Sobre la buena educación
Literatura | 12/06/2025

SOBRE LA BUENA EDUCACIÓN

Vicente Adelantado Soriano

Reparó en esto último uno de los circunstantes, preguntándole juntamente luego por qué llamaba señor al diablo, siendo la más vil criatura del mundo. A que respondió tan presto el enfermo diciendo:

-¿Qué pierde el hombre en ser bien criado? ¿Qué sé yo a quién habré menester ni en qué manos he de dar?

Francisco de Quevedo, Los sueños. Prólogo.

-Esta mañana -me contó en cuanto nos sentamos y llenó las copas de vino- he vivido una situación que me ha dejado totalmente desconcertado, y triste. Muy triste.

-¿Qué le ha pasado a usted? -pregunté con deferencia.

-He salido pronto de casa. Con el cambio de hora, amanece más tarde. Me ha dado un poco de miedo ir al cajero automático a sacar dinero, así que me he dedicado a pasear por calles más o menos iluminadas, o por las cercanías del mercado.

-¿No me diga -pregunté asombrado- que lo han atracado de buena mañana?

-No. No me han atracado. Aunque la historia está relacionada con el dinero… Cuando ha comenzado a clarear, me he ido al banco. Allí había un señor, montado sobre una bicicleta, utilizando uno de los cajeros al aire libre. Yo he intentado utilizar uno del interior, pero el banco todavía estaba cerrado. Entonces he ido al paralelo al del señor de la bicicleta. Me ha dicho este que el cajero no funcionaba. Yo había introducido ya la tarjeta, y estaba esperando respuesta. Mientras él se fue hacia la puerta.

-Está cerrado -le dije-. No hay nadie todavía.

No me contestó. Yo seguía esperando respuesta del cajero automático. Unos golpes terribles, entonces, me alertaron. El señor de la bici se estaba lanzando sobre la puerta del banco y dando patadas y más patadas a diestro y siniestro. Si las puertas hubieran sido de cristal, las hubiera roto; y, seguramente, se hubiera cortado las piernas. Al no ser así, seguía dando patadas y gritando que necesitaba dinero y tenía prisa. La escandalera era terrible. Ante tanto golpe y tanto grito desaforado, el director de la entidad se enteró y salió a ver lo que pasaba. Abrió la puerta, y el de la bici, sin dejar de gritar y manotear, entró y utilizó uno de los cajeros del interior. Hice lo mismo. Todavía estaba yo atento a las peticiones del cajero, cuando el de la bici, con el dinero ya en el bolsillo, se fue dando más patadas y escupiendo lindezas contra la madre del señor director. Tuvo este el acierto, y la sensatez, de no responder.

-Es lo mejor que se puede hacer en esos casos. He reflexionado sobre eso -le confesé a mi vecino- tras leer en la prensa las lindezas que ha lanzado ese individuo llamado Trump, presidente de los Estados Unidos de América, sobre que los líderes mundiales; algunos, dice él, le están besando el culo por eso de la subida de los aranceles.

-Lo menos que se puede decir de ese señor es que es un maleducado.

-Yo diría, además, que es un paleto; y dado que ha salido elegido presidente de su país, me hace sospechar que la inmensa mayoría de sus votantes son tan paletos, o más, que él. Y tan maleducados.

-No me parece muy justo juzgar a los votantes por el votado; pero, sí, deja mucho que desear.

-Efectivamente. Yo, se lo confieso francamente, tengo mis prevenciones y mis prejuicios contra las publicaciones humanísticas hechas por profesores estadounidenses. Ya he leído varias historias sobre Grecia y Roma escritas por ellos, y le diría que no saben de la misa la mitad, pese a lo cual hablan de todo, como algunos camaradas, sin saber nada de nada. No entiendo, a no ser que sea por acuerdos comerciales, a santo de qué se han traducido algunos libros suyos.

-Ahora está otra vez en la picota la enseñanza -dijo llenando las copas- y las universidades privadas que, al parecer, dan títulos a cambio de sustanciosas donaciones a través de las carísimas matrículas. Tal vez con esas ediciones traten de llenar agujeros con la ayuda de alguna editorial. Cualquiera sabe.

-Estados Unidos -seguí con mi idea- es un país muy grande, enorme. Y allá en la América profunda, vaya usted a saber lo que hay, las universidades que montan, lo que se enseña, y lo que se aprende en tan remotas aulas. Educación, desde luego, parece que no. No hay más que oír a ese personaje que tienen por presidente.

-Mire, yo, a ese respecto, me he cansado ya de las películas y de las series americanas: estoy harto de escenas de sexo que no vienen a cuento de nada, y de palabras malsonantes a toda hora. Parece que son incapaces de hablar con un mínimo de gusto y de educación.

-Si, tiene razón. Novelistas y guionistas hay que confunden el realismo con lo soez.

