Itálica
Literatura | 11/08/2025

ITÁLICA

Vicente Adelantado Soriano

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado,

fueron un tiempo Itálica famosa.

Rodrigo Caro, A las ruinas de Itálica.

Rara vez he necesitado de un despertador para levantarme de la cama. Apenas si duermo unas cuatro horas diarias. Además, dejé las pesadas cortinas de la habitación entreabiertas. Entraba la suficiente luz como para moverme sin tropezar con los escasos muebles habilitados. Al fondo, allá abajo, un panel con seis luces verdes. Tres a la derecha y tres a la izquierda. Aspecto fantasmagórico. Nadie por las calles. Un enorme descampado por donde horas antes un par de vecinos paseaban a sus perros. Y el tren. Seguramente el AVE. Estaba muy nublado.

Me duché y salí del hotel. Era muy pronto. Seguí las indicaciones dadas con sumo cuidado. No tardé en dar con la parada del autobús. No esperé mucho. Le pregunté al conductor dónde debería bajar para ir a la catedral, mi punto de referencia. Una señora, única viajera, con mascarilla todavía, me indició un asiento frente a ella: iba misa de ocho. Me guiaría. Le hice caso. Domingo de elecciones. El sol, en contra de lo esperado, comenzaba a brillar.

El día anterior, nada más llegar a la ciudad y dejar la maleta en la habitación, me lancé a la calle. Mi viaje a Sevilla tenía un motivo muy claro. Lo anteponía a cualquier otro: visita a las ruinas de Itálica. No sé porqué, ni tiene interés averiguarlo, me encuentro muy a gusto en medio de ruinas griegas y romanas. He visitado todas cuantas he podido. Las de Itálica, vistas en mi lejana juventud, las recordaba muy vagamente. Tanto que, a menudo, tenía la impresión de no haber estado nunca allí. Quería verlas de nuevo. Debía informarme para llegar a ellas.

Tras una comida ligera, y un tanto a deshora por desarreglos y retraso del tren, me dediqué a callejear. No tardó nada en ponerse a llover. Lo hizo con furia. Me refugié bajo la marquesina de una finca. Fue entonces cuando vi, frente a mí, una oficina de turismo: en las ventanas, con grandes carteles de colores, anunciaban todo tipo de excursiones por la ciudad y aledaños. Crucé la calle, y entré en el establecimiento. Tenía forma de ele. El visitante se mueve por él como el caballo en el tablero del ajedrez. Me atendió una amable señorita, morena, con cierto gracejo andaluz. Me encantó oírla. Me apunté a una excursión para visitar las ruinas de Itálica. Como siempre, me confundí y pedí instrucciones para ir a Ítaca. Me miró con cara de asombro. Cosas de la vejez. Me ha sucedido en más de una ocasión. No obstante, viendo su cara de sorpresa, imaginé lo sucedido, y corregí.

-¡Ay! -dijo sonriéndome- ya me había asustado usted: tan lejos no llegamos.

Me dio todo tipo de mapas señalándome, con flechas y rotuladores de colores, dónde debía presentarme al día siguiente. Y cómo ir desde la parada del autobús. Estaba cerca. Luego me ofreció más excursiones. Sin ponerse pesada. Con gracejo y encanto. Negué cualquier otro destino salvo Itálica. Del resto ya me encargaría yo. Nos despedimos como si fuéramos amigos de toda la vida.

Cuando salí del establecimiento, con el resguardo de la excursión metido en el bolsillo más hondo de mi pequeña mochila, todavía seguía lloviendo. Me metí en una tienda de alimentación. En su entrada había una máquina de café. Me tomé uno, me compré una botella de agua, y un enorme bocadillo por lo que pudiera suceder. Y sí, entonces los dioses se apiadaron de mí: cesó la lluvia. Saqué la cámara, y me dediqué a hacer fotos. Los días nublados son los mejores para fotografiar fachadas y monumentos. Caminado llegué hasta la Torre del oro. No entré a visitarla: no me apetecía nada hacer cola.

Volví sobre mis pasos. Estaba cansado por el largo viaje, y la larga demora del traqueteado tren. Decidí irme al hotel. Me reservaron habitación en uno muy alejado del centro de la ciudad. Y como era preceptivo, de la parada del bus al hotel, me perdí. Un trayecto de cinco minutos se convirtió en un paseo de más media hora. Pero tenía ganas de caminar. Y tras cambiarme de ropa, volví a salir a la calle. Los alrededores del hotel eran un páramo. Me felicité por haberme comprado el bocadillo: ningún sitio donde cenar. Me lo comí encerrado en mi habitación.

Me desperté a las tres de la madrugada. A pocos metros de mi cama vi la sombra que me acompaña últimamente allá por donde voy: un hombre con chistera y capa. Todo de negro. Creo que es la muerte. No me espanta ni asusta. Encendí la luz. Me levanté y miré por la ventana. Ni llovía ni había llovido. Tuve la suerte, no siempre es así, de volver a dormirme. Me desperté de nuevo al cabo de unas pocas horas. Y entonces sí, de cabeza a la ducha y a la calle. Desayuné en el centro. Callejeé durante varias horas, y luego, con mucho tiempo de antelación, siguiendo las flechas del mapa, y preguntando de vez en cuando, domingo de elecciones, y policías por todas las esquinas, di con el lugar de la reunión de los itálicos. Éramos dos los interesados.

