Gozo y alegría
Literatura | 15/06/2022

GOZO Y ALEGRÍA

Vicente Adelantado Soriano

Si bien por naturaleza tenía ya un carácter bien dispuesto para toda clase de virtudes, todavía se hizo más civilizado gracias a la educación, al sufrimiento y a la filosofía.

Plutarco, Numa (Vidas paralelas).

Mis pocas ganas de salir a la calle, pese a que ya se podía hacer libremente, y sin mascarilla, me llevaron a pensar lo fácil que resulta cambiar de costumbres cuando estas, las nuevas, nos resultan agradables. No obstante, no estaba totalmente de acuerdo con las nuevas normas impuestas y aceptadas, hasta cierto punto, por mí mismo, las de no moverme de casa. Solo lo imprescindible.

-Cuando tuve la tesis doctoral impresa, fotocopiada, y distribuida entre los miembros del tribunal, me percaté de varios errores graves de sintaxis -le comenté aquella lluviosa mañana a mi vecino de la puerta 33.

-¿Y lo pudo solucionar? -me preguntó sirviendo las consabidas copas de vino, acompañadas ahora de unos tacos de buen queso.

-No, no lo pude solucionar. Sólo me quedó quejarme amargamente ante el director de la tesis.

-Algo es algo -dijo benevolente.

-Sus palabras fueron un cierto alivio. No le faltaba razón en cuanto apuntó, poco y breve: “En esta vida -me dijo- si uno no aceptara sus propios errores, jamás publicaría nada ni haría nada”.

-Tiene razón. El ser humano es más propenso a equivocarse que a acertar. Equivocarse y rectificar también es una forma de aprendizaje.

-Sí. Eso está claro. Pero el error escrito permanece. Cierto es que se puede evitar en posteriores escritos. Pero el original permanece -repetí.

-Eso no es lo importante. La importancia del error radica, creo yo, en la posibilidad de rectificar. Su siguiente tesis, o escrito, o estudio, seguro, ya no tendrá esos errores.

-Tendrá otros -dije sonriendo-. Esto es el cuento de nunca acabar.

-La vida, querido amigo, no es sino un continuo aprendizaje. Y nos vamos de aquí siendo unos verdaderos ignorantes. Unos más que otros, desde luego.

-Sí. Tiene razón. Deberíamos reivindicar el error, no por el error en sí mismo, sino por su capacidad de enseñar, de modificar y mejorar al ser humano.

-El error. No el engaño -puntualizó sonriendo y llenando las copas de nuevo-. El engaño es inducir a alguien al error. Y persistir en él, cuando uno se percata, es signo de necedad o de locura.

-De ahí la importancia de la televisión y de los medios de comunicación: bombardear siempre con la misma estupidez, sin dejar un resquicio, a fin de convertir el error, el engaño, en una virtud.

-Filósofos estamos hoy -dijo sonriendo-. La lluvia nos está inspirando. Creo.

-Ha puesto usted el dedo en la llaga al nombrarla -repuse con una sonrisa de oreja a oreja-. Ya hace tiempo que la filosofía, las humanidades en general, están dejando de ser importantes en nuestro sistema educativo, que de educativo no tiene nada. La filosofía enseña a ser educado y mejor persona, entre otras cosas.

-Así es. El sistema educativo, además, se parece al casino de mi pueblo. De joven yo iba al casino a jugar al billar. Era gratuito. El casino se llamaba “Educación y Descanso”. Una vez, subiendo por sus empinadas escaleras en busca del billar, un hombre que bajaba me dijo: “Muchacho, aquí descanso mucho, educación ninguna”. Y así era. Sistema mucho, pero educación, ninguna.

-Ahora que nadie nos oye, le diré que la gente común y corriente no sabe escribir, o es incapaz de escribir más allá de las tres o cuatro palabras de un mensaje enviado por el móvil. Además, no hay quien lo entienda. Y profesores hay, y me callo, ya sabe: a buen entendedor, etc.

-Es cierto, es cierto. La educación, o llámela como quiera, se ha especializado demasiado en técnicas y habilidades puramente mecánicas.

-No creo que sea un problema de especialización. Me parece que se trata, más bien, de pura ignorancia o malicia. O de ambas cosas. Y de falta de interés por el común de los mortales.

-Explíquese, por favor.

-Hace ya mucho tiempo los diversos contubernios políticos discuten y braman por las asignaturas, de materia obligada, a fin de obtener excelentes ciudadanos, en colegios e institutos: educación para la ciudadanía, educación sexual, educación para la convivencia, religión sí o religión no, y unas cuantas estupideces más.

