La insoportable levedad o pesadez del modelo Milei?
Desde Kundera y Nietzsche hasta la macroeconomía argentina: por qué el modelo de Javier Milei es liviano en sus fundamentos, frágil en sus números y pesado en sus consecuencias sociales.
La insoportable levedad del ser, la novela de Milan Kundera, suele leerse —con razón— como un texto de erotismo sutil y profundo. Sin embargo, su verdadera columna vertebral es filosófica: la tensión entre levedad y pesadez, y la pregunta que atraviesa toda la obra sin resolverse del todo: ¿cuál de las dos es positiva y cuál negativa?
Kundera toma ese dilema y lo cruza con Nietzsche y su idea del Eterno Retorno: si todo lo que vivimos se repitiera infinitamente, cada decisión cargaría con un peso insoportable. Por eso Nietzsche llamó a esa hipótesis “la carga más pesada”. Pero hay una trampa: la repetición también garantiza resultados. Quienes ganaron, volverían a ganar. Para ellos, la vida se volvería liviana. El problema, claro, es para quienes perdieron y están condenados a hacerlo una y otra vez.
Ese dilema —levedad y pesadez, ganadores y perdedores— sirve como marco para pensar el modelo socioeconómico argentino y, en particular, el que impulsa hoy Javier Milei.
Modelos que se repiten, resultados que también
La historia económica reciente muestra con claridad que los modelos de derecha —con alguna alternancia de centroizquierda o gobiernos populares— tienden a producir siempre el mismo patrón: ganadores y perdedores estructurales. La diferencia no está en el resultado, sino en cuántos quedan de cada lado.
Los datos, incluidos los oficiales, son contundentes. Cada ciclo reciente de derecha aumentó el endeudamiento externo en dólares; los gobiernos populares, en cambio, pagaron deuda y no tomaron nueva. Todos terminaron con más pobreza que al inicio, aunque durante un tiempo la ocultaron con dólar atrasado e inflación “contenida”. Se redujo o directamente se anuló la obra pública bajo el argumento de evitar la corrupción, y se abrieron indiscriminadamente las importaciones, destruyendo industria nacional, pymes y producción local, sin bajar costos internos de ningún tipo.
Pero quizá el daño más profundo fue siempre el mismo: el deterioro de los sectores medios, paradójicamente los que más votos le dieron a este último experimento.
Libertad declamada, dependencia real
Es posible que muchos votantes de Milei asocien la “libertad” que declama su gobierno con la histórica consigna sanmartiniana: “Seamos libres, lo demás no importa nada”. Pero el paralelismo es falso.
San Martín hablaba de libertad para producir y vender al mundo sin pagar tributo a un imperio. El modelo Milei, en cambio, avanza en sentido opuesto: apertura irrestricta de importaciones, apropiación de recursos naturales a bajo o nulo costo —como propone el RIGI— y una creciente dependencia de Estados Unidos.
La contradicción es todavía más evidente si se lo compara con su principal referente internacional: Donald Trump, que hace exactamente lo contrario. Trump defiende su industria con aranceles, sanciona empresas y países extranjeros y llega al extremo —ya en pleno siglo XXI— de afirmar que “el petróleo y la tierra de Venezuela son de EE.UU.”, mientras despliega flotas militares en la región.
Levedad para pocos, pesadez para muchos
Si la libertad puede sentirse como levedad, entonces hay que preguntarse para quién. La libertad que no es mayoritaria exige lucha, compromiso y construcción colectiva: es pesadez.
El gobierno de Milei no parece tener dudas: levedad para un sector muy pequeño, poderoso, concentrado y en buena parte extranjero; pesadez para el resto de la sociedad, especialmente para los grupos más vulnerables. El ejemplo más claro fue el intento de derogación de la Ley de Discapacidad y la Ley Universitaria, ambas aprobadas por mayoría y luego reafirmadas por dos tercios del Congreso tras el veto presidencial.
Una macroeconomía liviana… y frágil
La levedad del modelo no se limita a lo social. También aparece —y de manera peligrosa— en la gestión macroeconómica.
La mayoría de la gente no lee los comunicados del BCRA. Muchos, aunque los lean, no los entenderían. Pero los inversores financieros sí los leen. Y ahí empiezan los problemas.
