Sobre la violencia
Cultura | 28/05/2014
Es un lugar común que la violencia suele surgir de la furia: y en efecto, esa furia pude ser irracional y patológica, como cualquier otro afecto humano. Sin dudan es posible crear condiciones bajo las cuales los hombres se deshumanizan -los campos de concentración, por ejemplo, la tortura o el hambre-. En una situación semejante, no es la furia ni la violencia, sino su ausencia la que da la más clara señal de la deshumanización. La furia no constituye la reacción automática a la miseria o al sufrimiento como tales, nadie se enfurece ante una enfermedad incurable o un terremoto ni a las condiciones sociales que parecen eternas. La furia brota sólo cuando se sabe que las condiciones pueden cambiar, pero permanecen iguales. Sólo reaccionamos con furia cuando se ofende nuestro sentido de la justicia, y esta reacción no refleja necesariamente un daño personal: basta con ver la historia de la revolución, que señala que fueron invariablemente los miembros de las clases dirigentes quienes provocaron, y lego dirigieron, las revoluciones de los oprimidos y de los explotados. Existe siempre una enorme tentación de recurrir a la violencia al enfrentarse con acontecimientos y condiciones afrentosas: es ésta una reacción rápida e inmediata. Y aunque la rapidez deliberada no la vuelve racional, es, sin embargo, inconsistente con la furia y la violencia.
Por el contrario, en la vida privada y pública, hay situaciones en que la rapidez con que se lleva a cabo el acto de la violencia es el único remedio apropiado. Lo importante no es que nos permita cierto desahogo: eso se puede hacer del mismo modo pegando en la mesa o estrellando la puerta. Pero es que bajo ciertas condiciones la violencia -actuando sin discutir y sin palabras y sin contar el costo- resulta ser la única manera de enderezar la balanza de la justicia.
La ausencia de emociones ni causa ni promueve la racionalidad. La "objetividad y ecuanimidad" ante "la tragedia inaguantable" pueden ser "aterradoras", sobre todo cundo no son el resultado del control, sino una manifestación obvia de la falta de comprensión.
Fueron pocos los autores que glorificaron la violencia por la violencia. pero esos pocos -Sorel, Pareto, Fanon- sintieron un odio mucho más profundo hacia la sociedad burguesa y quisieron romper de modo mucho más radical con sus patrones morales que la Izquierda convencional, que estuvo inspirada principalmente por la compasión y el ardiente deseo de justicia. Y en la violencia que se ha desatado en la actualidad en las calles y en los campos universitarios, los motivos más fuertes han sido parecidos: quitarle la máscara de la hipocresía al enemigo, desenmascararlo a él, a su maquinaria y a las manipulaciones engañosas que le permiten sostenerse en el poder sin recurrir a medios violentos; esto es, provocar la acción aún a riesgo de la aniquilación, para que quede la verdad al descubierto. Los hombres viven en un mundo de apariencias, y dependen de la manifestación para tratar con él.
Podemos creer en las palabras si estamos seguros de que su función es revelar en vez de ocultar. Es la semblanza de la razón, más que los intereses que la respaldan, lo que provoca la furia. Esta reacción violenta en contra de la hipocresía, por muy justificable que sea en sus propios términos, pierde su razón de ser en cuanto intenta desarrollar una estrategia propia con fines específicos. Se vuelve "irracional" en el momento que "se racionaliza": esto es, en el momento en que la reacción en el curso de un conflicto se vuelve acción y comienza la caza y búsqueda de sospechosos junto con motivos psicológicos ocultos.