Un pequeño banquete
Literatura | 28/05/2022

UN PEQUEÑO BANQUETE

Vicente Adelantado Soriano

Se dijo, además, que las cosas más baratas son siempre las más sanas para el cuerpo.

Plutarco, Consejos para conservar la salud1.

No estaba en casa cuando me llegó su mensaje. Tampoco, en aquel momento, pude contestarle. Lo llamé en cuanto pude a fin de disculparme. El hombre estaba exultante. Me invitó a pasar por su casa en cuanto terminara la reunión en el claustro de profesores. Se lo prometí. Y así lo hice.

-Hoy -me dijo nada más abrir la puerta- lo voy a invitar a cenar. Y, por favor, no se excuse. Permítame un ligero capricho.

-Se lo permito. Además -añadí sonriendo- me viene muy bien: la reunión ha sido larga y tediosa. No tengo ganas ni de cocinar ni de hacer nada.

-Entonces, miel sobre hojuelas -dijo sirviendo una copa de excelente vino. Pero -dijo a fin de evitar malentendidos- cenamos aquí en casa.

-Mejor. Tampoco tengo ganas de moverme. Ni de hablar. No obstante, me pica la curiosidad: ¿a qué se debe el honor de este minoritario banquete?

-Buena pregunta. El tiempo no pasa en vano. Todo se deteriora y estropea. Pero donde una cosa muere, otra nace. Y a veces es mejor que la anterior.

-¿No lo dirá -pregunté estupefacto- por el volcán de las Palmas?

-No, por Dios. No soy tan animal ni tan insensible. Pobre gente. ¡Qué mal lo deben de estar pasando! Y aun leí un titular en un periódico que me sonó mal, a putrefacción y miseria: se preguntaba el pretendido periodista quién iba a pagar los desperfectos del volcán. Añadía, no sin amargura, que todos. ¡Por supuesto! Ya me explicarás dónde vamos si no somos solidarios los unos con los otros.

-No haga caso. Eso lo determinará el gobierno. Y se cuidará muy mucho, espero, de dejar a esa gente tirada.

-Esperemos, y confiemos en Dios y en todo el santoral. Y para aclarar las cosas, pues me importa mucho su amistad, yo no me estaba refiriendo a las novedades que, necesariamente, va a traer el volcán, sino a las de mi propia casa.

-No se preocupe por eso: nos conocemos lo suficiente como para no sospechar de usted lo más mínimo.

-Me alegra saberlo. El otro día -comenzó a contar- se me estropeó el horno. Vino el técnico y me dijo que debía cambiarlo: era muy viejo, y ya no tenían piezas de repuesto. Al cambiar el horno, también debía cambiar la placa, la encimera. Lo cambié todo. Me pusieron una distinta a la anterior. La batería de cocina, como comprobé cuando fui a hacerme la comida, no servía… Me marché corriendo a la ferretería del barrio y compré los cuatro cacharros imprescindibles.

-Y está contentísimo con su nueva adquisición. De ahí el banquete, ¿no?

-Sí, señor. De ahí el banquete. Y estoy contento: el no funcionar la batería antigua con la nueva placa, me hizo revisar los armarios de la cocina. ¿Cómo es posible que en una casa se amontonen tantos trastos? Había de todo. Y todo ha ido a parar a la basura. Cazos, cazuelas, cacitos, cafeteras de todos los tamaños, sartenes así y asá… Recuerdos, aunque le parezca mentira, de la lista de bodas.

-No, no me parece mentira: cuando falleció mi madre, y vacié su casa, aparecieron por allí hasta chupetes míos. Por eso mismo, tengo dos platos, dos tenedores, un cafetera y poco más. Lo único que conservo y amontono son los libros. Y de vez en cuando también me desprendo de ellos. Aunque algunos son recuerdos sentimentales. Pero…

-A mí me han despojado a la fuerza del recuerdo sentimental de mi madre -dijo con un poco de amargura.

-¿Qué ha pasado?

-Hagamos una cosa: vaya a casa a descansar un poco. Yo hago la cena mientras tanto. Deme una hora u hora y media. Y dígame el menú.

-Me apetece mucho una tortilla de alcachofas…

-No hay. Todavía no es la época.

-Lo sé. En su ausencia me conformaré con una de patatas acompañada de una ensalada con vinagre y aceite de oliva. Con aceitunas. De postre, fruta.

-Me lo pone muy fácil. Pero siempre he pensado que la sencillez es un toque de buen gusto.

Me vinieron muy bien la ducha y el descanso. Reconfortado bajé a casa de mi vecino.

Había puesto un mantel nuevo. Tenía para mi uso una nueva ensaladera, y la tortilla olía de maravilla. Él se hizo patatas hervidas con una buena cortada de mero. Nos sentamos a cenar dando buena cuenta de otra excelente botella de vino.

-Su nueva placa -dije tras el primer bocado a mi tortilla- funciona de maravilla.

