Egoísmo
Literatura | 19/03/2026

EGOÍSMO

Vicente Adelantado Soriano

Nada compararía yo en mis cabales al placer de un amigo1.

Horacio, Sátiras.

Me apetecía mucho moverme por alguno de los caminos recorridos en compañía de José Luis. Alguno próximo a la estación de tren. Consulté los horarios. Salía uno hacia una población cercana bastante antes del amanecer. Dejé la mochila preparada y todo en orden para salir en cuanto sonara el despertador. No hizo falta: me desperté sin apenas haber dormido.

Las calles estaban desiertas. Había lloviznado durante la noche. Poca cosa. Y anunciaban más lluvias. Pero últimamente la lluvia por esta tierra es como una breve ducha: apenas si dura unos cinco o diez minutos. Llegué pronto a la estación. Saqué el billete en una máquina expendedora y me senté en el vagón en cuanto estuvo formado el convoy.

No tardé en llegar a mi destino. Recordaba los pasos pertinentes para acceder a la Vía Verde. Yendo hacía ella pasé por delante del bar donde, tiempo atrás, les preguntamos a unos señores, sentados ante sendas jarras de cerveza, dónde estaba el polideportivo, pues en su explanada habíamos aparcado el coche. No conseguíamos dar con él.

-¿Te acuerdas -le comenté sonriendo- que yo me equivoqué y les pregunté dónde estaba el politécnico?

-Sí -dijo riendo-. Me acuerdo. Y me acuerdo de las caras de los dos señores. Y de la respuesta de uno de ellos: “¿Politécnico? -te dijo- si aquí no tenemos ni escuela…”

-¿Qué idea me pasaría a mí por la cabeza?

-Eso ya me lo preguntaste en su momento. Seguramente el inicio de la palabra, poli… Me explicaste entonces la etimología del término.

-Lo haría para justificar mi error. A veces, cuando pienso en ello, tengo la impresión de haber sido un poco pesado hablándote de mis estudios y aficiones. De haberte apabullado en más de una ocasión.

-Sí, es cierto. Te ponías un tanto pesado. Pero para eso estamos los amigos, ¿no?

-Tú tampoco eras muy hablador. No me gustaban mucho aquellos largos silencios. Me resultaban un tanto molestos.

-A mí me encantaban los días de lluvia, cuando ibas delante de mí, sin hablar, y yo podía concentrarme en el tamborileo de la lluvia sobre mi paraguas. Me encantaban aquellos momentos. Y el silencio.

-Siento haberte molestado.

-No hay nada que sentir, muchacho. Todo lo contrario. Yo te estoy eternamente agradecido por haber venido conmigo. Por aquellas caminatas y excursiones. Sólo no hubiera hecho nunca jamás los viajes que hicimos juntos.

-El agradecimiento es mutuo. Además, eras tú quien ponía el coche y conducía. Sin ti tampoco yo hubiera ido a ninguno de sitios que visitamos. No hubiera visto Ampurias de nuevo, y sabes cuánta ilusión me hacía.

-Sí. Fue una excursión preciosa aquella. Pese al problema con el coche en el aparcamiento de Tarragona, ¿te acuerdas?

-Olvidarlo sería no acordarme de tus cabezonerías. En cuanto te señalaba un lugar donde aparcar, ese lugar era inmediatamente descartado. Y te metiste de donde no fuiste capaz de salir. Encajonado y atravesado entre un coche y una columna.

-Nos salvó el técnico…

-Era tu parte positiva: ante cualquier problema echabas mano del móvil, movías cielo y tierra, y terminabas por solucionar el problema. Llegó un mecánico joven, y no tardó nada en desencajonar el coche sin hacer mal ninguno.

-Y lo a gusto que cenamos después, ¿te acuerdas?

-Sí. Y del desayuno catalán al día siguiente, pa amb tomaca i all, camino de Ampurias. Con café con leche.

-Fue un viaje precioso. Y no olvides sant Pere de Rodes. Lástima no poder repetirlo.

-No sé cómo se te ocurrió morirte con la cantidad de proyectos que teníamos pendientes.

-No lo decidí yo. Te lo aseguro. Tenía muchas ganas de llevar a cabo esos proyectos. Los que tenía contigo y con mis hijas.

