EL MALESTAR QUE NO CESA
Vicente Adelantado Soriano
Heureux qui, comme Ulysse, a fait un beau voyage,
Ou comme cestuy-là qui conquit la toison,
Et puis est retourné, plein d'usage et raison,
Vivre entre ses parents le reste de son âge !1
Joachim du Bellay
Tal y como me había propuesto, y sin duda ayudado ahora por la buena suerte, terminé el proyecto que me llevaba entre manos. Un proyecto acariciado durante largo tiempo, nunca concretado, pese a mis inútiles esfuerzos, y siempre abandonado apenas iniciado o reiniciado. Ahora, tras el enésimo intento, brotó con una fluidez asombrosa. Me sorprendió agradablemente. Trabajé en él durante un mes largo. Y cuando lo terminé, satisfecho, bajé a visitar a mi vecino de la puerta 33. Este también estaba contento y alegre.
-Me acaban de instalar dos ventiladores de techo -me explicó sonriendo una vez nos saludamos y sacó la pertinente botella de vino-. De esos que van por encima de la luz. Mire.
Uno de los ventiladores lo teníamos sobre nuestras cabezas. Lo puso en marcha sin más explicaciones. Efectivamente, el ventilador funcionaba por encima de la luz y era de aspas retráctiles. Apagado, estas se ocultaban y solo quedaba a la vista un enorme plafón.
-El aire acondicionado me molesta mucho -me confesó-. En verano es un verdadero tormento subir a cualquier autobús: llevan el aire acondicionado muy fuerte. No lo soporto. Pese al calor, prefiero caminar.
-Conozco a varias personas en su misma situación -le dije llenando las copas.
-¿Le molesta si dejo el ventilador en marcha?
-No. No me molesta.
-Bueno, y pasado ya el prólogo. ¿Qué va a hacer este verano? ¿Se va de viaje a alguna parte?
-Este verano -le dije sonriendo- sentado en casa tranquilamente, me voy a dedicar a resolver la cuestión homérica. Y resulta esta, ya veremos.
-No soy de clásicas, joven -dijo tras beber un buen trago y volver a llenar las copas-. ¿Qué es eso de la cuestión homérica?-preguntó sonriendo.
-Un pequeño entretenimiento: determinar si Homero nació en mi pueblo o en el suyo. Y esclarecer si fue el autor de la Ilíada, o hubo más autores, amén de si también compuso la Odisea. O, hilando más fino, de si realmente existió.
-No es baladí el asunto. ¿Usted que opina?
-Que no tengo suficientes conocimientos, ni cultura, para meterme en esas honduras. Pero me apetece hacerlo. Y guardar silencio al mismo tiempo.
-Aquí no está usted ante un tribunal, en una reñida oposición. Puede dar su opinión sin problemas. Yo soy más ignorante que usted en este asunto y en otros muchos; así que adelante, no tema.
-Dónde nació Homero ni lo sé ni me importa. Ni creo que sea relevante. Desde luego, no escribía en el griego ático, que fue muy posterior. Yo lo traduzco relativamente bien. Y como sabe…
-Sí, sí, no insista. No es especialista en la materia.
-Pues eso. Y con respecto a lo otro, a si la Ilíada es un texto de uno o de varios autores, me inclino por una autoría única: hay un plan bien trazado, que se sigue con cierta regularidad. El concurso de varios autores, seguro, lo hubiera diluido o desviado. Pero todo esto, querido amigo, son conjeturas. Aunque esas conjeturas se conviertan en seguridades en algunos casos. No en el mío.
-Se le atribuye a Albert Einstein la afirmación de que todas las teorías nacen para morir más o menos rápidamente. Como las moscas. Son de vida efímera. A menudo, tomamos lo más verosímil por lo verdadero. Es el problema de algunos políticos.
-¡Hombre, ya tardaba en salir! -exclamé no sin sonreír.
-¿Le molesta que hable de mis preocupaciones? -preguntó con cara de no haber roto un plato en su vida.
-Me molesta que me lance golpes bajos. Hable de lo que quiera.
-Pues no me censure. Valiente tontería acabo de decir. Me puede criticar todo cuanto quiera. Sin problemas.
