Contrariamente
a la creencia arraigada que se tiene en América Latina de que la pobreza es un
mal endémico que no sólo no se va sino que tiende a aumentar, hay casos que
demuestran que tal creencia puede derrumbarse fácilmente con una buena
estrategia económica. Irlanda es uno de esos ejemplos, uno de esos países que
lograron dar un giro significativo en pocos años, pasando de la pobreza aguda a
una riqueza floreciente que fue permeando a los diferentes sectores de la
sociedad.
En
la década del 50’, Irlanda tenía una economía primaria dependiente en gran
medida de la producción agropecuaria. Era un país de gente que emigraba en
forma masiva, en busca de las oportunidades laborales que no había en casa.
Pero una serie de medidas, una buena planificación y una visión a largo plazo
hicieron que la realidad cambiara, de forma que el país pobre fue quedando
atrás mientras se llegaba a un estadio de generación de empleos y riqueza, de
prosperidad y de progreso.
A
partir de una economía proteccionista, cerrada y primaria, Irlanda inició un
proceso de apertura comercial, de apuesta a la competitividad, al mejoramiento
de su producción con miras al mercado internacional y al fortalecimiento de los
sistemas de formación de recursos humanos. En las décadas del 60’ y el 70’, el
capital humano se convirtió en el centro de las acciones de la planificación
estratégica para fortalecer la economía, junto con una serie de medidas
tendientes a favorecer la radicación de inversiones extranjeras. Con la
estabilidad de las finanzas, la reducción de impuestos, el control de la
inflación y la disponibilidad de mano de obra joven y capacitada, Irlanda
comenzó a posicionarse como un buen destino para que se instalen las empresas.
Con
una cultura educativa muy arraigada, con una población joven incorporada al
mundo de la tecnología, con un ambiente ideal para inversiones productivas, el
país dio el gran salto hacia la competitividad global. Entre 1980 y 2000, el
país se convirtió en uno de los referentes en materia de crecimiento económico
sostenido a tasas elevadas. Ya no era una economía agropecuaria, sino que se
había industrializado, vuelto competitiva y sólida gracias a la calidad de los
recursos humanos. Irlanda se convirtió en un país exportador de productos y
servicios de alta tecnología, como el caso del software, y supo posicionarse
como un proveedor de primer nivel en el mercado internacional.
Aunque
en los últimos años la desaceleración de la zona euro y la crisis financiera
que fue haciendo metástasis en los diferentes países del viejo continente
afectaron notablemente el crecimiento irlandés, lo cierto es que su ejemplo de
transformación sirve para ver qué medidas pueden tomar los países pobres para
migrar hacia estadios más beneficiosos. Hoy Irlanda se ve en la necesidad de
recurrir a préstamos externos para estabilizar sus finanzas y se encuentra en
pleno proceso de reestructuración de su burocracia, con el fin de aligerar la
carga al Estado. Pero, a diferencia de los países pobres que siempre viven
acosados por las crisis, Irlanda tiene bases sólidas para emerger de la
coyuntura adversa y retomar el ritmo de crecimiento sostenido.
La
lección irlandesa tiene muchos factores que podrían servir para hacer que
repensemos la actual forma de visualizar la economía en los países
latinoamericanos. Desde perder el miedo a la competencia global y a los grandes
mercados, hasta comprender que la educación no debe ser un mero discurso sino
una política estratégica orientada a la formación de recursos humanos
competitivos. Y quizás deberíamos tomar el coraje de romper con la tradición de
creer que riqueza es igual a recursos naturales, o que todo puede solucionarse
mediante medidas proteccionistas o filantrópicas.
Ciertamente,
los latinoamericanos somos ricos en recursos naturales y tenemos grandes
potenciales por explotar, pero ello no nos ha sacado de la pobreza ni nos ha
vuelto equitativos en la distribución ni mucho menos autosuficientes para
vencer a nuestros males. Tenemos que pasar de la dependencia de la materia
prima a la competitividad en el sector terciario, en los servicios, en donde se
encuentra la riqueza del mundo actual.
En
poco tiempo podemos identificar las carencias que tenemos y podemos establecer
un orden visionario hacia economías más competitivas, menos informales, menos
proteccionistas y más relacionadas con la calidad educativa. La fórmula es de
ingredientes conocidos y los resultados son buenos. Falta el paso
transcendental: la aplicación.
Comentarios
2.- bien fundamentado
3.- en buen momento presentado
4.- muy claro y sencillo
5.- magnifico referente
FELICITACIONES