, que nuestra pluralidad real no
es eficaz, productiva y eficiente para construir un proyecto de desarrollo con
estos atributos. Los modos de llamar a las cosas cambian con el tiempo. Esta
formulación, que tiene el merito de la brevedad y el perfil de un apotegma, es
un claro ejemplo: “el desarrollo consiste en la transformación de la
sociedad”.
El consenso nacional para el
proyecto de desarrollo requiere incluir para su formulación a una parte de la
sociedad civil; señaladamente, las organizaciones de productores agropecuarios,
la de los trabajadores asalariados, la de los estudiantes y la de los
empresarios.
Construir un consenso de ese
alcance en una sociedad del tamaño y complejidad de la mexicana es
extraordinariamente difícil, pero es preciso que el sistema de partidos asuma
que sin un proyecto nacional no habrá desarrollo y que, por lo tanto, el
proyecto de desarrollo keynesiano que preconizaba AMLO era concreto, directo y
sin ataduras de ninguna índole, era el proyecto anti neoliberal y pro
keynesiano, era un proyecto de desarrollo que demandaba justamente, vocación de
cambio y de consenso. Consenso no significa necesariamente unanimidad. En
ninguna sociedad democrática existe un consenso total sobre el desarrollo, pero
si es irrecusable un consenso básico, un acuerdo en lo fundamental, capaz de
conferir dirección real y amplios objetivos de bienestar, compartidos por la
mayoría.
En definitiva el Consenso de Washington no es un proyecto de desarrollo; es más bien
una serie de dictados macroeconómicos para las naciones de América Latina
consensuado en la década de los noventa por el Banco Mundial, el Fondo
Monetario Internacional y la Reserva Federal con sede en Washington D.C.
consistente en una serie de medida tales como la disciplina presupuestaria,
cambios en las prioridades del gasto público, reforma fiscal, liberalización
comercial, privatizaciones; dicho de otro modo, asumir a pie juntillas los
preceptos de la doctrina neoliberal.
De tal manera, pues, que la base, el cimiento de nuestro consenso nacional para el desarrollo, estriba en una reforma política que redistribuya el poder, a modo de crear las tensiones necesarias que se conviertan en un estímulo ineludible para la innovación y la creatividad, sin olvidar, desde luego, que el corazón y el cerebro de este proceso radica esencialmente en una revolución educativa.