Orgullo y necedad
Literatura | 06/09/2025

ORGULLO Y NECEDAD


Vicente Adelantado Soriano


De igual manera, un hombre es preciso que tenga presente que, aunque haya alcanzado un cuerpo de gigante, puede caer incluso en el caso de una desgracia insignificante. El que posee temor y vergüenza a la vez, sábete que ese tiene salvación1.

Sófocles, Áyax.


-Bien -dijo risueño-. Comencemos nuestro particular simposio brindando por nosotros mismos.

Así lo hicimos. Tras llenar de vino las copas de fino cristal, las entrechocamos y nos acomodamos en nuestras respectivas sillas. Siempre estando el uno frente al otro: me gusta observar a la gente cuando me habla.

-Yo no sé -comenzó a decir- si lo que sucede a una persona es aplicable a cuanto acontece o le puede acontecer a un país. Me explico: he visto a varios conocidos, llenos de orgullo en su juventud, terminar solos en la vejez, y sin que nadie les prestara atención ni les hiciera caso. ¿Sucede lo mismo con los países?

-El orgullo es una mala compañía -ratifiqué- que suele terminar en la más completa soledad, y en algún que otro desmoronamiento. También conozco yo algunos casos.

-¿No es patético que el hombre siempre esté tropezando con la misma piedra?

-Sí, lo es. Hay personas que creen que toda la vida van a ser jóvenes y van a tener energías…

-Mi madre siempre decía que la juventud todo lo puede. Lo decía cuando la juventud ya la había abandonado.

-Cuando se percató de que todo es efímero. Nada perdura ni es para siempre. Ya lo dijo, y se lo he comentado en más de una ocasión, el oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo”. Somos mortales. Todos llevamos la fecha de caducidad escrita en alguna parte de nuestro cuerpo.

-A veces, cuando usted me dice eso, lo del oráculo del Delfos, me acuerdo de aquella vieja copla: “cada vez que me acuerdo que me he de morir, echo la manta al suelo, y me harto de dormir”.

-Lo complicado de esta vida -le dije volviendo a llenar las copas- es conseguir un cierto equilibrio. Por aquí somos muy dados a eso de o calvo o siete pelucas. No hace falta ni echarse a dormir, ni estar masacrando a pueblos enteros para creer que uno domina a la muerte. Se debe buscar un frágil y deseado equilibrio. Es difícil de hallar. Pues los dioses no regalan nada. Hay que esforzarse para conseguirlo.

-Cuanto estamos diciendo -replicó sirviendo más vino- está muy bien para las personas, para una escuela filosófica, si quiere usted. Pero hay países que buscan con afán imponerse a los otros. Y entonces ya me dirá usted de qué sirve toda la filosofía.

-Pues quizás para impedir que ciertos individuos alcancen el poder y nos conduzcan por donde ellos, o sus inversores, quieren o desean.

-Pide cotufas en el golfo.

-Nadie más consciente de ello que yo. En las aulas estoy en contacto con gente joven. Y no me dan ni el más mínimo atisbo de esperanza. Ésta la saco de pensar que el mundo siempre ha sido igual, y que, al parecer, va a seguir por los mismos derroteros. Séneca ya se quejaba, en su época, de la degradación de las escuelas. Más o menos vino a decir que enseñamos para la escuela, no para la vida. Eso debía ser cosa de los padres y de la sociedad; pero ambos se contentan con tener la televisión; y con ella, como a los bebés en la antigüedad, fajados de pies a cabeza, tenerlos quietos y sin moverse ni molestar.

-Y la televisión -dijo con sorna- se encarga de hacer de ellos unos buenos ciudadanos.

-Esa respuesta se la di el otro día a un alumno. Con sonrisa de autosuficiencia dijo, en medio de la clase, que cómo el teatro iba a educar a toda una sociedad, o libros como la Ilíada y la Odisea.

-No todos los tiempos son uno.

-Yo le mostré el reverso de la moneda: le hice ver que cualquier necedad aparecida en la televisión, o en el cine, la copia la gente sin pararse a pensar en nada. Sacan aquellos la moda de ir con los pantalones sin cinturón y enseñando los calzoncillos. Y ya tienes a la inmensa mayoría del alumnado caminando así. Sale otro, horror de los horrores, con traje de chaqueta y zapatillas de deportes, y ya tienes al novio, al pie de altar, con esmoquin y zapatillas de deportes… De pena. Ergo, si las televisiones se aplicaran a cuanto se aplicaba la tragedia griega, otro gallo nos cantara. Creo. O dejarían de verla.

-De todas formas, querido amigo -dijo escanciando más vino- tampoco la sociedad griega, ni ninguna, ha sido modélica. Guerras, asesinatos y crímenes los ha habido siempre. Y los habrá.

-Efectivamente. Y así seguirá sucediendo, como decía Tucídides, mientras el hombre siga siendo como es.

-No le voy a plantear ahora si la educación, los libros, institutos y universidades, lo van a cambiar. Pues eso nos llevaría -dijo sonriendo- a un simposium sobre la educación.