-Lo sé. Lo sé. Me acuerdo una y otra vez de la última salida que hicimos. ¿Te acuerdas? Hacía mucho calor. Fue un desastre. Una de las peores excursiones. Desanimados y sudorosos llegamos muy pronto a comer a un restaurante. Estaba vacío y tardaron una hora larga en servirnos. Te quejaste entonces de tu salud. Tu primer y último lamento: “todo me ha caído a mí -me dijiste-. Las cosas se podían haber repartido entre los dos”. Yo no tenía ningún problema, y tú te pasabas media vida en los hospitales.

-No te deseaba ningún mal. Puedes creerme.

-Te creo. Te retrataste cuando me comentaste que a un vecino tuyo de la diálisis le habían trasplantado el riñón donado por su hermana. Pero que todavía no sabía si su cuerpo lo iba a rechazar o no. Y tú no querías pedir nada a nadie, pues corrías el peligro de quedarte tú sin riñón, por el posible rechazo, y el donante también.

-Hubiera sido una faena. Además, como sabes, a los cuatro meses escasos de aquella conversación ya estaba yo muerto e incinerado.

-Fue una sorpresa muy desagradable para mí.

-Bueno, y tú, ¿qué tal? -me preguntó deseando cambiar de conversación-. Sigues saliendo a recorrer caminos por lo que veo.

-Muy limitado, como puedes comprobar. Dependo del tren o del autobús. Y no me hace mucha gracia salir solo.

-Sí, es un poco aburrido. Y muy difícil, como comentamos en más de una ocasión, dar con un amigo al que le muevan tus mismos intereses o aficiones.

-He dejado de intentarlo. No vale la pena… Te echo de menos. Te lloro egoístamente. Sí, egoístamente. Una y otra vez me viene a la mente una película que vi hace muchísimos años. Era de un director sueco o noruego, no sé, un tal Ingmar Bergman. No recuerdo ni el título de la película ni nada de cuanto acontecía en ella. Sólo el monólogo de una actriz, creo recordar. Dice en él que en el lamento por toda muerte siempre hay una gran parte de egoísmo. Me impresionó aquello. Lo pude confirmar entonces y ahora.

-El ser humano es egoísta por naturaleza. No hay que preocuparse, mientras todo el egoísmo sea ese y no alcance a mayores.

-No obstante, yo hubiera deseado una especie de depuración. No la alcancé con la muerte de mi padre, ni con la tuya… Te cuento una parte de mi vida que desconoces debido al largo tiempo que estuvimos sin vernos: me dejé los estudios en segundo de carrera. La universidad me resultó un desastre. No supe adaptarme. Yo era un inmaduro total. Me retiré a un piso que acababan de comprar mis padres, y me puse a escribir una novela. Quería vivir de la literatura.

-¿En este país? Sí, desde luego, eras bastante inmaduro.

-No pude terminar mi novela: murió mi padre, me puse a trabajar. Y adiós a mis sueños.

-Ya. Y lo echaste mucho de menos.

-Sí. Y fue entonces cuando vi esa dichosa película. Y me sentí tan desgraciado como culpable. Años después supe que no iba a poder vivir de mis escritos. Ni de lejos.

-A veces la muerte de los seres allegados puede ser una ayuda. Siempre vemos la muerte como algo negativo. Y no tiene porqué ser así. Tu padre, con su fallecimiento, te hizo ver el mundo en el que vivías. Te alertó y te hizo cambiar de rumbo.

-¿Y era necesaria su muerte para ello?

-Muchacho, eso no depende de nosotros. Ni de él, ni de mi ni de ti. Ahora bien, debes sacar provecho de la situación.

-Me estás hablando como un estoico cualquiera -le dije sonriendo.

-Bueno, tanto me hablaste tú de Séneca a lo largo de nuestros viajes que, al final, me he hecho un poco senequista.

-Está empezando a llover.

-Llevo mi gran paraguas -dijo abriéndolo. Con una sonrisa de oreja a oreja-. Ya sabes: me gusta oír las gotas de la lluvia repiqueteando sobre el paraguas. Por cierto, como eres un despistado, cuando preguntes por la estación del tren olvídate del politécnico. Pregunta por la estación y no por el politécnico.

-Lo tendré en cuenta. Cuídate.

-Lo mismo te digo.

En contra de lo esperado la lluvia era cada vez más recia y cerrada. Me puse el chubasquero y comencé a moverme rápidamente hacia el pueblo. José Luis caminaba ensimismado bajo su amplio paraguas.

1Horacio, Sátiras, Libro I, V, 46. Nil ego contulerim iucundo sanus amico. Traducción de Horacio Silvestre.


Comentarios

Esta columna aún no tiene comentarios.
BUSCAR
volver a vista clásica