Desde
la Independencia de nuestra República liderada por O´Higgins y la organización
de la llamada “hacienda pública”, que trajo sin dudas a la incipiente nación un
notable crecimiento en el ámbito de la minería, la apertura económica hacia
Australia y California, el desarrollo de la agricultura, el liberalismo
político, la laicización de la sociedad, considerables han sido las
pretensiones territoriales de países limítrofes y de propios Chilenos sucesores
de aborígenes criollos, que por motivos de expandir territorios políticos y
económicos de algún modo, ya sea por medio de la diplomacia o las armas, pretendieron
y pretenden usurpar territorio.
En
el proceso de expansión de nuestra República, las intenciones de los distintos
gobiernos colisionaron con los intereses de los otros países de la región, colindantes
de Chile.
Perú,
Bolivia y Argentina entraron en apremios para la intervención de distintas
zonas geográficas, ya que además expandían sus territorios para poblarlos y pudieran
desarrollarse en acciones mercantiles.
La
historia de nuestras relaciones internacionales está cubierta de bretes bélicos
que hicieron de ellas un arduo camino que transitar.
Con
la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana durante el gobierno de José
Joaquín Prieto, nuestro país sufrió su primer conflicto internacional.
En
1835 el presidente de Bolivia, Andrés de Santa Cruz, sugestionado en el ideal
bolivariano de unidad continental, había logrado ser reconocido como
“protector” del Perú. Articuló así el núcleo fundamental de la antigua potencia
Inca, con el nombre de Confederación Perú-Boliviana.
Portales,
que pensaba que Chile debía realizar su desarrollo histórico como unidad incomparable
y separada del resto, distinguió en la Confederación una coacción para nuestra
República, por tanto, hizo permisible para rescindir de ella.
La
guerra contra España de 1866, los conflictos limítrofes desde 1830 que
culminaron en 1904 con un tratado de paz, y con Perú que terminaron en un
acuerdo de paz de 1930, no obstante el desarrollo de los conflictos con los
países limítrofes fue una ventaja para los indígenas mapuches sitiando con
actividades bélicas gran parte de territorio Chileno en el sur como son
Traiguen, Temuco, Lumaco y Villarrica.
Millas
náuticas, ríos y zonas exquisitas en recursos naturales se ventilan en juicios
internacionales y otros bilateralmente y de interna, dejando de manifiesto que la
representación opresiva del sueño de la patria grande de Simón Bolívar quedó lejos.
La mayoría de los países latinoamericanos recorren el bicentenario de sus
respectivas independencias con sus fronteras arraigadas viviendo cada una sus
procesos de guerras y sangrientas pugnas. Y aunque en cada foro los gobernantes
regionales insisten en la necesidad de integración, los problemas limítrofes subsisten.
Algunas
aspiraciones territoriales se han visto reactivadas últimamente por gobiernos
que saben que ese tipo de banderas alimentan un barniz nacional que puede ayudar
para fines electivos o a modo de distracción de problemas apremiantes. En medio
de esto se resucitan los objetivos económicos.
Por otra
parte, el separatismo indígena en Chile es una coacción a la igualdad y
libertad de más de 15 millones de ciudadanos que no pertenecen a los
aproximados 2 millones de indígenas mapuches. El gasto de más de 600 millones de
dólares en un poco más de 20 años sumados a las 170 mil hectáreas de territorio
entregado por el Estado de Chile deja de manifiesto un significativo avance político
y económico de un sector cercano al 13% de la población y que se eleva por
sobre los demás compatriotas, con fines territoriales y económicos.
Se
hace necesario observar los valores O´Higgianos y ennoblecer nuestra identidad
social e histórica más apreciada como pueblo, ese tradicional y vetusto –y casi
perdido– modo de ser identitario, tan bien vislumbrado por el
venezolano-chileno Mariano Picón de Salas: “Recibiendo hombres de toda América,
siendo ‘asilo contra la opresión’ Chile inscribía desde su nacimiento como
Estado Libre”.