El mejor público del mundo… ¿y los peores ciudadanos?
Con el reciente tour de AC/DC por Latinoamérica —quizá uno de los últimos, aunque nadie se atreve a afirmarlo— volvió a instalarse una idea que no es nueva, pero que cada vez resuena con más fuerza: Argentina tiene uno de los mejores públicos del mundo.
No es una frase dicha al pasar. En distintas entrevistas, los propios integrantes de la banda repitieron la misma percepción: un público que no solo escucha, sino que salta, canta, responde, sostiene la energía como si formara parte del espectáculo mismo. Un público que, por momentos, parece tocar junto a la banda.
Y no es un caso aislado.
Antes lo dijeron The Rolling Stones, Metallica, Paul McCartney, Sting, Madonna, Roger Waters, y también artistas de otros géneros como Bad Bunny, Taylor Swift o Joaquín Sabina.
Cambian los estilos, las generaciones y los contextos, pero la conclusión es la misma.
Algo sucede ahí.
Si nos detenemos en el espectáculo en sí, hay razones evidentes. El rock —y en particular el rock más duro— exige una entrega física y emocional intensa. El sonido atraviesa el cuerpo, los efectos visuales son extremos, y la experiencia está diseñada para provocar una respuesta total.
En ese contexto, ver a músicos como Angus Young, con más de 70 años, sostener solos de guitarra de casi media hora, o a Brian Johnson entregar la voz hasta el límite, no es solo admirable: es profundamente humano. Y más aún cuando el público no actúa como espectador, sino como sostén.
No importa si la voz no llega perfecta o si una nota se escapa. La canción continúa… porque la gente la canta.
Ahí hay algo que trasciende la técnica.
Hay una forma de comunicación directa, casi primitiva, entre artista y público. Una especie de pacto emocional donde ambos lados sostienen la experiencia.
Pero entonces aparece la pregunta inevitable:
¿Por qué somos el mejor público?
Tal vez la respuesta no esté únicamente en la música.
Tal vez tenga que ver con algo más profundo.
Desde una mirada cercana a la sociología y la psicología social, estos momentos pueden entenderse como espacios de suspensión de la diferencia. Por unas horas, desaparecen las identidades fragmentadas: no hay clases, no hay ideologías, no hay grietas.
Hay pertenencia.
En un país atravesado por crisis económicas, tensiones políticas y desigualdades persistentes, esos momentos funcionan como una forma de unidad simbólica. Nos permiten ser parte de algo común.
Y más aún: nos permiten sentirnos, aunque sea por un instante, una sociedad integrada… y ganadora.
No es la primera vez que ocurre.
Uno de los antecedentes más significativos se remonta a 1981, en plena dictadura militar, cuando Queen se presentó en el estadio de Vélez Sarsfield. Aquella noche, Freddie Mercury detuvo su voz al escuchar al público cantar Love of My Life con una fuerza que superaba incluso el sonido del escenario.
Su reacción fue simple y reveladora: señaló al público, se tocó el pecho y dijo “beautiful”.
En un contexto de represión, miedo y silencio impuesto, esa escena no fue solo musical. Fue social.
Fue una forma de unidad en medio de la fractura.
Y entonces aparece la otra pregunta, la incómoda:
¿Somos también los peores ciudadanos?
Responderla no es sencillo, porque implica entrar en terrenos complejos: la historia, la política, la economía, la cultura. Y probablemente no haya una sola respuesta.
Pero sí hay indicios.
Si observamos los niveles de desigualdad, las crisis recurrentes, las tensiones sociales, la dificultad para sostener acuerdos colectivos, es evidente que esa unidad que aparece en los conciertos no logra trasladarse a la vida cotidiana.
Algunos enfoques pondrán el énfasis en decisiones políticas y modelos económicos. Otros en la cultura, la educación o las prácticas sociales. Incluso hay quienes señalarán el papel de los medios y la construcción de relatos que profundizan divisiones.
Lo cierto es que, más allá de las interpretaciones, hay un fenómeno visible:
La cohesión que emerge con fuerza en lo emocional se diluye en lo estructural.
La grieta —real o construida— fragmenta. Las diferencias se amplifican. La desconfianza se instala.
Y, sin embargo, en ciertos momentos, todo eso desaparece.
En un concierto. En un partido de la selección. En celebraciones excepcionales.
Ahí, volvemos a ser uno.
Quizá haya que mirar con más atención esos momentos.
No como excepciones anecdóticas, sino como evidencia de una capacidad que ya existe.
Porque sabemos hacerlo.
Sabemos sostener algo en común. Sabemos responder colectivamente. Sabemos construir sentido compartido.
Tal vez, entonces, la pregunta no sea si somos el mejor público o los peores ciudadanos.
Tal vez la pregunta sea otra:
¿Por qué esa unidad —tan espontánea frente a un escenario— no logra sostenerse cuando se trata de construir una sociedad?
Porque quizá el desafío no sea aprender a ser el mejor público del mundo.
Quizá el verdadero desafío sea no dejar de serlo cuando el espectáculo termina.