-Cuénteme sus preocupaciones y ya se las criticaré si debo hacerlo y a su debido tiempo.
-Me preocupa, y mucho, la situación mundial. Las peligrosas mamarrachadas del presidente de los Estados Unidos, la guerra de los vengativos judíos, y la corrupción que no cesa. No obstante, tengo una cosa a mi favor en todo esto: mi avanzada edad. Posiblemente me moriré antes de que los corruptos devuelvan el dinero robado, y antes de que estalle otra guerra mundial por las ambiciones y las imbecilidades de unos y de otros. Descansaré en paz. No veré nada, no sufriré. ¿Qué le parece? ¿Qué opina usted?
-También yo estoy preocupado, la verdad. Como apuntó el otro día una compañera, cuando Cristo dijo aquello de que los pobres siempre estarán entre vosotros, se le olvidó meter en el mismo saco a los corruptos y los imbéciles e idiotas natos. Estos tampoco nos abandonan. Siempre los tenemos haciéndonos compañía.
-Sí. Es cierto. Los corruptos lo mismo brotan en un partido de derechas que de izquierdas, de arriba, de abajo, del centro o del extrarradio. O de donde sea. A veces, en los momentos de rabia, pienso que se les debería aplicar la pena de muerte. Mediante garrote vil.
-No se ponga a su nivel. No vale la pena. Si la justicia en este país sirve para algo, y ya ha demostrado que funciona si el maleante es de izquierdas, y el juez de derechas, o viceversa, ya se encargará de los reos. El chiste está en tener el mismo número de jueces de derechas que de izquierdas. Entonces los partidos se movilizarían para que su afiliado fuera juzgado por un juez de su cuerda, o por hacer una colecta para corromper a quien toque, si no es de los suyos. No hay solución, señor mío. Porque pedir honestidad en este mundo es pedir imposibles. El sistema está podrido. Y quien lo forma, más.
-Me encanta hablar con usted por el optimismo que derrama.
-Sí, mis amigos me dicen lo mismo. Ellos, por el contrario, son tan optimistas que, cada cuatro años, acuden a votar cuando hay elecciones. Y a los dos meses se están quejando de nuevo de lo que llevan quejándose toda la vida. No obstante, son muy optimistas. Como Diógenes no pierden la esperanza de encontrar a un hombre, aunque no van por la ciudad buscándolo con un candil en la mano.
-De todas formas -dijo un tanto triste- quizás algún día…
-Sí, es cierto. Quizás algún día yo también de con el país de los feacios. Yo, al contrario que Odiseo, me casaría con la princesa Nausicaa, y me quedaría a vivir entre ellos. Ninguna Ítaca me espera, ni Penélope, la de las bellas trenzas, sabe de mi negra existencia.
-Tiene usted un buen refugio con sus mitologías.
-Sí, lo tengo. Fabricado tras muchas y muchas lecturas. Además, en mi anunciado estudio de este verano, llevándolo a los extremos, demostraré que Homero existió en la realidad, que era un visionario, y que estaba inspirado por la Pitia de Delfos: la historia que cuenta de Circe, quien transforma a los hombres en cerdos, es una metáfora, una alegoría: Circe, en realidad, es la política, quien convierte en tocinos a todos cuantos se aproximan a ella. Solo Odiseo se salva, pero es por la intervención de un dios. ¿Usted cree en la divinidad?
-No -confesó no muy seguro-. Creo que no. No lo sé.
-Pues encomiéndese a ella, y no se meta en política.
-¿A estas edades como no sea en el ataúd no sé dónde me voy a meter yo?
-Hombre, no sea usted así -le dije sonriendo y llenando las copas de nuevo-. No se muera ahora, aproveche estos magníficos ventiladores de techo.
-¿A que le gustan? -preguntó entusiasmado.
-Están muy bien -afirmé contemplándolos y levantando mi copa hacia él- Larga vida a los ventiladores y a su dueño.
-Y porque encuentre usted a Nausicaa la de bellas trenzas, y el magnífico país de los feacios.
-¡Ay, amigo mío! Si existe, allí seremos felices, muy felices.