En su último anuncio, el presidente del BCRA, Santiago Bausili, informó una modificación del esquema de bandas cambiarias y, sobre todo, la hoja de ruta de la política monetaria. Simplificando: dijo que la Base Monetaria crecería en función de la demanda de dinero, que hoy ronda el 4,2% del PBI y subiría unos 0,6 puntos porcentuales. Pero en el mismo comunicado se comprometió a cumplir la meta del FMI de comprar 10.000 millones de dólares de reservas en 2026.
El problema es aritmético: para comprar esas reservas se necesita más del doble de emisión, cerca de 1,2% del PBI. Entonces, ¿cuánto se va a emitir: 0,6% o 1,4%? Y si la demanda de dinero no acompaña, ¿con qué pesos se compran las reservas? ¿Cómo se absorben luego, si el BCRA ya no tiene pasivos remunerados? ¿O simplemente se deja que recalienten la inflación? Además agrega el informe, que si la demanda de dinero subiera 1% entonces la compra de Reservas podría ser de 17.000 millones, en este caso el 1% coincide porque el PIB es de aproximadamente 700.000 millones, pero que asegura que esa demanda de pesos no sea para comprar dólares?
Estas inconsistencias no pasan inadvertidas para el mercado y los inversores informados.
Superávit que no es lo que parece
Algo similar ocurre con la balanza externa. El gobierno celebra un superávit comercial de 4.500 millones de dólares, pero se trata de dólares devengados, no ingresados. Son exportaciones liquidadas ahora que ya habían sido cobradas en octubre, antes de las elecciones, cuando se bajaron a cero las retenciones.
Al mismo tiempo, las importaciones se desplomaron en noviembre, no por eficiencia sino por caída de la actividad. Los importadores tienen stock acumulado porque el mercado interno no absorbe ni siquiera productos traídos a precio de remate.
En macroeconomía hay cuatro pilares: equilibrio fiscal, balanza externa, mercado cambiario y cuenta capital. Hoy el modelo Milei-Caputo apenas sostiene un superávit fiscal muy fino —erosionado por la caída real de la recaudación—, un esquema cambiario que ya cambió varias veces y convive con múltiples dólares, una balanza externa artificial y una cuenta capital frágil, sin acumulación genuina de reservas ni garantía plena de pago. La confianza se reduce, en los hechos, a un solo anclaje: Estados Unidos, Donald Trump y el secretario del Tesoro, Scott Bessent.
El “Milei histórico” y el “0,…algo”
A esta liviandad conceptual se suma la respuesta presidencial sobre los plazos para bajar la inflación. Milei —el “Milei histórico”, como él mismo se cita— afirmó que la inflación tarda entre 18 y 24 meses en caer luego de dejar de emitir. Luego apareció un nuevo “paper” que estiró el plazo a 26 meses. Y finalmente anunció que “para agosto la inflación va a ser 0,…algo”.
Las cuentas no cierran ni en el calendario. Hoy ya van casi 24 meses. En dos meses la inflación no va a pasar de 2,5% a “0,…algo”. Y agosto está a ocho meses. ¿Son 26 meses? ¿33? ¿O simplemente un nuevo relato?
Levedad, erotismo y crueldad
Kundera deja abierta la pregunta sobre si la levedad o la pesadez son positivas o negativas. La respuesta queda en cada lector. Lo mismo ocurre con el modelo Milei: cada quien sabe dónde siente el peso y dónde la liviandad.
La novela es profundamente erótica, pero no por exhibicionismo ni crueldad, sino por vínculo, tensión y humanidad. Nada de eso aparece en este gobierno. Pese a un discurso muchas veces sexista, misógino y agresivo, no hay erotismo posible en la crueldad ni en el desprecio por el otro.
El modelo resulta tan liviano en sus argumentos y tan pesado en sus consecuencias sociales. Para describirlo, La insoportable levedad del ser interpela en su concepto pero no aplica en su fino erotismo, al menos no para gente como los Libertarios.
En cambio hay una historia mucho menos sutil y mucho más dura y fría, aunque algunos la interpreten como placer.
Para este gobierno sin duda, Las 50 sombras de Grey describe mejor la realidad, aunque lamentablemente la sociedad seamos sus coprotagonista involuntarios.
Edición Yedith Cazarin Escritora