Explosión Social en Chile: Marchando a los 40 días
Han pasado 5 semanas y, pese a los esfuerzos de la élite que dirige el sistema político por autoasignarse la soberanía popular, la Unidad Social ha clarificado que los partidos políticos, reunidos el 14 y 15 de noviembre, en el viejo Congreso Nacional de Santiago, han hecho una propuesta confusa, que llevaría a la vía muerta las aspiraciones de cambio de la mayoría de los chilenos. Esta crónica quiere plantear, más desde la emoción que de la razón objetiva, lo que sienten los sectores medios que integran la sociedad civil.
Ser
clase media en Chile es una percepción de pertenencia a un imaginario.
Significa
sentirse miembro de algo etéreo que aglutina, que tiene raíces en la historia
republicana de la segunda mitad del siglo XX, cuando la educación pública era
gratuita y constituía, sin lugar a dudas, un camino de esfuerzo para la
movilidad social, para pasar de la cuna obrera, campesina o comerciante, a este
sentimiento profundo de ser clase media.
Sin
embargo, en los últimos 50 años Chile cambió abruptamente. Aquel país, Chile,
de la educación primaria obligatoria, de la industrialización a través de CORFO,
el que desarrollaba barrios obreros, el que inició las cooperativas de vivienda,
el que capitalizó la energía de la migración solidaria del Winnipeg; ese país
que generó la clase obrera, las centrales unitarias, los colegios profesionales
fiscalizando la ética; el profesorado
normalista, el magisterio; el Estado que por unanimidad fue capaz de nacionalizar el cobre, su viga
maestra; ese Estado que creaba empresas de infraestructura, ese Estado que se
guiaba por la premisa de “Gobernar es Educar”, que permitió que en los 60 la
clase media arrebatara por la vía electoral el gobierno a la oligarquía terrateniente,
iniciando una reforma agraria que permitió modernizar el campo y dar paso ulterior
a la agroindustria; ese Chile de convivencia cívica caballerosa y republicana,
aquello hoy es historia. Ese Chile se tronchó el 11 de septiembre de 1973. Sin
embargo, en la tradición cultural y en la nostalgia, el grueso de los chilenos seguimos
identificándonos como clase media, en un fenómeno sociológico que rebasa los
indicadores económicos, ya que arranca de lo emocional, de un arraigado sentido
de pertenencia histórico.
Durante
46 años, Chile fue devastado en su tejido social. Todo lo que sonara a colectivo se asimilaba a
comunismo. El soplonaje, el terrorismo de Estado, persecuciones, relegaciones,
exoneraciones, exilio, crímenes de lesa humanidad, minaron la organización
social de base. Desde las Juntas de Vecinos para arriba el régimen fue nombrando
interventores, los colegios profesionales perdieron para siempre su capacidad
fiscalizadora de las respectivas profesiones, el cooperativismo fue asfixiado
por la burocracia que se le puso encima. De la industria pública no quedó nada,
el saqueo dejó al Estado en su mínima expresión y a los funcionarios se les
quitó toda capacidad discrecional o crítica, se generaron cohortes de
obsecuentes individuos practicando el sálvese quien pueda. Fragmentaron el
magisterio, pauperizaron el rol del educador se municipalizó la educación, se
desarmó el Alma Mater de la Universidad de Chile y otras Universidades públicas.
Se mercantilizó la Educación y comenzó el negocio fraudulento de vender
carreras saturadas y sin destino, generando cesantes con título. Desde las
políticas públicas se dejó la educación, la salud, el agua, la energía, el transporte,
es decir, todo, en el mercado sacralizado.
Este
proceso basado en el consumo y el individualismo fue fraccionando a la sociedad
chilena y desde entonces pertenecer significó haber ganado una posición
material, expresada en el acceso a bienes materiales que expresaban es estatus
diferente.
