Pandillas ¿En qué hemos fallado?
Es un hecho preocupante. Lo sentí hoy cuando vi colgar de los cables eléctricos
de un barrio de la ciudad, una serie de zapatillas y pregunté qué significaba,
qué querían comunicar esas señales. Y los vecinos, conversando desde sus patios,
tras enrejadas que tratan de generar seguridad en sus hogares, me manifestaron
que eran las señales territoriales de pandillas de púberes que han ocupado las
calles en esos barrios y con sus propios códigos se relacionan con los
microtraficantes que les proveen los porros y les piden lealtades, como ser
vigías y dar alertas cuando vean algún vehículo extraño entrar al barrio.
Una institucionalidad soterrada generada por las pandillas y por sus
sostenedores, los narcos, que han ido posicionándose en las barriadas con ese
estilo dual, donde se mezcla generosidad y terror, al unísono. Las casas
decentes se cierran en sí mismas, temiendo el matonaje, temiendo una bala
perdida o una emboscada a los suyos. La delincuencia avanza y las personas
honradas ven con impotencia cómo los delincuentes se van y vuelven a
terreno a los pocos días, más prepotentes y peligrosos al haber
constatado impunidad.
Desde los barrios, la lectura está
cruzada por el miedo y la violencia reactiva. Son muchas las personas que creen
que tener armas es una solución e ingresan si darse cuenta en la escalada de la
violencia. Otros se encierran o se mudan, dejando el territorio a sus nuevos
señores. En algunas comunidades se da el caso de asociatividad para recuperar
espacios públicos, fortaleciendo el plan cuadrante, generando acciones para
ocupar las plazas y rescatar esos lugares públicos de las patotas y de los
traficantes. El tema es que mucha gente sabe donde se vende droga, pero calla
atemorizada. Sienten que el brazo de las policías no tiene la capacidad para
protegerles y desconfían. Hay algunos que pregonan la falacia de eliminar las
mafias y su violencia despenalizando el consumo de marihuana y legalizando la
comercialización y consumo. Ilusa percepción que abriría puertas a la acción
más profunda de las mafias, que continuarían promoviendo el consumo de drogas
duras, de sicotrópicos más adictivos y destructivos, teniendo como mercado
natural el de los adictos y consumidores de marihuana que serían el objetivo
primero para ampliar el consumo. Abdicar de la obligación de Estado de proteger
a la población del tráfico y consumo de sustancias nocivas sería un retroceso que
no se debiera admitir. Por el contrario, en rigor se debieran erradicar de los
barrios las “botillerías de urgencia” que han sido autorizadas sin límite y sin
responsabilidad social, sabiendo que donde se instala una botillería aparece la
violencia, el decaimiento del barrio, la violencia asociada al alcoholismo.
Si se planteara programáticamente, en
forma seria, terminar con drogas lícitas e ilícitas, gran parte de la
ciudadanía aplaudiría, a excepción de los poderosos intereses ligados a la
distribución y consumo de bebidas alcohólicas, de cigarrillos, y sus redes de
comercialización.
Si se quisiera ir a causas profundas de la pérdida de calidad de vida en los
barrios, habría que apuntar, sin demagogias, a medidas de fondo, donde exista
un patrón ético que asegure una vida sana, con una juventud deportista, sana,
en vez de pandilleros adictos que parten con aspirar neoprén y terminan como
sicarios de carteles, alienados como zombis urbanos por la marihuana o la pasta
base, sin Dios ni ley, colgando sus señales de los cables eléctricos o
depredando con sus firmas grafiteras todo lo que suene a orden y esfuerzo.
Periodismo Independiente, 23 de septiembre de 2012.