Análisis del nuevo escenario político y económico tras el triunfo de Milei.
La Libertad Avanza ganó las elecciones de medio término en todo el país, incluso —aunque por muy poco— en la provincia de Buenos Aires, histórico bastión del peronismo y del kirchnerismo.
El oficialismo celebra su victoria como un espaldarazo al rumbo económico y político del gobierno de Javier Milei. Pero la realidad es más compleja.
La victoria garantiza gobernabilidad institucional, pero no la gestión que quieren imponer.
El nuevo mapa legislativo le da al gobierno más de un tercio propio y la posibilidad de alcanzar quórum en Diputados si negocia con bloques provinciales o minoritarios.
Sin embargo, eso no significa que pueda aprobar cualquier ley sin acuerdos previos con gobernadores, sectores empresariales o sindicales.
La oposición kirchnerista perdió poder, pero no desapareció su capacidad legislativa. Y el Senado sigue siendo un terreno difícil.
Inflación baja, pero a costa del derrumbe
El gobierno muestra una desaceleración inflacionaria, aunque la causa no es un fortalecimiento de la economía, sino una fuerte contracción de la demanda.
Con paritarias controladas, salarios a la baja y un dólar intervenido que no puede superar la banda fijada por el Ejecutivo, los precios parecen estabilizarse.
Sin embargo, detrás de esa calma hay un deterioro profundo del poder adquisitivo y del empleo.
El ingreso de importaciones compite con la industria nacional, mientras los servicios, combustibles y alquileres —que el INDEC no incluye en el cálculo inflacionario— se llevan cada vez más del presupuesto familiar.
El círculo vicioso del ajuste
La actividad económica cayó entre 5 y 6% interanual, incluso comparando con el crítico 2024.
Con menos consumo, la recaudación fiscal se desploma y el gobierno ajusta más para compensar.
Menos gasto público implica menos actividad, y menos actividad, menos recaudación.
Es un círculo descendente que termina profundizando la recesión.
En el fondo, el modelo que impulsa el oficialismo parece aceptar ese costo como un “precio de la libertad”: un Estado más chico, salarios más bajos y una sociedad “disciplinada”.
Pero el resultado visible es el empobrecimiento generalizado y la destrucción de la clase media.
Sin motores para arrancar
Con el dólar controlado, tasas récord y una escasez de pesos que asfixia el crédito, la inversión productiva está paralizada.
Sin demanda interna, sin infraestructura, sin previsibilidad jurídica y con una Justicia que se percibe como herramienta de poder, la confianza inversora —local y extranjera— se evapora.
Ni siquiera el RIGI, el programa que ofrece beneficios extraordinarios a quienes inviertan más de 200 millones de dólares, logró atraer capitales.
Los inversores saben leer los contextos: causas judiciales que se activan o frenan según conveniencias políticas, y una rentabilidad financiera que supera ampliamente a la productiva.
Dólar bajo, tasas altas
Mientras el modelo mantenga un dólar atrasado y una tasa de interés elevada, la inversión productiva será un mal negocio frente a la especulación financiera.
Un año en instrumentos en pesos rinde más de 100%.
¿Para qué invertir en fábricas o empleo si el mayor beneficio está en la tasa en pesos, para luego comprar más dólares?
La lógica es simple: dólar bajo, salida de divisas. Dólar alto, ingreso de capitales.
¿Qué necesita Argentina hoy: que salgan o que entren dólares?
La respuesta parece obvia, pero el camino elegido va en sentido contrario.
Libertad… pero para quién
Durante los primeros años de Néstor Kirchner y Cristina Fernández hubo un modelo que combinó crecimiento, tipo de cambio competitivo y estabilidad social.
Habría que revisar qué replicar de ese modelo, aunque se trate del mayor opositor.
Hoy el panorama es inverso: sin inversión, sin crédito, sin consumo y sin un horizonte productivo.
La economía se sostiene apenas sobre un frágil andamiaje financiero.
La sociedad es libre, sí.
Libre de elegir, de apoyar un modelo o de rechazarlo.
Pero no necesariamente libre de trabajar, pagar tranquilo, estudiar o progresar.
Eligió este gobierno —en 2023 con el 53% y ahora, en 2025, con el 40%—.
Un gobierno cuyo propio presidente dijo alguna vez:
“Cada uno es libre incluso de morirse de hambre.”
Edición: Yedith Cazarin Escritora