Todo
esto fue envuelto en un proceso político tecnológico conocido como
globalización, que, siguiendo el paradigma de libre comercio, buscó reducir al
mínimo las funciones del Estado, imponiendo un tejido de tratados de liberalización
comercial que terminaron con la industria como concepto de valor agregado
nacional. Se entregó Chile al mundo en una oferta abierta, que ofrecía desregulación,
disponibilidad de recursos naturales, nula fiscalización tributaria y una élite
que a cambio de prebendas facilitaba institucionalmente la venta del país.
La
crisis actual ha tenido como vanguardia un segmento de la sociedad chilena que
nunca fue integrado social ni económicamente al éxito del modelo y que sustenta
su crecimiento con los impuestos indirectos.
Son
amplios sectores pobres que han sufrido por décadas la postergación y el
engaño. Se trata integralmente del total de la vida: salud, trabajo, educación,
previsión social, transporte. El sistema fue ladino para negociar entre cuatro
paredes el año 1989 los amarres de la transición, para seguir en la comedia de
izquierdas y derechas, aplicando un fuerte cerco para que la esencia cómplice
del binominalismo no fuese rota por terceras corrientes progresistas. Cuando la
sociedad vivió anteriores movilizaciones sociales, siempre el supuesto sector
izquierdista, desempolvando los viejos eslóganes, se encargó de bajarle el
perfil a lo exigido, dilatando, jugando y diciendo “paso” cuando alguien
enrostraba a los gobernantes su doble discurso. Para los grupos económicos
contar con políticos que hablan con la izquierda, pero se arreglan con la
derecha, significó que aportaran gigantescos recursos para aceitar tan
impecable máquina de poder. Los casos Penta, Corpesca, SQM, entre otros, dan
cuenta de la forma como ese traspiés, de que haya llegado a conocerse una práctica
del secretismo interno de esa élite, se ha ido tirando bajo la alfombra,
cooptando a organismos del Estado responsables de ejercer la autoridad
tributaria y la fiscalización.
30
años transcurrieron y la caldera fue llegando al límite, hasta que explotó. Y aquí estamos, conversando del estallido
social que en el Acuerdo del 15 de noviembre los partidos políticos han
propuesto canalizar a una vía plebiscitaria para cambiar la Constitución, pero,
por ese estilo pragmático propio de su naturaleza, a poco andar se ha apreciado
que esa ruta deja afuera a los protagonistas del estallido, el pueblo soberano,
al cual pretenden mediatizar arrogándose una representatividad que, de acuerdo
a las mediciones de opinión pública, llegan apenas a un 4% de aprobación. La
letra chica vuelve en gloria y majestad, apoyada por medios oficiales que han
tratado de dar a esta jugada de la clase política, un carácter definitivo, sin
dar espacios a la Unidad Social que ha consolidado la conducción de un
movimiento social que tiene multiplicidad de actores, en una diversidad nunca
antes alcanzada.
Frente
a ello, el Gobierno ha profundizado la represión y aumentado las víctimas
mutiladas en sus ojos, además de abusos generalizados en contra de
manifestantes.
Y
en paralelo a cada manifestación han seguido apareciendo turbas muy bien
organizadas que rompen cerramientos, saquean y transportan el botín a sus
organizaciones. Se ha podido comprobar la existencia del crimen organizado,
actuando al alero de las marchas pacíficas y aportando a los desordenes para
que sean cortina de humo para los saqueos planificados y dirigidos. El costo en
vidas, detenidos, heridos, lo ha seguido pagando la movilización social que el gobierno
ha tratado de criminalizar. Sin embargo, la presencia de Amnesty International y
su informe sobre las violaciones a los Derechos Humanos, ha ido destapando las
inconsistencias de las declaraciones del alto mando de Carabineros, que desde
hace dos años sabía que el uso de escopetas con balines podía ser letal.
Lo
que se observa en estos momentos, cuando se llega a la sexta semana de
movilización social ininterrumpida, es que se ha generado una escalada en los
enfrentamientos callejeros en las principales ciudades de Chile. Y lo que se
percibe es que los jóvenes que protestan en la primera línea de ese choque de
la movilización social con la Fuerzas Especiales de Carabineros, se han ido
preparando para atender heridos y dejar registros de cada episodio. El punto de
discordia se presenta cuando, al final de cada marcha pacífica, aparecen personas en número reducido pero con gran
eficacia para provocar situaciones que justifican la represión de las policías.