-Sí, estoy muy contento de haberla cambiado, y de que usted haya aceptado mi invitación.

-Faltaría más. Me encantan, además, estas cenas con pocos comensales. Aulo Gelio decía que el número ideal es no menos de tres y no más de nueve2.

-Pues ni llegamos ni sobrepasamos. No somos muy clásicos.

-En una cosa sí lo somos. Y es, para mí, la más importante. Los antiguos, al menos los griegos, en los simposios, se pasaban la copa, común, los unos a los otros. Y solo hablaba quien la tenía entre sus manos. El resto de los comensales callaba y escuchaba.

-Eso en un banquete aquí en este país es impensable.

-Nosotros lo respetamos. Además, lo que dice uno está relacionado con lo dicho por el otro. No desbarramos. Somos muy clásicos, amigo mío. Y, por lo tanto, debemos retomar la antigua conversación. Ha dicho usted, anteriormente, que lo han despojado a la fuerza de un recuerdo de su madre. ¿Qué ha sucedido?

-Supongo -comenzó a contar con la copa en la mano- que soy un poco raro. Hay cosas, tonterías, que me dan vergüenza. Una necedad, lo sé. Una de ellas es bajar la basura. Pasé mis apuros cuando vi toda la inservible batería de cocina en la puerta de casa. Me acosté apesadumbrado. Y, por eso mismo, sin duda, me desperté muy temprano. Me vestí. A esas horas los vecinos dormían plácidamente. Comencé a bajar toda la cacharrería. Con la mascarilla puesta por si me tropezaba con alguien. Cuando nada más me quedaba un viaje por hacer, pensé que, siendo de noche, tenía una magnífica oportunidad para ir a caminar sin llevar puesta la odiosa mascarilla. Me cambié de calzado, y tras depositar los últimos cazos de la batería, junto a los otros, comencé a caminar. Pese a ser de noche hacía calor. Ya llevaba un buen rato caminando cuando un tipo, marroquí para más señas, salido de las sombras, se abalanzó sobre mí abrazándome y diciéndome que me conocía. Me dio un fuerte golpe en el pecho al mismo tiempo. Respondí con un enérgico empujón. Se cayó. Me fui antes de que se incorporara. No me percaté de lo que había sucedido. Tardé un tiempo. Palpé mis bolsillos: allí continuaban la cartera y el móvil. Estaba nervioso. Seguí caminando con el corazón latiéndome a cien por hora… Al cabo de unos quince o veinte minutos, ya tranquilo, me di cuenta de todo: con su abrazo me había arrancado la tenue cadena que llevaba colgando del cuello con el anillo de bodas de mi madre. Si en ese momento, se lo digo en serio, lo hubiera tenido delante de mí, lo hubiera pateado sin compasión… Luego me di cuenta de mi estupidez: la cadena y el anillo no le daban ni para dos comidas. Y sentí pena por él. Qué triste tener que vivir de esa forma… Algún día caería en manos de la policía, entraría en prisión… Me recordó a Rinconete y Cortadillo, a Lázaro de Tormes. En el fondo, por mucho daño que nos hagan, estas personas son dignas de compasión. Estoy dolorido, desde luego: el anillo era un recuerdo de mi madre… Sí, estoy dolido. Pero no por ello voy a caer en la xenofobia. El robo no va a conseguir cambiar mi carácter ni mi forma de pensar. Y sí, se ha llevado el anillo, pero nadie me quitará mi dolorido sentir. Con eso no podrán.

Bebió un largo trago de vino y depositó la copa sobre la mesa. Entendí la señal. No obstante, no tenía ganas de hablar. Estaba ensimismado en mis pensamientos y cansado. Había recordado, en aquellos momentos, una entrevista a una directora de cine sobre una película. Trata ésta de la reunión de un pariente de un asesinado por ETA, con el asesino. La entrevista y la historia del anillo me llevaron a recordar el viaje del anciano Príamo, a través del campo de batalla, para hablar con Aquiles, el asesino de todos sus hijos. Va a reclamarle el cuerpo de su hijo más querido, Héctor, muerto también por Aquiles3.

-Se ha quedado usted muy callado -me dijo ya con la cena terminada.

-Sí -le contesté pensando que mi comparación era exagerada, muy exagerada. Y sin embargo creí percibir una cierta continuidad con el polvo de la llanura de Troya. Preferí guardar silencio. No lo veía claro. No encajaba del todo. ¿Por qué se me había ocurrido semejante barbaridad?

-En fin -dijo recogiendo los platos- se nos has ha hecho tarde.

Asentí, le ayudé, le di las gracias y me fui a dormir. Una cena sobria que terminó por inquietarme. Tardé en conciliar el sueño.

1Plutarco, Obras morales y de costumbres, 4 E. Editorial Gredos, volumen II. Traducción de Concepción Morales Otal y José García López.

2Aulo Gelio Noctes Atticae, XIII, XI, 2-5.

3Homero, Iliada, canto XXIV


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