-Tiene razón: han convertido el sistema educativo en un arma arrojadiza. La educación no les llega para más -concluyó riendo de buena gana-. En vez de lanzarse huesos de oliva se lanzan lindezas de este tipo y género.

-Pues ahí está. O son unos ignorantes o buscan sus propios intereses. O ambas cosas. Al fin y al cabo, es más fácil gobernar a un país de idiotas que a uno de ilustrados, ¿no cree? Y ellos de ilustrados tienen bien poco.

-Le doy la razón: se debía educar al joven para que comprenda y ame al mundo que le rodea. Geología, biología, astronomía…

-Todo eso, y mucho más, querido amigo, está contenido en la filosofía. Yo también voy a arrimar el ascua a mi sardina: el conocimiento de los clásicos es imprescindible. Y las investigaciones que llevaron a cabo. Hablo de Anaximandro, Pitágoras, Heráclito, Demócrito…

-¿Sabe? -me preguntó con cara de pena-. Oyéndolo a usted lamento, y mucho, la educación recibida. Me encantaría, ahora, saber algo de griego y de latín. El nombrar usted a Demócrito me ha despertado esa tristeza. Hace muchos años, y por eso de entender la materia de las piedras, los átomos, intenté leerlo. No lo pude hacer en el original.

-Hay buenas traducciones si le sirve de consuelo. Y si lo vuelve a leer, y le surgen dudas, aquí me tiene a mí.

-¿Y darme clases de latín y de griego? Le pagaría algo…

-No diga tonterías. Claro que le doy clases. Me conformo con la copa de vino. Ahora bien, querido amigo, el trabajo va a ser suyo. Y mucho. Los dioses no regalan nada. De hecho yo sería feliz ahora sabiendo astronomía. Me encanta. Y no me regalan ese saber.

-Eso de que nadie regala nada lo tengo claro -dijo.

-Es que ese es el principal fallo de esta absurda sociedad del bienestar. Se cree que las cosas valiosas surgen por generación espontánea. Y cuando algo cuesta trabajo y esfuerzo, se abandona. De ahí la negativa a estudiar filosofía y lenguas clásicas: es mejor ver la televisión, o leer cuatro periodicuchos, o cuatro normas en un libro de texto lleno de gráficos y dibujos, y que me digan lo que tengo que pensar, que hacer un esfuerzo y pensar por mí mismo.

-Sí. Eso explica hasta el cambio de nuestras tradiciones. Ya que estamos encima de ella, la fiesta de Todos Santos se ha transformado ahora, gracias al innato hábito de mímesis de los animales débiles, en una fiesta de calabazas y brujas haciendo el imbécil por la calle. Así lo hacen en Estados Unidos. Y todo cuanto viene de allí, es bueno, ¿no?

-Ahí tenemos otro aspecto -dije cogiendo un taco de queso- de la cultura clásica: el respeto a los muertos, qué era la muerte para nuestros antepasados, griegos y romanos, la proximidad entre vivos y muertos. Y sus soluciones. Ese olvido ha dado pie a las histerias de esta pasada pandemia: o al españolito medio le aterroriza la muerte, o le encanta ir disfrazado por la calle, o ambas cosas a la vez.

-El otro día estuve releyendo el Decamerón. Cuenta la historia de diez jóvenes, siete chicas y tres chicos, que huyen de Florencia durante la peste negra. Se refugian en un lugar idílico y pasan el tiempo contado cuentos, historias de todo tipo y pelaje…

-Yo también lo estuve hojeando -lo interrumpí-. Hoy en día hubieran pasado el tiempo sentados en círculo, cada uno de ellos con su móvil en la mano, y mandando emoticones a quien no estaba presente.

-Es usted un poco exagerado, pero en el fondo no le falta razón. Y, cambiando de tema, dígame, ¿por qué estudió griego?

-Porque me enamoré de las grafías griegas. Me encantan las letras griegas… Uno -añadí sonriendo ampliamente- se enamora de una mujer por su belleza, por su físico, y cuando la trata descubre que hay mucha más belleza de la imaginada. Y ya tenemos el amor eterno o similar.

-Es usted un poeta.

-Eso quisiera yo. Ahora, con su permiso -dije levantándome- me voy a casa. No hay gozo ni placer más grande que entregarse a una traducción de griego en tanto fuera llueve, truena y relampaguea. Luego nos vemos.

-Pero que sea de día, porque al precio que está la luz.

-Lo tengo presente.

Y sin más nos despedimos aquella gloriosa mañana de noviembre.


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