-Efectivamente. ¿Se puede creer usted que en todos los Episodios nacionales, de Galdós, cuarenta y ocho novelas, sólo hay un taco? Y cuando no habla de guerras, habla de intrigas y de motines. Ahora bien, otro genio de las letras hispanas dijo, en una entrevista televisada, que a ver quién se imagina a un sargento de la legión diciendo “mecachis” o “caramba”. No estaba haciendo el hombre este, un necio a quien periódicos y televisiones le seguían la corriente, sino justificar sus necedades, su nulidad, y sus salidas de tono, que él juzgaba muy graciosas, emparentadas con Quevedo. Como dice Larra en algún sitio, no es conveniente, ni decente, decirlo todo. No lo es. Ahora bien, tapa algún que otro agujero.

-Tampoco hay salidas de tono en las tragedias griegas, y a ver quién es el guapo que las supera. Ni en la Ilíada. Creo que estos exabruptos, el recurrir una y otra vez a escenas de sexo, y a palabras malsonantes, soeces, no hacen sino intentar amagar la falta de imaginación de cineastas y guionistas.

-Es cierto. Es más fácil decir “que te folle un pez” que generar un diálogo inteligente y sutil. Y debo agradecerle a usted la llamada de atención sobre las relecturas o la revisión de antiguas películas y libros. Estos días no solo he estado releyendo a Larra sino, también, viendo viejas películas que me gustaron en mi juventud.

-Y le han defraudado.

-Algunas. Muchas. Las más. En la mayoría, los personajes y la acción obedecen al guionista, no a los hechos narrados. La falta de lógica, por lo tanto, es total. O bien se quedaron sin presupuesto en el momento de rodarla, y hay que acabar la película como sea, o les falta sutileza e ingenio, y terminan haciendo lo que saliere. Sea como fuere, la falta de lógica y de sentido común es total.

-El deus ex machina de la antigüedad.

-Tenía que haber existido una censura que cuidara de estos detalles. El que es malo ahora, al siguiente encuadre ya aparece como bueno y viceversa. El fanático religioso de una toma a otra comprende su error y cae en éxtasis babeando… Como si el señor de las patadas a la puerta del banco, a la segunda patada, se hubiera percatado de su falta de educación, y hubiese pedido perdón cayendo de rodillas. Increíble. Podía suceder eso, desde luego, en un película de romanos y cristianos, persecuciones y apariciones mágicas y celestes. En tecnicolor quedan razonablemente bien.

-O como si el maleducado del presidente de los Estados Unidos pidiera públicas disculpas por sus necedades y burdas palabras. Pero, claro, eso lo verá él, y muchos de sus seguidores, como una debilidad. La buena educación no asusta a ningún pueblo ni nación.

-No obstante, que nadie olvide también que lo cortés no quita lo valiente. Y valiente me pareció, muy valiente, la reacción del director de la entidad bancaria: no hizo ni caso a aquel necio maleducado cuando le mentó a la madre gritando como un poseso. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

-De todas formas, amigo mío, la mala educación ya está instalada entre nosotros, y bien instalada. Todos los años llevo a los alumnos al teatro romano a ver obras griegas y romanas. Es imposible oír nada: se pasan la obra, ellos, y otros muchos como ellos, hablando, jugando con el móvil y haciendo de todo menos prestar atención a la escena, y tener un mínimo de miramiento y respeto hacia los actores. He renunciado. No los voy a llevar más. No tengo ganas de enfadarme. Que los lleven sus padres si quieren.

-Yo dejé de ir al cine por lo mismo: gente hablando, dándole al móvil… Y no eran jóvenes precisamente. Ahora, según he leído en la prensa, se ha puesto de moda, ante una película de terror o de lo que fuere, romper las butacas, gritar, saltar, chillar como monos alrededor de una charca. Y hay gente que todo lo cifra en la policía, en la vigilancia policial.

-Sí. Al final necesitaremos un policía por persona en vez de la educación en casa de todos. Ahora bien, ¿Ha visto usted alguna sesión de las cortes o del senado de este nuestro país? Yo he grabado alguna, y la he pasado en clase como ejemplo de mala educación.

-¿Y le ha dado resultado? -preguntó entre incrédulo y divertido.

-Sí. Los alumnos se han reído mucho. Para ellos era una película cómica, y a mayores despropósitos o faltas de respeto, mayores carcajadas.

-¡Dios mío -exclamó estamos perdidos!

-No, querido amigo -le dije sirviendo las últimas gotas de vino- nosotros no estamos perdidos. Están perdidos ellos, y ya se apañarán como puedan. Nosotros nos hemos salvado: somos tan educados que hasta nos tratamos de usted.

-Somos gente de otro tiempo.

-No estoy de acuerdo. Somos gente de ahora. El pasado es una entelequia y el futuro no existe. Estamos anclados y bien anclados en el presente. Lo cual, como puede observar, no nos impide ser bien criados y educados.

-Como quería el personaje de don Francisco de Quevedo, que hasta al diablo le daba el tratamiento de cortesía.

-¿Y por qué no? Al fin y al cabo Satanás también es un hijo de Dios. Al que, por cierto, las brujas le besaban aquello que tiene Trump bajo su eterna gorra roja.

-Es usted imposible.

-Efecto del buen vino, amigo mío, efecto del buen vino -dije apurando mi copa.

-Pues habrá que comprar más.

-No deje de hacerlo. Por favor.


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