Dice el Eclesiastés: “Lo que fue, eso mismo es lo
que será, y lo que se hizo, eso mismo es lo que se hará; no hay nada nuevo bajo
el sol.”[1]Pocas
afirmaciones hay tan claras, contundentes, y, por desgracia, tan ciertas. A
veces parece que la novedad debería llamarse más bien recuerdo de un olvido. La
memoria, sabido es, es selectiva. Por eso mismo una persona, a lo largo de su
vida, recordará aquello que es importante para ella, los grandes acontecimientos,
por ejemplo, olvidando los que, aparentemente, no tienen ningún valor, o tienen
un valor relativo y momentáneo. Pero puede suceder, sin embargo, que cualquier
cosa, un nimio suceso, nos retrotraiga sucesos olvidados que, en su momento, no
significaron nada. Pues bien, parece que hasta esos mínimos hechos son
repetitivos, cíclicos, y, por supuesto, como dice el Eclesiastés, nada nuevos.
Sin buscarle
ahora los progenitores al descrédito actual, ya es casi un tópico reconocer el
poco interés, y la poca altura ideológica y moral, de los políticos de hoy en
día: los programas y las ideas han quedado sustituidas, en sus intervenciones,
por el insulto, la descalificación, la banalidad, el enfrentamiento, la sal
gruesa y una fiera batalla, en la que todo vale, por alcanzar el poder. Si no
tienen ideas, como parece, se pregunta uno, ingenuamente, para qué quieren los
políticos estar instalados en el poder. Las respuestas se pueden reducir a una
vulgar: “más cornadas da el hambre”,
o a una más literaria, a una cita del Canciller López de Ayala cuando habló,
allá por el siglo XIV, del Cisma de Occidente en su nada leído libro Rimado de palacio. Hablando del papa, y
de la división de la Iglesia, y de respectivas ambiciones, dice en la copla
197:
Agora el papadgo es puesto en riqueza;
de lo tomar qualquiera, non le toma pereza;
maguer sean viejos, nunca sienten flaqueza;
ca nunca vieron papa que muriese en pobreza.[2]
Recapacitando
un poco, resulta que tampoco nosotros hemos visto nunca a ningún ex ministro o
amigos, ex parlamentario o amigos, o ex político o amigos, por englobarlos a
todos, en la cola del paro. Es posible, por lo tanto, que huir de la pobreza, o
del paro, esté en el origen de más de una vocación política.
Sin ideas, y
no siendo muy correcto ni ortodoxo decir aquello de “yo estoy aquí para
forrarme”, o “estoy aquí para no pasar hambre”, el discurso se tiene que
orientar hacia otros derroteros. Y el mejor y más eficaz, así se matan dos
pájaros de un tiro, es descalificar al contrario, al oponente. Y para ello,
como pone de manifiesto la actualidad, sirve cualquier cosa. No vale la pena
hablar de tan pobre situación. Hay otros asuntos tan poco interesantes como
este, pero más peregrinos.
No hace mucho,
y los medios de comunicación se distrajeron con ello, pudimos saber que el
presidente de Cantabria dejaba su puro, el que se estaba fumando, en el
alfeizar de una ventana, para recuperarlo una vez hubiera salido de la
Consejería, las Cortes o lo que fuere. Otro político, muy pulido él, se
distraía tirando esos puros a los ceniceros y tratando al otro político de poco
educado y mirado. Aunque parezca mentira, semejante cosa ocupó los telediarios
durante unos minutos.
Pues bien, don
Benito Pérez Galdós, en sus Episodios
nacionales, ya cuenta que don Juan de Urríes y Ponce de León iba al
Congreso a escribir cartas. Es lo de menos, pero sí que nos atañe lo que hace
con su cigarro puro:
“Viéraisle una tarde abandonar el escritorio
y acudir al Salón, dejar el cigarro en el pedestal de la estatua de Isabel la
Católica, colocada en un rincón de la derecha…”[3]
No es una
casualidad, o algo que se le haya ocurrido a don Benito en ese momento, pues
insiste en ello en la página siguiente:
“Puesto el cigarro con cierta reverencia en el
pedestal de la Católica Isabel para que ésta se lo custodiase, subió al
escaño…”[4]
Efectivamente,
y como dice el Eclesiastés, no hay
nada nuevo bajo el sol. Quizás la única novedad resida en que en el siglo XIX
no apareció ningún político pulido que llamó la atención de de don Juan de
Urríes y Ponce de León por dejar el cigarro en el pedestal de Isabel la
Católica. Hoy hacer eso, ante tamaña reina, hubiera supuesto que alguien le
pidiera la dimisión con carácter irrevocable, aquí, donde no dimite nadie, en
medio de una bronca parlamentaria. Y sí, también es verdad: cuando no hay ideas
ni proyectos que discutir nos entretenemos con estas lindezas y banalidades
como si ello, y el fútbol, fuera lo más importante de nuestras vidas. Algún
día, no perdamos la esperanza, se hablará de la crisis y de cómo salir de ella,
del paro y del sistema educativo, entre otras cosas. Esperemos, como dijo
Cánovas:
“Esperamos, y esperando hacemos la historia
de España”.[5] Y
para ella, como sabemos, no pasan los años. Ni los siglos.