Ante
esto, se vive un estado de desconfianza total, donde cada noticia lograda en
las calles se viraliza y puede ser insumo para declaraciones ambiguas y controversiales,
que quieren justificar la represión y criminalizar a personas desarmadas,
ancianos, mujeres y jóvenes que golpean una cacerola y reciben golpes, balazos,
gaseos y encerronas.
La
duda razonable, que tiene como antecedente las infiltraciones de inteligencia que
las fuerzas golpistas hicieron de los sectores más combativos meses antes del
golpe de estado de 1973, respecto a esos tipos temerarios, que se destacan por
su arrojo desafiante, es preguntarse si son realmente personas que participan
del movimiento social y, de no ser así, cuál sería su propósito, a quién sirven,
si son espontáneos u organizados.
Lo
que se aprecia es que efectivamente hay sectores marginales con una concepción
nihilista o anárquica de la realidad, que están actuando y lo han hecho en el
2005 y 2011, a vista y paciencia de Carabineros. Y en estos sectores podrían
entrar grupos al estilo de las barras bravas, soldados del microtráfico a los
que les convendría que salgan los retenes policiales de los barrios o, incluso,
tratarse de agentes infiltrados que puedan estar realizando trabajos de
inteligencia.
Un
área gris de la realidad que se observa con incertidumbre y que obtiene como
resultado el criminalizar la legítima protesta social, exacerbar la violencia;
perder el foco de las demandas urgentes que aún no son atendidas por el
gobierno.
Se
ha vivido el caso de un residente norteamericano, supremacista blanco, que
disparó e hirió a un manifestante en Reñaca. Sectores de ultraderecha han
convocado a la autodefensa calzándose chalecos amarillos, en un caso patético
de plagio de un símbolo ciudadano de París.
Concluyendo
esta reflexión, para poder seguir un hilo conductor de esta crisis, creo
preciso seguir profundizando la reconstrucción del tejido social en Chile, desde
barrios, instituciones, gremios, sindicatos, agrupaciones, movimientos. Esto
para impedir que en las calles tomen la iniciativa sectores que en el fondo
están perjudicando al movimiento social. Y comprobar, por otra parte, la
veracidad de las noticias que vayan surgiendo, comprobando antes de difundir
que provengan de representantes legítimos de la sociedad civil. Esto no es paranoico,
sino un hecho de la causa: las comunicaciones en las Redes Sociales son
frágiles y el cyberespacio es hoy un campo de batalla, por lo que se debe tomar
precauciones
El
objetivo inmediato de la Unidad Social y del Paro Escalonado convocado para los
días 25 a 27 de noviembre, es lograr que la letra chica del Acuerdo del 15/11
sea retirada, en especial el quorum de 2/3 y la pretensión de los partidos
políticos de ser ellos quienes nominen a los candidatos a delegados del proceso
constituyente. Que la clase política deje de intentar maniobras mediáticas para
desinformar y seguir defendiendo el modelo.
La
salida de la crisis será real cuando se sienten a la mesa los interlocutores
válidos: la Unidad Social representando al colectivo de la sociedad civil, con
el Gobierno. Sólo cuando se escuche y reconozca el planteamiento del 90% de los
chilenos, se podrá encontrar una salida pacífica y equitativa del conflicto,
excluyendo a la ultraderecha y al anarquismo, que conducen a una nueva dictadura
militar.
En
la sociedad civil ya se están desarrollando encuentros, foros, cabildos o reflexiones
para no perder el norte y priorizar lo sustantivo que debe integrar el orden
político, económico y social para el Chile del Siglo XXI.
En
esta epopeya, la clase media, empobrecida, endeudada, abusada y manipulada por
los poderes fácticos, aspira a un país y un Estado que refleje los principios democráticos
republicanos que son los que permitirán a las futuras generaciones lograr paz
social con decencia, sustentabilidad y equidad.
Periodismo
independiente, 24 Noviembre 2019