CHILE: CON LA FUERZA DE LA RAZON Y LOS
PRINCIPIOS
Están aún frescas las heridas del sordo conflicto
que quebró el Alma de Chile. El Cardenal Raúl Silva Henríquez fue clarísimo al
marcar las cicatrices que han cruzado la Patria. Se estigmatizó como
"enemigos" a quienes pensaban diferente. Hubo mucho odio campeando
con los puños apretados y bocas calibradas por nuestra tierra, pero en medio de
todo hubo también nobles y solidarios gestos de quienes se jugaron la
integridad personal para ser consecuentes con sus principios.
Hay aún muy poca distancia desde esos crudos hechos
y aún no alcanzamos a plenitud la reconciliación. Han faltado gestos hidalgos
de reconocimiento de graves errores, ha habido reticencia a aceptar por parte
de victimarios, con virilidad el juicio histórico.
Apenas presentado el Informe Rettig, el asesinato
del Senador Jaime Guzmán, líder opositor, desvió prácticamente la atención
total de esta trascendental tarea cumplida por la Comisión Verdad y
Reconciliación.
Sin embargo, Chile no podrá olvidar jamás la nobleza
y dolor con que, desde el fondo del alma, el Presidente de la República, pidió
perdón a Chile por todas las víctimas que se produjeron durante el período
relevado, a partir del 11 de septiembre de 1973, hubiesen sido ellas civiles
o militares.
Hoy avanzamos por una etapa de madurez cívica, demostrando
al mundo la, talvez, más inteligente, suave e inédita transición desde un
régimen de facto - dictatorial en su primera etapa, autocrático y personalista
en la segunda - hacia un sistema democrático. Encaminando al país a un clima
de aceptación y concordia, con una recuperada democracia que, pese a sus
originales y premeditadas amarras, ha logrado, gradualmente, generar consensos
para una profundización real del pluralismo y la participación ciudadana.
Chile ha dado una lección al mundo, la cual nos
subraya una vez más, que el camino negociado es siempre, en cualquier
circunstancia, el menos costoso para una nación. Los desafíos han sido enormes,
sobre todo en el ámbito de la deuda pendiente con aquellos compatriotas que
sufrieron en carne propia, en su derecho a la vida, a vivir en la patria natal,
a pensar distinto, a no ser discriminados por su pensamiento contestatario, los
rigores de un régimen que concentró la fuerza armada como base de su poder.
En los ochenta, Chile orienta la fuerza de la
civilidad hacia las banderas de la paz, de la razón. Y desde las
protestas movilizadoras, evitando el riesgo de caer en una confrontación sin
destino, aislando a los que postulaban la vía armada para hacer frente a la
dictadura, las fuerzas democráticas construyen el movimiento cívico más activo
de la historia de Chile que, dentro de las arteras condiciones de un régimen
militar autoritario y dentro de las reglas institucionales de una
Constitución que ya no se cuestiona, manifestará el 5 de octubre de 1988 su No
histórico. Que abre las puertas a la nueva etapa que estamos viviendo.
La razón aparece como estoica bandera que
aglutina a Chile entero, abriendo cauces renovados para el entendimiento en
paz.
Chile inaugura la década de los noventa con su
flamante primer gobierno democrático. Y en la estrategia que dirige el
juicioso estadista de esta arquitectura política, Patricio Aylwin, la fuerza
de la razón es la mayor fortaleza de su gobierno de transición.
Es así como en Chile se produce el desmantelamiento
de los conflictos, el llamado a la civilidad, para que maduramente vaya
cuidando el valor conquistado - el nuevo sistema democrático- sin exacerbar la
confrontación, sin actitudes de revancha, sin caer en especulaciones
electoreras que pudieran quebrar la disciplina en lo económico con acciones
populistas.
Las conversaciones con altura de miras, el sentido
estratégico de largo aliento, la capacidad de escuchar, la capacidad de
colocarse en los zapatos del otro, el buscar juntos, con creatividad y
flexibilidad dentro de lo posible soluciones armónicas, son todos elementos que
debemos apreciar como una rica experiencia nacional, más allá de posiciones
partidarias contingentes.
La ética en la política, como en todo ámbito de relaciones
interpersonales o sociales, constituye una enorme fortaleza, que las personas
deben apreciar como un faro permanente para sus actuaciones en sociedad.
Nadie puede manipular principios del derecho natural,
nadie puede planearse en ningún plano pretendiendo legitimar su accionar
directivo, si no construye con acciones, con ejemplos, una autoridad moral, un
ascendiente que le permita ganar genuinos liderazgos.
En el actuar público, en las acciones cívicas, en la
vida diaria, en el seno de la familia, la coherencia juzgada por contrapartes y
subordinados, pareja, hijos, alumnos, condiscípulos, etc., el valor de
honestidad e integridad son vitales para tener esta legítima autoridad.
La fuerza de la razón y la ética es mayor que cualquier
arsenal atómico. La historia está llena de derrotados poderosos, que
construyeron imperios a costa del desamor y la injusticia, como así también
persisten por encima de los siglos aquellas religiones o doctrinas que, que en
distintas civilizaciones y tiempos de la humanidad, pusieron Luz en el
corazón del hombre.
Tenemos una hermosa tarea por delante: ¡Inaugurar el
Siglo XXI con el ímpetu generoso de hombres y mujeres capaces de protagonizar
su libertad, fortalecidos en la cooperación y la tolerancia!
Ensayo publicado en Octubre de 1993. Forma parte del libro "Crónicas de Dos Siglos" Fondo Editorial Periodismo-Probidad, Año 2010.