Entregué mi resguardo; y, tras unos minutos de espera, nos pusimos en marcha hacia la parada del autobús. Nos precedía un guía bilingüe: español e inglés, pero sin acento andaluz. Una pena. Muchas de sus explicaciones, en el pequeño vehículo, me las dedicaba a mí. Llevaba yo una camiseta, comprada en Salamanca, donde rezaba aquello de Quod natura non dat, Salamantica non praestat. La frasecita fue la excusa algunos breves diálogos.

En Itálica nos dividieron en dos grupos: ingleses y nativos. Tuve la desgracia de ir en compañía de una pareja con tres o cuatro hijos pequeños. No conseguí averiguar quién era más bestia si los padres o los hijos. Estos, sin hacer caso de las indicaciones de la guía, hacían cuanto les apetecía, gritando, chillando y apoyándose donde no debían. Los padres ni decían ni hacían nada. Impasibles. Ni llamarles la atención. Lo hizo, por el contrario, un guarda de Itálica. Decidí olvidarme del grupo e ir por mi parte. Así se lo hice saber a la guía. No obstante, en ningún momento los perdí de vista.

Me emocioné paseando por sus largas y amplias calles, el cardus maximus y el decumanus maximus. Tal vez caminara por allí, hace siglos, Trajano, el primer emperador hispano de Roma. Y los legionarios heridos en la batalla, segunda guerra púnica, de Ilipa, año 206 a. C. Pero no, probablemente estos curarían sus heridas en la antigua Itálica, enterrada ahora bajo el pueblo de Santiponce. La Itálica visitable, la que perdura al aire libre, fue edificada, al parecer, para mayor gloria de la dinastía antonina, ulpio-aelia, o como quieran llamarla, que hasta en esto hay discusiones.

Visité, por supuesto, todos los restos de las casas romanas con sus mosaicos: la de los pájaros, los pigmeos, las horas, el lalario… Y todo lo fui fotografiando cuidadosamente. Antes de la llegada de los nuevos bárbaros, acompañados por los indiferentes padres. En los hornos de la panadería, conservados tal cual, se metieron de cuerpo entero. La pena es que, como nuevos san danieles, salieron ilesos. No hubo milagro: los hornos hace siglos que están apagados. Afortunadamente no se les ocurrió patear ningún mosaico. Y cuando hicieron amagos de lanzarles piedras, entonces sí, les pegué un grito. Hace falta ser bestia.

Con todos los rincones fotografiados cuidadosamente, volví al grupo. Y me volví a alejar. Me hubiese gustado mucho inmiscuirme de lleno en la ciudad, revivirla, y ser capaz de vivir en ella como lo hicieron los romanos siglos atrás. Aunque fuera por unas horas. Me imaginé paseando por el decumanus en compañía de Trajano. Era ya un anciano venerable. Le pregunté por su amigo Plinio el Joven, y cómo vivió la erupción del Vesubio. No era emperador todavía por aquellas fechas. Pero tuvo noticias de primera mano debido a su amistad con Plinio. Por él se enteró también de la muerte de aquel gran sabio, Plinio el Viejo. ¿Llegaron a Itálica los libros de Plinio? ¿Tenían biblioteca en Itálica? ¿Qué volúmenes se guardaban en ella? Sí, la Historia natural, de Plinio, era conocida. Y leída con tanta fruición, me dijo, como siglos después sería leído El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Por ejemplo.

-Yo -le comenté a él- soy un gran admirador de un descendiente tuyo.

En latín no existe el tratamiento de cortesía. Sonrió con benevolencia.

-Ya. Marco Aurelio. El más famoso de toda la dinastía. Bueno, Adriano tampoco le va a la zaga. Por cierto, tu grupo se ha metido en el anfiteatro.

-Es lo que menos me interesa. Ya te he dicho…

-Sí, ya sé, Marco Aurelio. Y serás también un buen seguidor de Séneca.

-Y de tu dinastía. No debió de ser fácil pacificar el imperio, darle tantos y tantos años de paz.

-La diosa fortuna nos favoreció. Fue un suspiro. Como todo lo bueno de la vida.

Pensé entonces en Marco Aurelio. Un paseo con él. Pero se había hecho la hora: debíamos regresar al pequeño autobús. Los inconvenientes de los viajes organizados. Me encaminé hacia la salida un tanto apesadumbrado. Me hubiera gustado pasear por allí sin ver a nadie, y menos a los bárbaros de la excursión. Me hice la promesa de regresar. A ser posible yo solo.

El autobús nos dejó cerca de la catedral. Busqué, y hallé, un restaurante donde no había mucha gente. Me senté en el interior, no me gusta comer en la calle. Cuando entré se acababa de levantar una chica joven. En la mesa quedó un plato con restos de comida: varias patatas fritas, un tenedor y una servilleta de papel arrugada. Tras atenderme el camarero vi, con asombro, a un pajarillo colarse, a toda velocidad, en el restaurante. Aterrizó tras la barra, ante la indiferencia de la dependienta, y salió volando rápidamente. No habían pasado ni cinco segundos cuando entró otro, o quizás el mismo. Se posó ahora en la mesa recién desalojada. Picoteó una de las patatas fritas. Y debió de gustarle porque salió, raudo, con ella en el pico. No sé porqué pensé que tal vez había hecho yo lo mismo en la ciudad de Trajano. ¿Se comió el pajarillo la patata? Nunca lo sabré. Tampoco sabré si le fue de provecho o no. Pero fue una maravilla contemplar su vuelo, rápido y certero.

Me alegré mucho de haber visitado la vieja ciudad romana, me hubiera sido de provecho o no, como la patata para la pequeña ave. Me propuse volver. Yo solo.


Comentarios

Esta columna aún no tiene comentarios.
BUSCAR
volver a vista clásica