-No, no lo plantee. No sabría qué decirle. Salvo que esos establecimientos están regidos por personas, y esas personas no están exentas de estupideces de todos los colores, ambiciones, vanidades y necedades. Y de orgullo. Mucho orgullo y mucha vanidad. Y algunos, cierto es, de verdadera vocación de maestros.

-Ahogados por el sistema, ¿no cree?

-Sí, sin duda. Pero aun así sus clases son modélicas. Y algún que otro alumno los sigue. No es poco.

-Con poco nos conformamos, amigo Sancho.

-Menos da una piedra. No estamos en la época de los sofistas: la palabra ha perdido importancia. Ahora lo importante es la imagen; y con ella, gracias al cine y a la televisión, se amansa a las fieras y se las lleva por donde interesa. Sin pensar. Que una imagen -dicen algunos necios- vale más que mil palabras. ¡Menuda estupidez!

-En eso tiene razón: el cine es una industria, como las editoriales, y publican o fotografían aquello que saben que va a tener éxito, que se va a vender. Y como al igual que las escuelas no despiertan el sentido crítico, ya tenemos el caldo de cultivo. No obstante, hay diferencias… El otro día estuve viendo una serie inglesa, de la BBC, sobre el rey Enrique VIII y sus esposas. Larra ya denunció en su época que este rey “ha sido una mina inagotable para el teatro”2. Y para el cine, por supuesto. Me asombró lo bien hecha que está la película, bien ambientada, ropajes de la época… Y por debajo de todo, las miserias humanas. La bestialidad de condenar a una persona a ser decapitada… Las ansías de poder. No entiendo cómo hay personas que se dedican a ello en cuerpo y alma. Volviendo a Larra, dice éste que Enrique VIII “convirtió su tálamo real en potro para sus mujeres”3.

-Quizás porque no han tenido otra solución. Vamos a ser indulgentes. Si uno nace en un palacio, en medio de intrigas, venenos, asesinatos y desapariciones, quizá no lo quede otra que seguir el camino en el cual lo han dejado. Es complicado salir del medio donde se ha nacido.

-Sí, es cierto. A las mujeres, y a otros, no les quedaba más que eso o encerrarse en un convento o irse a un pueblo lejano.

-Y ni aún así se conformaba quien detentaba el poder: a más de uno lo mataron por mucha tierra que hubiera puesto de por medio: el rey, o el tirano de turno, no se fiaba de nadie ni aun teniendo las cabezas de sus enemigos a sus pies. Lo cual demuestra que saben perfectamente cuán efímero es todo. Incluso el poder. La espada de Damocles pende sobre ellos. Y está sujeta con el hilo de una araña.

-Según usted -dijo sirviendo las últimas gotas de la botella- todos sabemos que somos efímeros, hasta los reyes absolutos.

-Por supuesto. Ahora bien, enterramos esa sabiduría con palabrerías, búsqueda de poder y riquezas… y con diversos tipos de cloroformos. Pero, al final, la verdad, la muerte, siempre termina por alcanzarnos. Y entonces lo mismo da ser rico que pobre, poderoso que proletario…

-Sí, pero que me quiten lo bailado. Y como nadie cree ya en el más allá, pues resulta que ese poderoso es quien ha venido a disfrutar. A costa de los demás, por supuesto. Y no va a sufrir ningún castigo. Pero esos demás muchas veces lo han servido con verdadero fervor y en contra de ellos mismos. ¿Qué hacemos entonces?

-Nada. No hay nada que hacer. O mejor dicho, podemos seguir haciendo lo que hemos hecho hasta ahora: leer, ver cine, estudiar, seguir hablando y bebiendo. No se me ocurre otra cosa. ¿Tiene usted algún plan mejor que éste? Soy todo oídos.

-No. A estas edades ya no tengo planes para nada. Solo confío en que la historia se repita, y los gigantes de hoy sean el polvo y el barro del mañana.

-No lo dude. Pero surgirán otros que los reemplazarán. Y vuelta a comenzar.

-Como dijo Montaigne, no avanzamos: caminamos en círculo. Pero por lo menos, y es un verdadero alivio, la medicina avanza que es una barbaridad. A mí me ha curado infinidad de veces, y me ha salvado la vida en alguna que otra ocasión.

-El otro día una alumna, graciosilla ella, me dijo que cuánto me hubiera gustado a mí vivir en la época de Pericles. “Te equivocas -le repliqué- en la época de Pericles ni había dentistas ni penicilina. No. Estoy muy bien en esta época”.

-Y además de no tener una buena seguridad social -replicó mi vecino dando el simposio por terminado- los griegos tomaban el vino aguado. Sí, ya sé, nosotros, como somos bárbaros, lo tomamos puro. Sigamos siendo bárbaros. Yo odio a esas personas que mezclan un buen rioja con una gaseosa barata.

-En eso soy tan bárbaro como usted.

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